Capítulo 12 de 13

El anillo y la tierra

Don Juan escuchó sin interrumpir.

Manrique permanecía frente al escritorio, con la carta inconclusa de Leonor entre las manos.

—No pretendo que estas palabras devuelvan nada —dijo—. Sé que no pueden hacerlo.

El padre miró la cinta verde sobre la mesa.

—Entonces, ¿qué queréis?

El capitán tardó en responder.

Durante el viaje había pensado en aquella promesa como en algo que todavía debía cumplir. Ahora, dentro de la casa, temía que su deseo añadiera una pena más a quienes iban a despedirla.

—Quiero que se sepa que la elegí —dijo al fin—. Que no me habría marchado de su lado por voluntad propia. Que ella quiso esperarme.

Don Juan cerró los ojos.

La carta descansaba en las manos de Manrique como una prueba demasiado pequeña de todo lo que Leonor había deseado.

—Hablaré con el sacerdote —respondió.

El capitán asintió.

Antes de retirarse recogió la cinta.

Dejó la carta junto al padre.

El sacerdote llegó cuando aún faltaba un rato para el amanecer.

Había conocido a Leonor desde niña. Recordaba a su madre llevando a la pequeña al templo y corrigiendo con una caricia la impaciencia con que se movía durante las oraciones.

Entró en la habitación y permaneció junto a la cama.

Después escuchó a don Juan y al capitán en el salón.

Manrique explicó su promesa.

El sacerdote miró sus manos.

—Ella ya no puede responderos.

—Me respondió antes de partir.

Don Juan puso sobre la mesa la carta de su hija.

El hombre la leyó despacio.

Al terminar, la devolvió.

—Podemos rezar por ella y dar testimonio de lo que ambos quisieron. Será una despedida, hijo; la promesa que os hicisteis pertenece a vuestra historia, pero hoy no podemos celebrar una boda.

Manrique inclinó el rostro, vencido por el cansancio.

No buscaba discutir sobre palabras ni fórmulas. Había llegado demasiado tarde para la vida que imaginó, y hasta la forma de despedirse tenía ahora un límite que no podía traspasar.

El sacerdote se inclinó hacia él.

—Habladle. Decid lo que no pudisteis decir al regresar.

El capitán miró hacia el corredor superior.

—Quisiera darle un anillo.

Don Juan se llevó una mano al bolsillo.

Sacó una pequeña sortija de oro.

La había encontrado la noche anterior en una caja, junto a las pertenencias de su primera esposa.

—Su madre quería que lo tuviera cuando se casara.

Manrique no extendió la mano enseguida.

Don Juan dejó el anillo sobre la mesa.

Inés preparó el vestido claro.

Lo encontró guardado en el armario, con los pliegues que había dejado el día de la procesión. Margarita lo había rechazado por las cintas verdes.

La criada extendió la tela sobre una silla.

Durante unos momentos no pudo tocarla.

Recordó a Leonor frente al espejo y la alegría pequeña que había sentido al recogerse el cabello. Todavía podía oír su voz preguntándole si el adorno se notaba demasiado.

Jacinta entró con agua limpia.

Miró el vestido.

—¿Era suyo?

Inés asintió.

—Quería usarlo para salir.

La mujer dejó la jofaina.

—Entonces pongámoselo.

Lo hicieron con cuidado.

Inés acomodó las mangas, alisó la falda y recogió el cabello de Leonor como tantas otras mañanas. Jacinta sostuvo la cabeza mientras ella colocaba las horquillas.

La criada buscó una cinta.

No encontró ninguna en el cajón.

Manrique apareció en la puerta y comprendió lo que necesitaban.

Extendió la verde.

Inés la recibió.

Había acompañado las primeras miradas, los encuentros y la despedida. Ahora volvió al cabello de Leonor, anudada con la misma delicadeza del día en que salió a la procesión.

Jacinta se apartó para observarla.

—Así.

Inés quiso corregir un mechón, pero sus manos comenzaron a temblar.

La mujer se las sostuvo un instante.

Después ambas salieron al corredor.

Llevaron a Leonor al salón.

Don Juan había pedido que abrieran las puertas hacia el patio. Retiraron la mesa de juego y dispusieron las velas junto al lugar donde la acostaron.

El retrato de su madre había vuelto a la pared.

Lo encontraron guardado en una habitación, envuelto en tela y sin los daños que Margarita había mencionado.

Don Juan ayudó a colgarlo.

No habló mientras lo hacían.

Afuera comenzó a clarear.

Manrique entró cuando todo estuvo dispuesto.

Vio el vestido, la cinta y las manos reunidas. La joven parecía preparada para recibir una visita que se hubiera demorado demasiado.

El capitán se detuvo cerca de ella.

Era el salón.

Su padre estaba allí, escuchando.

