Capítulo 9 de 13

Los que escucharon

Los pasos se detuvieron frente a la rendija.

Leonor mantuvo la mano abierta. Le costaba sostener el brazo, pero no se atrevía a retirarlo.

—Pan —repitió—. Agua.

Oyó el roce de una falda contra la pared.

Una mujer tomó sus dedos.

El contacto fue tan inesperado que Leonor quiso apretar aquella mano. No tuvo fuerza suficiente.

—Dios mío —murmuró la desconocida.

La joven acercó la boca al hueco.

—Estoy encerrada.

La mujer no la soltó.

—¿Quién sois?

—Leonor.

—¿La hija de esta casa?

Leonor intentó responder con claridad.

—Mi padre se fue. Margarita tiene la llave.

Al otro lado se escuchó una respiración contenida.

—Voy a buscar ayuda.

Los dedos de la mujer se apartaron.

Leonor extendió los suyos detrás de ellos.

—No os vayáis.

—Volveré.

La joven escuchó los pasos alejarse.

Se quedó junto a la pared, con la mano todavía afuera, hasta que el dolor del hombro le obligó a recogerla.

La mujer se llamaba Jacinta.

Vendía pan algunas mañanas y conocía la casa de don Juan porque había entregado allí canastas para ciertas celebraciones. Recordaba a Leonor de niña, siguiendo a su madre por el patio con un pedazo de fruta entre las manos.

No había reconocido la voz.

La mano sí le había hecho detenerse.

Era una mano de persona viva, fría y temblorosa, con pequeñas heridas en la muñeca. Jacinta había sentido los dedos moverse contra los suyos.

Caminó hasta el zaguán y llamó.

Un criado abrió.

—Quiero hablar con la señora.

—¿De parte de quién?

—Decidle que vengo por la señorita Leonor.

El hombre la miró con sorpresa.

—La señorita no está.

Jacinta volvió los ojos hacia la ventana tapiada.

—Sí está.

El criado siguió su mirada.

—La enviaron con familiares.

—Acabo de hablar con ella.

Él se quedó inmóvil.

Desde el patio llegó la voz de Margarita.

—¿Quién llama?

El criado se apartó.

Jacinta la vio acercarse con una vela en la mano. La luz iluminaba el cuello de su vestido y dejaba una parte de su rostro en sombra.

—Hay alguien en el sótano —dijo la vendedora.

Margarita no miró hacia la calle.

—Aquí no hay nada que os concierna.

—Me ha pedido agua.

—Entonces debéis haber entendido mal.

Jacinta sintió que el criado se alejaba unos pasos, lo suficiente para dejar de participar en la conversación.

—Se llama Leonor.

La señora la observó.

—¿Qué pretendéis?

—Que abráis la puerta.

Margarita bajó la vela.

—Una persona como vos no viene a dar órdenes a mi casa.

Jacinta apretó las manos bajo el rebozo.

—No os doy órdenes. Os digo que la muchacha necesita ayuda.

La señora se acercó al umbral.

—Retiraos.

Jacinta sostuvo su mirada unos instantes.

Después retrocedió.

No porque creyera lo que Margarita decía, sino porque comprendió que no lograría abrir aquella puerta discutiendo con ella.

Cuando el zaguán se cerró, miró hacia la rendija.

Aún recordaba el frío de aquellos dedos.

Volvió a su casa por una jarra pequeña y un trozo de pan.

Su esposo la encontró envolviendo el alimento.

—¿Adónde vais a esta hora?

Jacinta le contó lo ocurrido.

El hombre dejó de arreglar una correa.

—¿En casa de Núñez de Castro?

—Sí.

—¿Y él?

—Fuera de Valladolid.

Su esposo se pasó una mano por el rostro.

—Habrá que avisarle.

—Antes hay que darle de beber.

Tomó la jarra y salió.

Cuando regresó a la ventana, la mano ya no estaba.

Se inclinó junto al hueco.

—Leonor.

Esperó.

—Soy la mujer que os habló.

Al cabo de unos instantes oyó un roce en el interior.

—He traído agua.

La respuesta llegó apenas audible:

—Aquí.

Jacinta intentó introducir el cuello de la jarra, pero el barrote y el borde de los ladrillos no dejaban espacio.

—Acercaos.

Leonor apoyó los dedos dentro de la abertura.

