Capítulo 13 de 13

La que todavía espera

Inés no limpió la marca.

Permaneció frente a la ventana, mirando los cinco rastros húmedos sobre la piedra. El aire de la mañana entraba por los barrotes y movía suavemente el borde de su delantal.

La taza seguía en la mesa.

No había agua derramada entre ella y la reja.

Inés acercó una mano a la huella, pero se detuvo antes de tocarla.

Luego subió a buscar a don Juan.

Él la escuchó en el despacho.

No la interrumpió cuando habló de la voz, de la taza o del nombre que había oído desde el corredor.

Al terminar, Inés se quedó junto a la puerta.

Esperaba una explicación que la hiciera sentirse menos asustada.

Don Juan dejó los anteojos sobre la mesa.

—Mostradme.

Descendieron juntos.

La marca comenzaba a secarse. Apenas quedaban unas líneas más oscuras cerca del barrote.

El padre se inclinó.

Miró la piedra durante largo rato.

—¿Era su voz?

Inés asintió.

—Creí que estaba soñando.

Don Juan apoyó la mano en el alféizar, junto a la huella.

La retiró enseguida.

—Yo también la oigo a veces.

La muchacha volvió el rostro hacia él.

—¿Aquí?

—En su habitación. En el patio.

El padre miró hacia la escalera.

—No sé si es ella o si mi memoria me devuelve lo que debí escuchar.

Inés permaneció a su lado.

Por primera vez, la duda no le pareció una forma de negar lo sucedido.

Don Juan no mandó cerrar el sótano.

Tampoco retiró la taza.

La primera persona que vio la mano desde la calle fue un arriero.

Regresaba tarde y llevaba un animal cansado, al que guiaba despacio junto al muro de la casona. Había escuchado la historia de Leonor, pero no conocía todos los detalles.

Al pasar frente a la ventana oyó una súplica.

—Agua.

Se detuvo.

Una mano pálida sobresalía entre los barrotes.

El hombre se acercó creyendo que alguien había vuelto a ocupar el sótano.

—¿Quién está ahí?

Los dedos se movieron.

La voz pidió otra vez.

El arriero dejó las riendas sujetas a una argolla y sacó de sus alforjas una pequeña vasija.

Cuando volvió hacia la reja, la mano ya no estaba.

Se inclinó para mirar.

La ventana daba a un cuarto vacío.

Había una mesa, una taza y luz suficiente para distinguir el suelo.

Ninguna puerta se había cerrado.

Nadie podía haberse ocultado sin que él lo viera.

El hombre llamó al zaguán.

Esta vez, cuando contó lo que había oído, lo dejaron entrar.

La noticia llegó a Jacinta dos días después.

Fue a la casa al terminar sus ventas y encontró a Inés repasando una página junto a la fuente.

La criada había avanzado.

Ya podía leer frases completas si nadie la apresuraba.

—Dicen que ha vuelto —comentó Jacinta.

Inés cerró el libro.

—Yo la oí.

La mujer se sentó junto a ella.

Durante unos momentos no hablaron.

—¿Tenéis miedo? —preguntó Jacinta.

La muchacha miró hacia el corredor de servicio.

—Sí.

La vendedora asintió.

También ella temía acercarse de noche a la ventana.

No a que Leonor le hiciera daño.

Temía volver a escuchar aquella voz y descubrir que no tenía una respuesta mejor que la primera vez.

—Si vuelve a pedir, llevaremos agua —dijo.

Inés sostuvo el libro sobre las rodillas.

—Ya hay una taza.

Jacinta miró el patio.

—Entonces habrá que escuchar qué más quiere.

Don Juan comenzó a recibir a las personas que llamaban a su puerta buscando ayuda.

Al principio lo hizo con torpeza. Preguntaba demasiado, prometía resolver algo y después descubría que no sabía cómo hacerlo.

Aprendió a pedir consejo.

Jacinta le habló de una viuda que necesitaba trabajo. Tomás, de un muchacho que deseaba aprender un oficio. La cocinera llevó a una mujer cuyo hijo llevaba días enfermo.

Don Juan escuchaba.

Algunas tardes se sentaba en el patio sin papeles delante.

Inés lo observaba desde la mesa donde estudiaba.

Nunca llegó a pensar que aquello reparara la muerte de Leonor. El propio don Juan no lo decía.

Pero cuando alguien empezaba a hablar y se detenía por vergüenza, él aguardaba.

No volvía a sus cuentas.

La sentencia de Margarita se conoció meses después.

Las cartas retenidas, el testimonio del médico y las declaraciones de quienes habían escuchado a Leonor dejaron al descubierto el encierro y la privación de alimento y agua. Margarita permaneció en prisión, condenada por lo que había hecho.

Don Juan no asistió a verla.

Recibió un último recado en el que ella le pedía que intercediera.

Lo leyó.

