Capítulo 11 de 13

El regreso de los ausentes

Don Juan llegó dos días después de la muerte de Leonor, cuando aún quedaban velas encendidas junto a su cama. El mensajero había necesitado una jornada para encontrarlo; él emprendió el regreso en cuanto leyó el aviso.

Había cambiado de caballo durante el trayecto y recorrido las últimas leguas sin hablar con el hombre que lo acompañaba. En cuanto reconoció la calle de su casa, dejó de sentir el cansancio y empezó a temer cada paso que lo acercaba.

La ventana del sótano estaba abierta otra vez.

Había polvo de ladrillo sobre las piedras.

Don Juan detuvo el caballo.

Miró los barrotes.

No recordaba haberlos observado nunca con atención.

Un vecino se acercó para sujetar las riendas, pero él ya había desmontado. Cruzó hasta la reja y apoyó la mano en el muro. Entre las juntas quedaban restos del mortero nuevo.

Dentro vio la mesa y el jarro.

La carta decía que su hija había estado allí.

A pocos pasos de la calle.

Debajo de su propia habitación.

Don Juan retiró la mano y caminó hacia el zaguán.

La cocinera abrió antes de que llamara.

Al verlo, se llevó el delantal al rostro.

Él quiso preguntar dónde estaba Leonor.

La palabra no salió.

La mujer señaló la escalera.

Don Juan cruzó el patio.

La fuente seguía corriendo.

En el corredor superior había una silla junto a la puerta de su hija. Jacinta se levantó al verlo. No necesitó que nadie le dijera quién era.

—Señor…

Don Juan pasó junto a ella.

La habitación olía a cera.

Leonor estaba acostada sobre la cama, con las manos reunidas sobre el pecho. Le habían recogido el cabello y colocado una sábana limpia hasta la cintura.

Su padre se detuvo en el umbral.

Durante unos instantes la vio dormida.

El mismo rostro de tantas mañanas, cuando entraba a despertarla antes de alguna fiesta. La línea de las cejas. El pequeño lunar junto a la sien.

Luego advirtió las mejillas hundidas y las heridas de la muñeca.

Se acercó.

—Hija.

Se sentó al borde de la cama.

Esperó, como si aquella palabra todavía pudiera despertarla.

Después le tomó una mano.

La encontró fría.

Don Juan inclinó la cabeza hasta apoyarla junto a la de Leonor y comenzó a llorar.

Jacinta permaneció en el corredor.

No quiso entrar hasta que él la llamó.

Don Juan estaba sentado junto a la cama, sosteniendo todavía la mano de su hija.

—¿Vos la encontrasteis?

La mujer asintió.

—La oí desde la calle.

Él miró la muñeca.

—¿Pidió por mí?

Jacinta apretó las manos.

—Dijo que no sabíais dónde estaba.

Don Juan cerró los ojos.

La mujer no añadió nada.

Al cabo de un momento, él preguntó:

—¿Cuánto tiempo estuvo llamando?

—No lo sé, señor. Cuando me detuve, llevaba ya varios días allí.

Don Juan miró el retrato sobre el tocador.

Recordó haberlo recuperado del armario y entregárselo a Leonor como si con eso hubiera corregido todo lo que no iba bien en aquella casa.

—Quería venir conmigo —dijo.

Jacinta guardó silencio.

Él pasó el pulgar sobre los dedos de su hija.

—Me lo pidió antes del viaje.

No esperaba una respuesta.

La mujer se quedó junto a él hasta que pudo levantarse.

El alguacil lo recibió en el despacho.

Los papeles estaban ordenados sobre la mesa. La llave del sótano descansaba junto a ellos.

Don Juan la reconoció.

La había visto muchas veces en la cintura de Margarita.

Nunca le había parecido una cosa peligrosa.

El alguacil habló con cuidado, pero sin omitir lo ocurrido.

El encierro había comenzado el mismo día de su partida. Habían retirado las provisiones antes. La ventana se cerró a la mañana siguiente. Inés fue enviada fuera de Valladolid después de intentar llevar agua.

Don Juan escuchó sin sentarse.

Cuando el hombre le mostró las cartas, reconoció la letra de Manrique.

Luego leyó la que Tomás había escrito por Inés.

Tuvo que detenerse en una línea.

La señorita está en el sótano y no puede salir.

La frase no contenía ningún adorno.

Por eso le resultó insoportable.

—¿Dónde está Margarita?

—Bajo custodia.

—Quiero verla.

El alguacil lo observó.

—Podréis hablar con ella. Pero lo que diga no cambiará las declaraciones.

Don Juan dejó la carta sobre la mesa.

—No he venido a cambiarlas.

Inés llegó a media mañana acompañada por Tomás.

El mayordomo había dispuesto el regreso en cuanto recibió la noticia. Doña Beatriz quiso pedirle que esperara, pero la muchacha había salido del patio con su envoltorio bajo el brazo.

Ahora lo llevaba contra el pecho, como el día en que Margarita la obligó a marcharse.