La mujer inclinó la jarra muy despacio. Parte del agua corrió por el muro. La joven trató de recibirla con la palma y llevarla hasta la boca.

Consiguió unos sorbos.

El resto cayó sobre su vestido.

—Despacio —murmuró Jacinta.

Leonor bebió otra vez.

Nunca había sentido tan claramente la distancia entre necesitar algo y poder alcanzarlo.

La mujer partió el pan en pedazos pequeños y pasó uno por la rendija.

Leonor lo recibió.

Intentó comer, pero la boca seguía demasiado seca. Lo humedeció con el poco líquido que quedaba en su mano.

Jacinta oyó que alguien abría el zaguán.

Una luz apareció en el muro.

—Apartaos de ahí.

Margarita salió acompañada por el criado.

La vendedora enderezó la jarra.

—Solo le estoy dando agua.

—Entrad —ordenó la señora al criado, señalando la casa.

El hombre vaciló antes de obedecer.

Margarita esperó a que desapareciera.

—No volveréis.

Jacinta levantó la cabeza.

—Volveré con alguien que pueda escucharla.

La señora la miró con una quietud hostil.

—Haced lo que consideréis conveniente.

La mujer recogió el pan.

Dentro, Leonor escuchó cómo se alejaba.

Luego oyó a Margarita permanecer junto a la ventana.

No dijo nada.

Ese silencio le dio más miedo que sus amenazas.

El mayordomo de doña Beatriz se llamaba Tomás.

Escuchó a Inés sin interrumpirla. Cuando ella terminó, dejó la pluma sobre la mesa y volvió a preguntar:

—¿La oísteis vos misma?

—Sí.

—¿Y no le llevaron comida?

—La señora se llevó la taza que yo tenía. Después me mandó aquí.

Tomás miró la hoja con el nombre de la muchacha.

—¿Por qué no lo dijisteis antes de salir?

Inés bajó los ojos.

—Tuve miedo.

El hombre aguardó.

—Me amenazó con acusarme de robo. Mi madre necesita lo que gano. Yo pensé que… —Se interrumpió—. No sé qué pensé.

Tomás recogió una hoja limpia.

—No conozco al capitán. Pero quizá podamos encontrar a don Juan a través de alguien que comercie con él.

Inés se acercó a la mesa.

—Escribid también a la casa. Para la cocinera.

—¿Qué debe decir?

La criada comenzó a dictar.

Al principio habló deprisa. Tomás le pidió que repitiera los nombres y que contara los hechos en orden.

Inés lo intentó.

La mañana de las partidas.

El sótano.

La taza.

La llave.

Mientras él escribía, ella descubrió cuánto había visto y cuántas veces había tenido ocasión de decirlo.

Cuando terminaron, Tomás leyó en voz alta.

Inés escuchó su propia historia convertida en palabras que podían viajar sin ella.

—¿Podéis enviarla hoy?

—Buscaré a un hombre de confianza.

La muchacha sujetó el borde de la mesa.

—No por la señora Beatriz.

Tomás la miró.

Luego dobló el papel.

—Entiendo.

Aquella tercera noche Leonor durmió cerca de la ventana.

Había guardado un pedazo de pan dentro del chal. El agua que Jacinta consiguió darle no le había quitado la sed, pero durante un rato pudo pensar con más claridad.

No estaba olvidada.

Alguien había visto su mano y sabía su nombre.

No sabía cómo se llamaba aquella mujer.

La recordaría por la voz.

Por la forma en que le sostuvo los dedos.

Por el cuidado con que inclinó la jarra.

Se acercó el pequeño trozo de pan a la boca y mordió apenas.

Después lo guardó de nuevo.

Quería que durara hasta que regresaran.

Jacinta fue a buscar a un hombre que ayudaba al alguacil con ciertos recados.

Lo conocía porque su esposa compraba en su puesto.

Le habló junto a la puerta de su casa.

Él escuchó con el ceño fruncido.

—¿Estáis segura de que era Leonor?

—Me lo dijo.

—Podría ser una criada.

Jacinta lo miró con desconcierto.

—También habría que sacarla.

El hombre se acomodó el cinturón.

—No he dicho lo contrario.

—Entonces venid.

Él miró hacia el interior de su casa.

—A estas horas no encontraré al alguacil.

—La muchacha lleva días encerrada.

—Mañana hablaré con él.

Jacinta cerró los ojos un instante.

