Capítulo 10 de 13
La puerta abierta
Jacinta sintió que los dedos de Leonor volvían a moverse.
Fue apenas un roce contra su palma.
—Ya vienen —dijo.
No sabía cuánto tardaría Mateo. Había salido corriendo por una herramienta y por el hombre del alguacil, pero cada instante junto a la ventana parecía más largo que el anterior.
La mano estaba fría.
Jacinta se quitó el rebozo y cubrió con un extremo los dedos de la joven. El resto lo sostuvo contra la pared, intentando que no tirara de su brazo.
—¿Me oís?
No hubo respuesta.
La mujer se inclinó hacia la rendija.
—Me llamo Jacinta. Soy la que trajo el pan.
Desde dentro llegó un sonido tenue.
Tal vez una respiración. Tal vez el comienzo de una palabra.
Jacinta acercó más el oído.
—No tenéis que hablar. Solo quedaos aquí.
Al otro lado, Leonor apoyaba el cuerpo contra la pared. La voz parecía venir de muy lejos, aunque reconocía el cuidado con que la mujer pronunciaba cada frase.
Quiso decirle que tenía miedo.
Solo consiguió mover un dedo.
Mateo encontró al ayudante del alguacil saliendo de una casa cercana.
El hombre lo reconoció por las herramientas que llevaba.
—¿Qué ocurre?
—La muchacha sigue encerrada.
El ayudante frunció el ceño.
—¿De qué muchacha habláis?
—Leonor Núñez de Castro. Yo cerré su ventana.
Le contó lo necesario sin intentar justificarse. Había recibido un jornal. Había oído las súplicas. Había terminado la pared.
El hombre lo miró con creciente inquietud.
—¿Está viva?
—Hace un momento movía la mano.
La pregunta los dejó callados un instante.
Luego el ayudante llamó a un compañero que esperaba al otro lado de la calle.
—Venid.
Mateo apretó el mango de su herramienta.
Esta vez nadie dijo que volvería más tarde.
Margarita oyó los golpes en el zaguán desde el despacho.
Había estado revisando el cajón de las cartas. La de Inés estaba abierta sobre la mesa, junto a las líneas de Manrique.
Guardó ambas.
Los golpes se repitieron.
Cuando salió al patio, la cocinera ya caminaba hacia la puerta.
—Yo abriré —dijo Margarita.
La mujer se detuvo.
Al otro lado estaban el ayudante del alguacil, otro hombre y Mateo.
La señora miró al obrero.
—¿Qué significa esto?
El ayudante dio un paso adelante.
—Necesitamos entrar al sótano.
—Ya os expliqué…
—Hay una persona que no responde junto a la ventana.
Margarita sostuvo la puerta.
—No podéis entrar a mi casa de esa manera.
El hombre miró a su compañero.
Después volvió hacia ella.
—Apartaos, señora.
La orden fue baja, pero ya no tenía el tono de una petición.
Margarita permaneció inmóvil unos segundos.
El ayudante empujó la hoja del zaguán con la palma y cruzó el umbral.
Mateo lo siguió.
Desde el patio, la cocinera observó a los tres hombres dirigirse al corredor de servicio.
—¿Está la señorita ahí? —preguntó.
Nadie respondió.
Margarita avanzó detrás de ellos.
Jacinta escuchó movimiento dentro de la casa.
—Ya están aquí —dijo.
La mano de Leonor había dejado de temblar.
La mujer se inclinó.
—Van a abrir.
Dentro, la joven creyó oír la voz de su padre.
No distinguía palabras. Solo una presencia familiar mezclada con el sonido de una puerta.
La oscuridad del sótano comenzó a llenarse de imágenes que aparecían y se deshacían.
Su madre junto a la fuente.
Inés señalando una letra.
Manrique con el sombrero entre las manos.
Leonor intentó mantener los ojos abiertos.
Tenía que verlo entrar.
Habían quedado en el salón.
Recordaba eso.
En el salón, con su padre escuchando.