La exactitud de aquella promesa cumplida de una manera tan distinta le hizo doblar la cabeza.

Había pocas personas.

Don Juan, Inés, Jacinta y su esposo. La cocinera permanecía cerca de la puerta. Tomás, que había decidido quedarse para acompañar a la criada, esperaba junto al corredor.

El sacerdote comenzó a rezar.

Manrique escuchó apenas las primeras frases.

No podía apartar los ojos de Leonor.

Cuando llegó su momento de hablar, sacó el anillo.

Lo sostuvo entre el pulgar y el índice.

—Leonor.

Su voz sonó extraña en la habitación.

Respiró y continuó:

—Os pedí que me esperarais. Pensé que bastaría con escribir, con regresar tan pronto como pudiera.

Don Juan se cubrió los ojos.

Manrique miró la mano que iba a tomar.

—Quería enseñaros los caminos de los que hablábamos. Presentaros a mi hermana. Llevaros a una casa donde pudierais abrir la puerta cuando quisierais.

Inés lloró en silencio.

El capitán se arrodilló.

—No sé qué hacer con todo eso ahora.

El sacerdote permaneció junto a él, sin apresurarlo.

Manrique tomó la mano de Leonor.

La sostuvo sobre la suya mientras acercaba el anillo.

—Aquí, delante de vuestro padre, dejo testimonio de la promesa que os hice. Quise compartir mi vida con vos. Os despido con el amor que no alcanzamos a vivir.

Colocó la sortija.

Era un poco ancha para aquel dedo.

El capitán la acomodó con cuidado y dejó un beso sobre los nudillos.

Don Juan se acercó.

Apoyó una mano en el hombro de Manrique y la otra junto a la de su hija.

No intentó hablar.

El sacerdote concluyó las oraciones.

Años más tarde, quienes contaran aquella mañana dirían que el capitán se había casado con Leonor después de su muerte. Los que estuvieron allí recordarían, antes que cualquier nombre para la ceremonia, el temblor de sus manos al ponerle el anillo.

La llevaron al templo cuando las calles comenzaban a llenarse.

Algunas personas salieron a las puertas. Otras se quedaron junto a las ventanas, mirando pasar el cortejo.

El niño que había visto una mano en la pared caminaba con su madre.

Se detuvo al reconocer la casa.

La mujer le sujetó los dedos.

—Vamos.

El pequeño no se movió.

Miraba a los hombres que llevaban el cuerpo y al capitán que caminaba detrás.

—Era ella —murmuró.

Su madre no respondió.

Esta vez no lo obligó a apartar la vista.

Después de las oraciones, don Juan se acercó al lugar de la sepultura.

La tierra estaba removida.

Manrique permaneció a su lado.

Había sostenido la mano de Leonor en la reja, en la habitación y en el salón. Ahora no quedaba ninguna ocasión más.

Cuando terminaron, el padre dejó caer una pequeña flor.

El capitán sostuvo el sombrero contra el pecho.

Inés esperó hasta que los demás comenzaron a apartarse.

Llevaba doblada la hoja donde Leonor había escrito su nombre.

No la dejó sobre la tierra.

La guardó.

Tomás la miró.

—¿Queréis volver?

La muchacha negó con la cabeza.

—Un momento más.

Se arrodilló y habló muy bajo.

—Voy a aprender.

Jacinta, que estaba cerca, alcanzó a oírla.

Inés se secó el rostro.

—Todo lo que ibais a enseñarme.

En los días siguientes, la casa recibió visitas que don Juan no deseaba.

Llegaron personas a ofrecer consuelo, a contar cuánto estimaban a Leonor o a preguntar qué ocurriría con Margarita.

Algunas habían pasado frente a la ventana.

El padre escuchaba desde su silla.

Cuando alguien intentaba hablar de la tragedia como de una desgracia inexplicable, ponía sobre la mesa una de las declaraciones.

—Está escrito lo que ocurrió —decía.

No permitía que llamaran enfermedad a la privación de alimento ni severidad al encierro.

El alguacil volvió para recoger su testimonio.

Don Juan relató cuanto sabía y también aquello que había preferido no ver: las salidas prohibidas, el vestido retirado, los retratos guardados y la manera en que Margarita interrumpía a su hija.

El hombre anotó.

—¿Por qué no intervinisteis?

Don Juan miró hacia el patio.

—Porque creí que era más fácil dejarla decidir.

La pluma se detuvo un instante.

Él volvió el rostro.

—Escribidlo.

Margarita siguió encarcelada.

Las declaraciones de los criados, los obreros y Jacinta coincidían con las cartas retenidas y con lo encontrado en el sótano. Su familia hizo llegar recados, pero don Juan se negó a retirar su denuncia o a pedir que suavizaran lo sucedido.

Doña Beatriz visitó la casa una tarde.