—Mañana temprano.

—Temprano.

La mujer regresó junto a su esposo.

No consiguió dormir.

Cada vez que cerraba los ojos sentía otra vez la mano fría dentro de la suya.

En el sótano, Leonor oyó abrir la puerta.

Se levantó demasiado rápido y tuvo que apoyarse en la mesa.

Una luz apareció al pie de la escalera.

Margarita llevaba un candelero.

La joven avanzó.

—¿Puedo salir?

Su madrastra no respondió.

Miró el pan envuelto en el chal y la mancha húmeda sobre el vestido.

Después recorrió el sótano con los ojos.

Leonor intentó acercarse a la escalera.

Margarita se interpuso.

—Habéis llamado a la calle.

—No me habéis dado nada.

—Os advertí que dejarais de utilizar a otras personas.

Leonor se sostuvo de la mesa.

La voz le salió más débil de lo que deseaba.

—Tengo sed.

Su madrastra miró hacia la rendija.

—Lo que tenéis es una gran facilidad para haceros compadecer.

La joven sintió lágrimas en los ojos, pero no eran suficientes para aliviarle el ardor.

—Abrid —pidió—. No quiero discutir.

Margarita retiró el chal de la mesa.

El pequeño pan cayó al suelo.

Leonor se inclinó para recogerlo.

Cuando volvió a incorporarse, su madrastra ya estaba subiendo.

—Padre sabrá lo que habéis hecho.

Margarita se detuvo.

Leonor miró su espalda.

—Lo sabrá.

La señora continuó sin volverse.

La puerta se cerró.

Leonor sostuvo el pan entre ambas manos.

Durante unos minutos no oyó nada más.

Después comenzó a llorar sin voz.

Al cuarto día del encierro, un hombre llamó al zaguán en nombre del alguacil.

Margarita lo recibió en el salón.

Había abierto las ventanas al patio y ordenado que sirvieran bebida. El mantel estaba limpio. Sobre la mesa descansaban unas cuentas.

—Lamento esta molestia —dijo el visitante.

—Yo también.

El hombre se sentó con el sombrero sobre las rodillas.

—Se nos ha informado que una joven permanece encerrada en esta casa.

Margarita levantó las cejas.

—Mi hijastra está visitando a parientes.

—Eso me han dicho.

—Entonces no comprendo la pregunta.

Él miró hacia el patio.

Un criado cruzó llevando una bandeja.

—Una mujer asegura haber hablado con ella a través de una ventana.

Margarita dejó las cuentas.

—Esa mujer vino anoche a exigir que le abriera mi casa. No sé qué pretende.

—¿Podríamos revisar el lugar?

La señora lo observó.

El hombre sintió la necesidad de explicar:

—Para dar por terminado el asunto.

Margarita se puso de pie.

Lo condujo hasta el corredor de servicio.

La puerta de arriba estaba cerrada.

—Aquí se guardan muebles viejos. Hemos mandado reparar una ventana por la humedad.

El visitante acercó la cabeza.

Escuchó.

Abajo, Leonor estaba dormida o había perdido la noción del ruido. La distancia entre ambas puertas amortiguaba cualquier movimiento.

—¿Podéis abrir?

Margarita tocó las llaves.

—La del cuarto inferior no está en este manojo. Tendré que buscarla.

El hombre miró hacia el patio.

Desde la calle llegó el llamado de alguien que lo acompañaba. Debían atender otro recado. El visitante vaciló: no había oído nada tras la puerta y temía convertir una denuncia que su superior aún no había comprobado en un enfrentamiento con una familia influyente.

—Volveré más tarde.

Margarita asintió.

—Como gustéis.

La cocinera encontró a la señora guardando unas hojas en el despacho.

—Ha venido un hombre preguntando por Inés —dijo.

Margarita cerró el cajón.

—Está con mi hermana.

—Traía una carta.

Su madrastra extendió la mano.

La cocinera dudó.

—Era para mí.

Margarita la miró.

La mujer sacó el pliego del delantal.

—No sé leerlo —añadió.

La señora lo recibió.

—Ya os diré qué necesita.

La cocinera se retiró despacio.

Margarita leyó la carta de pie.

Reconoció los hechos antes de llegar a la mitad.

El nombre de Inés aparecía al final, escrito por una mano ajena.

Se sentó.

Durante un rato observó el papel.