Quiso retirarse de la pared para levantarse cuando llegaran, pero el cuerpo no le obedeció.
La primera puerta se abrió con una llave del manojo.
El ayudante bajó unos peldaños y se detuvo ante la del sótano.
—Esta también.
Margarita permanecía arriba.
—No sé dónde está esa llave.
Mateo levantó la herramienta.
—Puedo forzar la cerradura.
La señora lo miró.
—No tocaréis nada.
El obrero ya no bajó los ojos.
—La muchacha está detrás.
El ayudante extendió la mano hacia Margarita.
—La llave.
Ella sujetó el manojo.
—Mi esposo tendrá que saber lo que estáis haciendo.
Desde el patio, la cocinera había comenzado a llorar.
El otro hombre subió un peldaño, colocándose junto a la señora.
—La llave —repitió.
Margarita miró la puerta inferior.
Luego sacó una pequeña pieza de hierro del bolsillo.
El ayudante la tomó.
No dijo gracias.
La cerradura estaba dura.
Giró una vez y se atascó.
El hombre tiró de la puerta hacia sí para aliviar el peso. Volvió a mover la llave.
El hierro cedió.
Abrió.
El aire del sótano les llegó frío, cargado de humedad.
El ayudante levantó la lámpara.
Al principio vio la mesa, un jarro vacío y una tela en el suelo. Después encontró a Leonor junto a la ventana, arrodillada de lado, con un brazo levantado hacia la abertura.
—Traed a un médico —dijo.
Su compañero se volvió y salió deprisa.
Mateo bajó los últimos peldaños.
Leonor tenía la mejilla apoyada contra los ladrillos. El cabello se le había soltado y ocultaba parte del rostro.
El ayudante se arrodilló.
—Señorita.
Ella no levantó la cabeza.
Él le tocó el hombro.
Desde la calle, Jacinta oyó las voces.
—Estoy sosteniendo su mano —avisó—. Retiradla despacio.
Mateo se acercó al hueco.
—Soltadla.
La mujer abrió los dedos.
El obrero sostuvo el antebrazo de Leonor desde dentro. Lo hizo retroceder con cuidado para que la piel no volviera a rozar los bordes.
Cuando la mano quedó libre, descendió sin resistencia.
Jacinta se llevó la suya al pecho.
Durante un instante no supo qué hacer con ella.
Leonor abrió los ojos cuando intentaron apartarla de la pared.
Vio una lámpara.
Un rostro que no reconocía.
La puerta abierta detrás.
Quiso preguntar por Manrique.
Sus labios se movieron.
El ayudante acercó el oído.
—¿Qué decís?
Ella volvió a intentarlo.
El hombre solo alcanzó a oír una sílaba.
Le sostuvo la cabeza mientras Mateo retiraba del suelo la tela para acomodarla sobre ella.
—Ya podéis salir —dijo—. La puerta está abierta.
Leonor miró hacia la escalera.
La luz parecía muy lejos.
Buscó la mano que la había acompañado desde la calle.
Jacinta apareció poco después en el último peldaño. Había rodeado la casa y entrado sin pedir permiso.
Se arrodilló junto a la joven.
—Soy yo.
Leonor la miró.
Jacinta tomó sus dedos.
El ayudante le cedió espacio.
—No habléis —murmuró la mujer—. Os vamos a cuidar.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Leonor.
No pudo decirle que había vuelto, como prometió.
Cerró los ojos.
El médico llegó con un pequeño maletín y la respiración agitada.
Pidió que dejaran sitio.
La cocinera había bajado una manta limpia. Jacinta ayudó a colocarla mientras el hombre examinaba a Leonor.
Le tomó la muñeca.
Esperó.
Después acercó la mano al cuello y observó su rostro.
Nadie habló.
Mateo permanecía junto a la mesa, con el polvo de la pared todavía adherido a las mangas.
El médico volvió a comprobar.
Jacinta lo miró.
Él bajó lentamente la cabeza.
—Hace muy poco —dijo.