Después lo entregó al hombre que guardaba los documentos del proceso.

—Con los demás —dijo.

No respondió.

A partir de entonces, la casa dejó de recibir noticias suyas.

Inés supo que, algunas noches, Margarita llamaba al guardia porque aseguraba oír una voz junto a la puerta.

Pedía agua.

Nadie pudo decirle a la criada si aquello era cierto o si la historia había nacido entre las personas que deseaban imaginar un castigo más allá de las rejas.

Inés no lo repitió.

Había aprendido cuánto podía cambiar una vida cuando alguien hablaba sin saber.

Manrique regresó al cumplirse un año de la muerte de Leonor.

Llegó con menos prisa que la primera vez.

Eso hizo más difícil el camino.

Cada lugar le recordaba la urgencia con que lo había cruzado, creyendo todavía que al llegar podría hacer algo.

Don Juan lo recibió en el patio.

Se abrazaron sin decir mucho.

El capitán visitó la sepultura y dejó una flor pequeña. Después volvió a la casa, donde Inés le mostró su cuaderno.

Había escrito varias páginas.

Manrique las leyó.

No eran ejercicios.

La muchacha había comenzado a contar lo ocurrido.

La desaparición del retrato.

La cinta verde.

El libro de viajes.

La jarra que buscaron el día del primer encuentro en la reja.

El capitán se detuvo en una línea.

—Recordáis todo.

Inés bajó los ojos.

—Temo olvidarlo.

Él miró de nuevo la página.

—Hay cosas que yo podría añadir.

La criada acercó una silla.

Manrique se sentó junto a ella y habló de la anciana a la que habían ayudado cerca del templo. Inés lo recordaba, pero desconocía la primera impresión que Leonor le había causado.

—Se detuvo antes que yo —dijo—. Vio que la mujer necesitaba ayuda.

Inés tomó la pluma.

No quiso apresurarse.

Esa noche, don Juan le contó lo de la voz.

Manrique permaneció en silencio.

Había oído rumores durante el camino. Hombres que hablaban de una aparición, mujeres que aconsejaban no pasar junto a la casona después del anochecer.

No había querido creerlos.

Ahora escuchaba al padre de Leonor.

—¿La habéis visto? —preguntó.

Don Juan negó con la cabeza.

—Inés la oyó. Otros aseguran haber visto la mano.

El capitán miró hacia el corredor.

—¿Puedo bajar?

El padre se levantó.

—La puerta está abierta.

Manrique descendió llevando una lámpara.

El sótano estaba limpio.

Habían retirado los muebles y reparado una grieta de la pared. La mesa seguía junto a la ventana. Sobre ella descansaban una jarra y una taza.

El capitán dejó la lámpara.

Se acercó a los barrotes.

Afuera, la calle estaba casi vacía.

Recordó a Leonor diciéndole que quería conocer a su hermana. Su risa al escuchar la historia del caballo. La seriedad con que pidió que hablara con su padre.

Apoyó la mano en la piedra.

—He venido.

Su voz sonó demasiado fuerte.

Esperó.

No ocurrió nada.

El agua de la taza permanecía inmóvil.

Una persona pasó por la calle y miró hacia la luz. Manrique se apartó para no asustarla.

Luego tomó asiento junto a la mesa.

Había llevado en el equipaje el libro de viajes.

Lo sacó y buscó una página.

Comenzó a leer en voz baja.

La descripción de un puerto.

El ruido de los mercados.

Las casas próximas al agua.

Se detuvo de vez en cuando para añadir lo que él sabía o señalar una exageración del autor, como habría hecho si ella estuviera allí.

Cuando terminó, cerró el volumen.

—No sé si podéis oírme.

La llama de la lámpara se inclinó.

Manrique miró hacia la ventana.

El aire de la calle había cambiado.

Entonces sintió un roce sobre los nudillos.

Fue breve.

Frío.

Bajó los ojos.

Una mano descansaba sobre la suya.

Pálida, delgada, con una sortija de oro en un dedo.

El capitán no respiró.

Quiso levantar el rostro y pronunciar su nombre, pero temió que cualquier movimiento interrumpiera aquel instante.

Los dedos se cerraron apenas.

Manrique hizo lo mismo.

No supo cuánto tiempo permanecieron así.

Cuando al fin miró hacia el espacio junto a él, no encontró un rostro ni una figura.

La mano ya no estaba.

Tenía la palma vacía sobre la piedra de la ventana.

Don Juan lo encontró cerca de la medianoche.

Manrique seguía sentado.

La lámpara casi se había consumido.

El padre se detuvo al pie de la escalera.

—¿Estáis bien?

El capitán levantó la cabeza.

Tenía lágrimas en el rostro, pero no parecía extraviado.

—La he sentido.

Don Juan se acercó.

No preguntó si estaba seguro.

Miró la mano de Manrique sobre la mesa.

Después colocó la suya junto a ella.