Se quedó junto a la puerta del salón, mirando el retrato restaurado.

—No supe que fuera tan grave —dijo.

Inés estaba en el corredor.

La oyó.

Beatriz se volvió hacia ella.

—Me lo contó de una manera…

La criada sostuvo su mirada.

—Os dije que no tenía agua.

La señora bajó los ojos.

Don Juan se acercó desde el despacho.

—No volveréis a hablar con Inés para pedirle silencio.

Beatriz apretó el pañuelo que llevaba.

Se marchó poco después.

Manrique permaneció en Valladolid el tiempo que le concedieron.

Visitó la sepultura y ayudó a don Juan a ordenar las cartas de Leonor. Había pocas. Algunas eran ejercicios de escritura; otras, notas que nunca había enviado.

Encontraron descripciones de ciudades copiadas de sus libros.

Una página contenía una lista de cosas que deseaba ver:

Un río ancho.

Un barco.

El mar.

Manrique se quedó mirando la última palabra.

Don Juan lo dejó a solas.

El capitán guardó la página junto a la carta que ella había escrito para su padre.

No conservó el anillo.

Lo había dejado con Leonor.

Antes de partir, fue a despedirse de Inés.

La encontró en el patio, sentada junto a Tomás. Sobre la mesa había un cuaderno.

La muchacha escribía despacio, con una concentración que le hacía fruncir el ceño.

Manrique esperó a que terminara la línea.

—¿Qué estáis escribiendo?

Inés le mostró la hoja.

Había formado un nombre con letras desiguales.

Leonor.

El capitán lo leyó sin decir nada.

Luego sacó de su equipaje un libro pequeño.

—Prometí buscarlo.

Lo dejó junto al cuaderno.

Inés acarició la cubierta.

—Gracias.

Manrique miró a Tomás.

—Ella quería que aprendiera.

El mayordomo asintió.

—Seguirá aprendiendo.

El capitán permaneció unos momentos junto a ellos.

Después subió a despedirse de don Juan.

La casa quedó más silenciosa tras su partida.

Inés siguió allí con un salario que don Juan puso por escrito. Jacinta visitaba a la cocinera y algunas tardes se quedaba a conversar en el patio.

Las llaves se guardaban ahora en un lugar al que los criados podían acceder cuando necesitaban trabajar.

La puerta del sótano permanecía abierta.

Don Juan había ordenado vaciarlo, limpiarlo y llevar una lámpara para que nadie descendiera a oscuras. Aun así, casi todos evitaban quedarse allí mucho tiempo.

No por lo que pudieran ver.

Por lo que recordaban.

Mateo terminó de reparar el marco dañado al retirar los ladrillos. Antes de irse, dejó sobre la mesa el dinero que había recibido por tapiar la ventana.

La cocinera quiso devolvérselo.

Él negó con la cabeza.

Don Juan escuchó desde la puerta.

—Eso no cambia lo ocurrido —dijo.

—Lo sé.

El padre miró las monedas.

—Entonces ayudad cuando os llamen. Aunque quien os llame no pueda pagaros.

Mateo asintió.

Salió con sus herramientas.

La primera vez que Inés escuchó la voz, creyó que soñaba.

Había pasado varias semanas desde la sepultura.

Estaba en su habitación, repasando una página del libro que Manrique le había dejado. La vela ardía cerca del borde de la mesa y afuera acababan de terminar las campanadas.

Oyó un murmullo.

Levantó la cabeza.

Esperó.

La voz llegó de nuevo, débil, desde alguna parte inferior de la casa.

—Agua.

Inés se puso de pie.

Su silla raspó el suelo.

Se quedó mirando la puerta.

Conocía aquella palabra. La había escuchado desde el otro lado de la madera, la noche en que llevaba una taza entre las manos.

Se dijo que era un recuerdo.

Un ruido de la calle.

El cansancio.

Entonces oyó su nombre.

—Inés.

La criada abrió la puerta.

El corredor estaba vacío.

Una lámpara iluminaba el patio. El agua de la fuente seguía cayendo.

Inés bajó la escalera y se detuvo junto al comedor. Don Juan se había retirado; los demás dormían.

El murmullo no volvió.

La muchacha fue a la cocina.

Llenó una taza.

La sostuvo con ambas manos mientras caminaba hacia el sótano.

La puerta estaba abierta.

Descendió.

La luz de la calle entraba por la reja y dibujaba líneas sobre el suelo limpio.

No había nadie.

Inés dejó la taza en la mesa.

—Aquí está —susurró.

Esperó unos momentos.

Luego subió sin cerrar.

A la mañana siguiente, cuando volvió a recogerla, encontró la taza intacta.

El agua seguía dentro.

Pero sobre la piedra de la ventana había una marca húmeda.

Parecía el lugar donde alguien había apoyado una mano.