Después abrió el cajón donde guardaba la carta de Manrique.

Colocó ambas juntas y giró la llave.

Don Juan recibió noticias de su casa mientras revisaba un almacén.

El administrador le entregó el pliego.

Leyó primero las cuentas. Después encontró la frase acerca de Leonor.

Le conviene distraerse unos días en compañía de familiares.

Volvió a leerla.

No recordaba que Margarita hubiera mencionado aquella visita antes de su partida.

—¿Hay algún problema? —preguntó el administrador.

Don Juan dobló la carta.

—No. Mi hija ha salido unos días.

Pero durante el resto de la mañana pensó en ella.

Recordó cómo lo había abrazado.

La insistencia en preguntarle si escucharía al capitán cuando regresara.

Y aquella frase que, en el momento, le había parecido una petición sencilla:

Yo quiero que escuchéis lo que digo.

Esa noche escribió a Margarita.

Preguntó a qué casa había ido Leonor y pidió que le hicieran llegar una carta suya.

Al terminar, dejó la hoja sobre la mesa.

Hubiera querido recibir una respuesta antes de enviarla.

El trabajador que había dejado la rendija no regresó a la casona.

Se llamaba Mateo.

Había cobrado su jornal y entregado una parte a su madre. El resto seguía en su bolsillo.

Cada vez que metía la mano sentía las monedas y recordaba la voz detrás de los barrotes.

Podéis buscar ayuda.

Al pasar por una calle cercana oyó a dos hombres hablar de la ventana.

—Dicen que se ve una mano.

—Será una mendiga.

Mateo disminuyó el paso.

—Está encerrada —dijo.

Los hombres lo miraron.

—¿Cómo lo sabéis?

El joven tragó saliva.

No tenía una respuesta que lo dejara fuera de lo ocurrido.

—Yo cerré la ventana.

Uno de los hombres se incorporó en su banco.

Mateo continuó antes de perder el valor.

—La señora nos dijo que era un castigo. Pero la muchacha pidió que buscáramos ayuda.

Se quitó la gorra.

—Y no fui.

Al amanecer del quinto día, Leonor despertó creyendo que su madre estaba sentada junto a ella.

Había una claridad pequeña sobre la pared y, dentro de aquella luz, imaginó el borde de un vestido azul.

—No pude salir —murmuró.

La figura no respondió.

Leonor parpadeó.

La tela era su propio chal, colgado en el respaldo de una silla.

Se quedó mirándolo.

No sabía cuánto había dormido.

El pan estaba junto a su mano. Quedaba una miga pequeña y dura.

Intentó levantarse.

Las piernas no la sostuvieron.

Volvió a sentarse en el suelo y esperó a que el mareo disminuyera.

Desde la calle llegó un ruido de pasos.

Acercó la mano a la pared.

La rendija estaba demasiado alta desde donde se encontraba.

Tendría que ponerse de rodillas.

Lo hizo despacio, sujetándose del alféizar cubierto por los ladrillos.

Introdujo los dedos.

Luego la mano.

La dejó afuera.

No consiguió decir nada.

Mateo acompañó a Jacinta hasta la casa.

Ella lo había encontrado hablando con uno de los vecinos y, al escuchar su relato, le pidió que fuera con ella a buscar al hombre del alguacil.

Esta vez no iría sola.

La vendedora se detuvo junto a la ventana.

Una mano sobresalía de la abertura.

—Leonor.

Mateo sintió que las monedas le pesaban en el bolsillo.

Los dedos apenas se movieron.

Jacinta se inclinó.

—Soy yo. He vuelto.

No hubo respuesta.

La mujer tomó la mano y la sostuvo entre las suyas.

Mateo miró la pared que había ayudado a levantar. El mortero estaba seco. Los bordes, endurecidos. El hueco parecía menor de lo que recordaba.

—Voy a buscar una herramienta —dijo.

Jacinta no levantó la cabeza.

—Buscad también a quien pueda abrir la casa.

Él asintió.

Al alejarse escuchó que la mujer hablaba otra vez.

—Quedaos conmigo, hija. Ya no estáis sola.

Dentro del sótano, Leonor apoyó la mejilla contra la pared.

Reconocía aquella voz.

Quiso responderle.

Su mano hizo un pequeño movimiento entre los dedos de Jacinta.

La mujer la apretó con cuidado.

Por primera vez, nadie se apartó.

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