Permanecieron un rato en silencio.

Al subir, el capitán dejó el libro en el sótano.

Los años cambiaron a quienes habían conocido a Leonor.

Don Juan envejeció pronto. Sus viajes fueron cada vez más cortos, y finalmente dejó los negocios en otras manos. Conservó los retratos y las cartas en un pequeño cofre que Inés podía abrir.

Manrique volvió cuando sus obligaciones se lo permitieron. Algunas visitas duraban días; otras, una sola tarde. Siempre iba primero a la sepultura y después a la casa.

Inés dejó de necesitar que Tomás corrigiera cada página.

Su letra se hizo firme.

Escribió cuanto recordaba y pidió a Jacinta, al capitán y a don Juan que le contaran lo que ella no había visto. Cuando había diferencias, las anotaba. No quería llenar los silencios de Leonor con palabras inventadas.

Al terminar, leyó las páginas en voz alta en el salón.

Don Juan escuchó desde su sillón.

Manrique tenía las manos unidas sobre las rodillas.

Jacinta permanecía cerca de la ventana.

Inés llegó al momento de la taza derramada y tuvo que detenerse.

La mujer se acercó.

No le pidió que saltara el pasaje.

Esperó a que pudiera continuar.

El relato comenzó a circular.

Primero entre los vecinos. Después entre personas que llegaban de otras calles, de otros pueblos.

Algunos solo querían conocer el lugar donde aparecía la mano. Preguntaban por la hora, contaban los barrotes y se acercaban en grupos al caer la noche.

Otros escuchaban la historia completa.

Inés procuraba que supieran el nombre de Leonor antes de hablarles de la aparición.

Les contaba que le gustaban los libros.

Que quería ver el mar.

Que había comenzado a enseñar a leer a una criada.

No permitía que toda su vida quedara reducida al sótano.

Cuando alguien decía que había muerto por amor, Inés cerraba el cuaderno.

—La encerraron —respondía—. Eso fue lo que la mató.

Después volvía a abrirlo.

Con el tiempo murieron quienes podían reconocer su voz.

Las habitaciones tuvieron otros habitantes. Las cortinas fueron sustituidas, los muebles se dispersaron y algunos retratos dejaron la casa.

Valladolid cambió de nombre.

Los caminos se ensancharon y las noches recibieron luces que Leonor nunca había conocido.

Pero la reja permaneció.

También permaneció la costumbre de contar que, después de cierta hora, una mano se asomaba pidiendo pan y agua.

A veces el relato olvidaba a Inés.

Otras, a Jacinta.

Había versiones en las que nadie intentó ayudar y otras en las que el capitán llegó antes de que abrieran la puerta.

Los nombres se alteraban.

La súplica no.

Muchos años después, una joven encontró unas hojas dentro de un archivo.

Estaban cosidas con un hilo oscuro. La cubierta tenía una palabra escrita con letras cuidadosas:

Leonor.

La joven empezó a leer por curiosidad.

Siguió por el retrato.

Después por la cinta, el libro y la llave.

Cuando llegó a la primera noche del encierro, dejó de mirar el reloj.

En la última página encontró una nota de Inés:

He escrito lo que sé. Si alguien cuenta esta historia después de mí, le ruego que no olvide que ella llamó mientras estaba viva.

La joven pasó el dedo cerca de la frase, sin tocar la tinta.

Afuera había comenzado a oscurecer.

Guardó las hojas y salió.

La calle tenía luces, voces y pasos que se cruzaban.

La joven caminó hasta la ventana que le habían señalado. Se detuvo frente a la reja.

No había traído una cámara.

Llevaba un pan pequeño y una botella de agua comprados al salir.

Durante unos momentos le dio vergüenza tenerlos en la mano. No sabía qué esperaba encontrar ni qué haría si alguien le preguntaba.

Los dejó sobre la piedra.

—Sé vuestro nombre —dijo.

La calle siguió sonando a su espalda.

Un automóvil pasó.

Dos personas conversaban más lejos.

La joven se quedó.

Dentro, el cuarto estaba oscuro.

No oyó la súplica.

Tampoco vio un rostro.

Se disponía a marcharse cuando apareció una mano entre los barrotes.

Era muy pálida.

Se extendió despacio, con los dedos abiertos.

La joven sintió que el cuerpo le pedía retroceder.

Recordó la última línea de Inés.

Permaneció en su sitio.

Acercó la botella y dejó el pan al alcance de aquella palma.

—Estoy aquí.

La mano no tomó nada.

Continuó abierta.

La joven comprendió que, por más que hubiera leído, todavía no sabía qué necesitaba Leonor de quienes pasaban.

Se acercó un poco más.

Extendió sus propios dedos.

El frío llegó primero.

Después sintió un leve movimiento contra su piel.

Esperó.

Esta vez, alguien se quedó al otro lado de la reja.

Fin.