La mujer no entendió al principio.
O no quiso entender.
—Ha abierto los ojos.
El médico asintió.
—Lo sé.
Jacinta apretó la mano de Leonor.
Esperó un movimiento.
El mismo roce pequeño de unos minutos antes.
No llegó.
Arriba, Margarita escuchó el llanto de la cocinera.
No había bajado.
Se quedó junto a la entrada del corredor, con el manojo de llaves entre las manos.
El ayudante del alguacil subió despacio.
Al verla, se detuvo.
—¿Cuánto tiempo estuvo encerrada?
La señora enderezó la espalda.
—Era un castigo.
—¿Cuánto tiempo?
—No es necesario que me habléis así.
Él miró las llaves.
—¿Quién le llevaba comida?
Margarita no respondió.
El hombre aguardó.
Desde abajo llegó la voz de Jacinta llamando a Leonor.
La señora volvió ligeramente el rostro.
—No debió desobedecerme —murmuró.
Todavía hablaba del castigo como si bastara nombrarlo para ocultar cada ocasión en que había decidido prolongarlo.
El ayudante la observó como si acabara de oírla por primera vez.
Luego llamó a su compañero.
—La señora permanecerá aquí hasta que venga el alguacil. Que no salga de la casa.
Las llaves tintinearon entre los dedos de Margarita.
—Mi esposo…
—Hay que avisarle.
La frase dejó sin lugar su amenaza.
Por primera vez aquella mañana, Margarita no encontró una respuesta.
Subieron a Leonor envuelta en la manta.
El ayudante y Mateo la llevaron por la escalera, mientras Jacinta caminaba detrás sosteniendo una parte de la tela para que no se arrastrara.
La cocinera abrió las puertas.
Nadie quiso dejarla en el sótano.
Al llegar al patio, la luz cayó sobre su rostro.
Jacinta se detuvo.
Era la primera vez que la veía entera.
Había imaginado a la muchacha detrás de la mano, pero no había pensado en su juventud con aquella claridad. El vestido era el que había usado el día de las partidas. Todavía llevaba una pequeña arruga cerca del cuello donde su padre la había abrazado.
La condujeron hasta su habitación.
Sobre el tocador descansaban el retrato de su madre y el pañuelo de borde azul.
Jacinta los vio y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
La noticia comenzó a viajar antes de que terminara la tarde.
El alguacil tomó declaraciones en el salón. Mateo contó lo que había hecho. La cocinera habló de la supuesta visita a parientes y de la carta que Margarita le había quitado.
Jacinta relató cada ocasión en que llamó a la puerta.
El ayudante reconoció que había estado allí el día anterior y no había insistido en abrir.
Mientras hablaba, no miró a los demás.
Margarita permanecía sentada cerca de la ventana, vigilada por un hombre.
Ya no podía ordenar quién entraba, quién hablaba o qué debía callarse.
Cuando abrieron el cajón del despacho encontraron las cartas.
La del capitán.
La de Inés.
También encontraron la carta de don Juan, en la que preguntaba dónde estaba Leonor, y un borrador inconcluso de la respuesta de Margarita.
El alguacil apartó los papeles con cuidado.
—Nadie retirará nada de esta habitación.
Tomás consiguió noticias al final del día siguiente.
Un comerciante llegado de Valladolid traía la historia de la casona.
La contó en el patio mientras esperaba a doña Beatriz.
Inés escuchó desde la cocina.
Al oír el nombre de Leonor dejó caer el paño que llevaba.
Salió.
—¿La sacaron?
El hombre volvió hacia ella.
—Sí.
Inés se acercó.
—¿Dónde está?
El comerciante miró a Tomás, que acababa de aparecer en el corredor.
La pausa le dijo más que cualquier respuesta.
—¿Dónde está? —repitió.
Tomás se acercó a la muchacha.
—Inés.
Ella retrocedió.
No quería que nadie pronunciara su nombre de aquella manera.
El comerciante bajó los ojos.