Al entrar en la casona vio a don Juan junto a la fuente.

Se detuvo.

Él levantó la cabeza.

Durante un instante, Inés sintió el miedo antiguo. El temor a que un señor la acusara, a que las palabras de Margarita hubieran llegado antes que las suyas.

Don Juan caminó hacia ella.

—Me han mostrado vuestra carta.

La criada bajó los ojos.

—Debí decirlo antes.

Él la miró.

—Yo también.

Inés comenzó a llorar.

Don Juan no intentó consolarla con una frase que los librara de lo sucedido.

—Necesitan que contéis lo que visteis —dijo—. Todo.

La muchacha asintió.

—Lo haré.

Tomás dejó una mano sobre su hombro.

Después la acompañó al salón, donde el alguacil esperaba para escucharla.

Manrique llegó cerca del mediodía de aquel mismo día. Su destacamento había hecho alto a una jornada de Valladolid, a la espera de nuevas órdenes. El mensajero lo encontró la tarde anterior y el capitán cabalgó de regreso apenas obtuvo permiso.

Su compañero se quedó con los caballos. El capitán cruzó la calle sin mirar a los vecinos reunidos.

Al pasar junto a la reja se detuvo.

La ventana estaba libre de ladrillos.

No había nadie adentro.

Durante un momento recordó a Leonor riéndose de sus anotaciones. Podía verla con tanta claridad que le resultó imposible reconciliar aquella imagen con la carta que llevaba en el bolsillo.

Apoyó los dedos sobre el hierro.

La última vez ella había extendido la mano desde allí.

Él había prometido volver.

Retiró la suya y entró en la casa.

Don Juan lo esperaba en el patio.

Ambos permanecieron quietos.

El padre intentó hablar.

Manrique negó levemente con la cabeza.

No podía escuchar todavía una explicación.

—¿Dónde está? —preguntó.

Don Juan miró hacia la escalera.

El capitán subió.

Inés estaba sentada junto a la cama.

Se puso de pie al verlo.

Manrique se detuvo a pocos pasos de Leonor.

Llevaba polvo en el uniforme y una marca oscura en el cuello donde había rozado el sudor del viaje. No se había cambiado. No había preguntado si era una hora adecuada para entrar.

Miró el rostro de la joven.

Esperó sentir algo que pudiera reconocer.

Rabia.

Dolor.

Una certeza.

Al principio solo sintió que había llegado a una habitación equivocada.

Leonor debía estar junto a la ventana, con un libro en las manos. Tenía que levantar la cabeza y decirle que había tardado.

Manrique dio un paso.

Después otro.

Se arrodilló junto a la cama.

La cinta verde seguía dentro del puño de su uniforme. La sacó lentamente y la dejó sobre la sábana.

—He vuelto.

Inés se cubrió la boca.

El capitán tomó la mano de Leonor.

La sostuvo con el mismo cuidado que en la reja, pero ahora sus dedos no buscaron los de él.

Manrique inclinó la cabeza.

—No teníais que bajar otra vez.

La frase se quebró.

Permaneció arrodillado, con la frente cerca de sus manos, hasta que el llanto le impidió continuar.

Don Juan entró más tarde.

Inés se retiró al corredor.

El padre y el capitán quedaron junto a Leonor, uno sentado y el otro todavía de rodillas.

Durante largo rato no hablaron.

Al fin, Manrique miró la muñeca herida.

—¿Esto fue en la ventana?

Don Juan asintió.

El capitán cerró los ojos.

—Yo la tomaba de la mano allí.

Su padre miró los barrotes a través del recuerdo, sin saber cómo responder.

—No lo sabía.

Manrique levantó el rostro.

—Quería contároslo ella.

Don Juan tuvo que contener la respiración antes de responder.

—Siempre decía que habría tiempo.

El capitán volvió hacia Leonor.

El padre continuó, casi en un susurro:

—Le dije que haríamos un viaje. Que hablaríamos cuando regresara. Que escucharíamos después.

Miró el borde de la cama.

—Cuando me pedía algo, yo pensaba en lo que debía terminar primero.

Manrique no intentó absolverlo.

Don Juan tampoco lo pidió.

Fueron al sótano al caer la tarde.

Jacinta les había dicho que Leonor permaneció junto a la ventana hasta el final. Mateo dejó de trabajar cuando los vio acercarse al corredor, pero don Juan le hizo una señal para que continuara retirando los escombros.

El capitán descendió primero.

Reconoció la mesa.

El lugar donde Inés solía quedarse vigilando.

La pared contra la que Leonor apoyaba el hombro.

Sin ella, el cuarto parecía más pequeño.

Don Juan bajó detrás.

Vio la tela extendida en el suelo y se quedó mirándola. No era ropa de cama. Era una cubierta vieja que había mandado guardar muchos años antes.

Su hija había dormido allí.

Se inclinó para recogerla, pero el alguacil, que los acompañaba, le pidió que no moviera nada todavía.