La criada se quedó en mitad del patio, con las manos abiertas, hasta que Tomás la sostuvo de los hombros.
Doña Beatriz apareció en la puerta.
—¿Qué sucede?
Inés volvió el rostro hacia ella.
No tenía fuerzas para gritar.
—Os lo dije.
La señora miró al comerciante.
Él explicó lo ocurrido.
Beatriz se llevó una mano a la boca.
Inés se apartó de Tomás.
Entró en su cuarto y recogió el pequeño envoltorio.
Esta vez no pidió permiso para regresar.
Don Juan recibió el aviso mientras discutía una entrega.
El mensajero pidió hablar con él a solas.
Le dio un pliego breve, escrito por el alguacil.
Don Juan leyó una vez.
Después otra.
No comprendió cómo podían estar juntas aquellas palabras.
Su hija.
El sótano.
Su esposa.
El médico.
Se apoyó en una mesa.
El administrador se acercó.
—¿Qué ocurre?
Don Juan intentó responder.
Solo consiguió extenderle la hoja.
Mientras el hombre leía, él recordó a Leonor junto al desayuno, preguntando si podía acompañarlo.
Podría esperar mientras trabajáis.
Recordó haberle dicho que ya tendrían ocasión.
Se llevó una mano a la frente.
La puerta del almacén estaba abierta. Afuera, los criados seguían moviendo cajas.
El mundo no se había detenido.
—Preparad mi caballo —dijo.
Manrique supo la noticia por un mensajero que había preguntado por él en dos alojamientos antes de encontrar su destacamento.
La carta estaba dirigida a su nombre.
El capitán la abrió de pie.
El hombre aguardaba, cubierto de polvo.
Manrique llegó hasta la frase que decía que Leonor había muerto.
Dejó de leer.
Miró al mensajero.
—No.
El hombre no respondió.
Manrique volvió al papel.
Leyó el resto con una lentitud que no le pertenecía.
El encierro.
La ventana.
La llegada tardía del médico.
La detención de Margarita.
Al bajar la hoja, la cinta verde rozó su muñeca.
La llevaba guardada dentro del puño del uniforme.
Durante un instante no pudo tocarla.
Después cerró los dedos sobre ella.
Pidió hablar con su superior.
Explicó lo ocurrido sin recordar qué palabras utilizaba. Le concedieron permiso para regresar y dispusieron que un compañero lo acompañara.
Antes de montar, Manrique recordó la carta que Leonor nunca había contestado.
La había imaginado leyéndola.
Había esperado su letra.
Ahora comprendía dónde había estado mientras él escribía sobre patios y libros.
Guardó el aviso del alguacil.
Su compañero se acercó con los caballos.
Manrique puso un pie en el estribo.
En Valladolid, Jacinta permaneció junto a Leonor hasta que encendieron las primeras velas.
La habían acostado en su cama y limpiado con cuidado las heridas de la muñeca. El médico había dejado constancia de lo ocurrido. El alguacil pidió que esperaran el regreso de don Juan antes de disponer la sepultura y mandó un aviso urgente al lugar donde atendía sus negocios. A Manrique le enviaron otro, usando la ruta de su destacamento, conocida por los proveedores de la casa.
Sobre la mesa colocaron agua.
Jacinta la miró largo rato.
Después tomó el pañuelo de borde azul y lo dobló junto al retrato.
Afuera, varias personas se habían reunido frente a la reja. Hablaban en voz baja, señalaban la pared y preguntaban cuándo había comenzado todo.
Mateo volvió con sus herramientas.
Esta vez retiró los ladrillos.
Los vecinos se apartaron para dejarle sitio. Con cada golpe, el polvo caía hacia la calle y hacia el sótano vacío.
Cuando terminó, la luz entró otra vez por los barrotes.
Iluminó la mesa, el jarro fisurado y la tela que había quedado en el suelo.
La puerta del sótano permanecía abierta.
Arriba, junto a una cama rodeada de velas, Jacinta sostenía por última vez la mano que había encontrado en la pared.