Don Juan retiró la mano.

Manrique se acercó a la ventana.

Sobre la piedra había marcas claras donde los ladrillos habían rozado. En un borde encontró una astilla rota.

La observó sin tocarla.

—Intentó abrir —dijo.

Mateo, desde el otro lado de la reja, bajó la cabeza.

—Sí.

El capitán lo miró.

El joven no retrocedió.

—Yo la oí —confesó—. Me pidió ayuda cuando trabajaba.

Manrique sujetó uno de los barrotes.

Durante un instante, Mateo creyó que iba a golpearlo.

El capitán apretó el hierro hasta que se le blanquearon los nudillos.

Después lo soltó.

—Decidlo otra vez cuando os pregunten.

—Ya lo he dicho.

—No dejéis de decirlo.

Mateo asintió.

Don Juan vio a Margarita esa noche.

Lo condujeron hasta una habitación de paredes desnudas, separada del corredor por una puerta cerrada. Su esposa estaba sentada en un banco.

Ya no llevaba las llaves.

Al verlo se puso de pie.

—Juan.

Él permaneció cerca del umbral.

Margarita miró al hombre que lo acompañaba.

—Necesito hablar con mi esposo a solas.

El guardia no se movió.

Don Juan tampoco.

—Hablad —dijo.

Ella se llevó una mano al pecho.

—Todo se ha contado de una manera…

—¿La encerrasteis?

Margarita dejó de hablar.

Él sostuvo su mirada.

—¿La encerrasteis?

—Debía corregirla.

Don Juan tragó saliva.

—¿Le negasteis agua?

Su esposa apartó los ojos.

—Estaba decidida a humillarme.

El hombre retrocedió un paso.

Le resultó más difícil escuchar aquella respuesta que cualquier declaración.

—Era mi hija.

Margarita alzó el rostro.

—Yo era vuestra esposa.

Don Juan miró sus manos vacías.

Recordó las llaves sobre el vestido. Las cuentas de la casa. La manera en que ella explicaba cada prohibición como una preocupación.

—No volveréis a entrar en esa casa —dijo.

Margarita comenzó a llorar.

Él esperó oír el nombre de Leonor.

Una pregunta.

Un arrepentimiento.

Su esposa le pidió que no la abandonara allí.

Don Juan se volvió hacia la puerta.

El guardia abrió.

No miró atrás.

En la casona, Inés encontró a Manrique sentado junto al tocador.

Tenía frente a él el pañuelo de borde azul.

—Lo guardó desde vuestra visita —dijo la criada.

El capitán pasó un dedo por la tela.

—No pensé que fuera lo último que le dejaría.

Inés se quedó junto a la puerta.

—Os esperaba.

Manrique levantó la cabeza.

La muchacha continuó:

—Antes de bajar, cuando tenía la llave, siempre preguntaba si creía que pasaríais.

El capitán miró hacia la cama.

—Le dije que hablaríamos en el salón cuando volviera.

Inés se secó los ojos.

—Quería eso.

Manrique dobló el pañuelo con cuidado.

Luego recogió la cinta verde.

La extendió junto a la miniatura y observó el rostro pintado de la madre de Leonor.

Recordó haberle dicho que un día olvidaba la voz de su padre.

Ahora buscaba la de ella.

Todavía podía escucharla.

Yo también os quiero.

Cerró los dedos sobre la cinta.

—Necesito hablar con don Juan.

El padre estaba en el despacho, frente a la carta que Manrique había enviado.

La había leído varias veces.

Cuando el capitán entró, se levantó.

—Mañana debemos darle sepultura —dijo.

Manrique asintió.

La frase lo obligó a imaginar una despedida que no terminara al cerrar la puerta de la habitación.

Se quedó de pie junto al escritorio.

—Antes quiero cumplir lo que le prometí.

Don Juan lo observó.

El capitán dejó la cinta sobre la mesa.

—Le dije que regresaría para pedirle que fuera mi esposa.

El padre miró el pequeño trozo verde.

—Lo sé.

Manrique alzó los ojos.

Don Juan tomó una hoja que había encontrado en un cajón de Leonor.

Era un intento de carta, escrito antes del encierro. Apenas unas líneas.

Se la entregó.

El capitán reconoció una letra inclinada y cuidadosa.

Padre: hay cosas que me cuesta deciros cuando estamos frente a frente. Quiero que sepáis que el capitán me ha hablado con respeto y que deseo esperarlo. Cuando vuelva, me gustaría que escucharais lo que tiene que pediros.

La última línea estaba sin terminar.

Manrique sostuvo la hoja con ambas manos.

Don Juan se sentó.

—No llegó a dármela.

El capitán volvió a leer.

Después dejó el papel junto a la cinta.

—No quiero que se marche creyendo que olvidé mi promesa.

Su voz fue apenas audible.

Don Juan lo miró largo rato.

Pero sobre la piedra de la ventana había una marca húmeda.

Parecía el lugar donde alguien había apoyado una mano.

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