Capítulo 12 de 15

La chalupa de la última esperanza

Itzel sostuvo al niño contra su pecho hasta que dejó de moverse.

Afuera volvió a quebrarse una rama.

Después escuchó el roce de algo contra la pared de la choza y una voz que llamaba a otro hombre.

La princesa retrocedió hacia la abertura trasera.

Antes de agacharse recogió la bolsa de viaje que Citlali había dejado junto a la estera. Contenía el recipiente tapado del rescoldo y una tela seca para protegerlo. Se pasó la correa por el hombro, lejos del rostro del niño.

Allí había un espacio entre los árboles por el que podía llegar al agua sin atravesar el sendero. Yohual lo había elegido pensando en una emergencia, aunque nunca habían practicado una huida con el niño.

Itzel levantó la manta que cubría la abertura.

El aire olía a tierra húmeda.

Todavía no podía ver a los soldados.

Se arrodilló para salir.

Una luz atravesó la choza desde la entrada principal.

La princesa se quedó inmóvil.

Oyó pasos, una pregunta y luego el sonido de una vasija golpeada con la punta de un arma.

Uno de los hombres entró.

Itzel continuó arrastrándose hacia las raíces.

* * *

El niño había aprendido a reconocer su voz.

Cuando despertaba de noche, Itzel solo necesitaba hablarle cerca del oído para que dejara de buscarla con las manos.

Ahora no podía hacerlo.

Se acomodó la manta sobre el hombro y le ofreció el pecho mientras permanecía agachada detrás de un tronco.

El pequeño comenzó a alimentarse.

Dentro de la choza, el soldado llamó a sus compañeros.

Había encontrado la estera tibia.

Itzel miró hacia el río.

La chalupa estaba a unos pasos, oculta bajo una cubierta de ramas. Yohual la había revisado dos días antes porque planeaban partir después de recoger alimentos.

Casi todas las provisiones seguían dentro.

La princesa sintió un alivio tan breve que parecía dolor.

Después vio una luz moverse entre los árboles del otro lado.

Los hombres estaban rodeando el refugio.

* * *

Esperó hasta que uno de ellos regresó hacia la choza.

Luego avanzó con el niño en brazos.

Sus pies se hundían entre hojas mojadas. Una raíz le hizo perder el equilibrio, pero consiguió apoyarse contra un tronco sin caer.

El pequeño dejó de alimentarse.

Itzel cubrió su rostro para protegerlo del frío.

A poca distancia oyó a un soldado pronunciar una palabra que conocía.

Niño.

Se detuvo.

La voz respondió desde la choza.

También lo estaban buscando a él.

La princesa apretó la mandíbula y siguió hasta la chalupa.

Retiró las ramas una por una.

No podía arriesgarse a que crujieran juntas.

Cuando descubrió el interior, vio el saco de maíz, las mantas limpias y la bolsa donde había guardado sus recuerdos.

Se arrodilló junto al borde.

El niño la miró.

Itzel sintió que no tenía tiempo para despedirse de alguien que todavía no podía comprender su ausencia.

* * *

Aquella noche era el primero de noviembre.

El pequeño cumpliría seis meses al amanecer.

Itzel había llevado la cuenta en una tira de tela, igual que Yohual durante el embarazo. Había querido preparar algo sencillo para el día siguiente: fruta cocida, una manta recién lavada y flores junto a la entrada.

Las flores estaban allí. Crecerían aunque ella no regresara.

La princesa recogió varias con una mano.

Después más.

Las colocó alrededor del espacio que ocuparía el niño.

El cempasúchil desprendió su olor cuando los tallos se rompieron.

Itzel recordó la visión en la vasija de obsidiana.

Una embarcación.

Un niño solo.

Luces que no se apagaban.

Había creído que el agua le mostraba una desgracia que todavía podía evitar.

Ahora tenía aquella imagen delante.

La sostuvo un momento con los ojos.

Después empezó a cambiar lo que sí estaba en sus manos.

* * *

Retiró el saco grande de maíz para despejar el fondo y acomodó allí las mantas. Conservó bajo el asiento una bolsa pequeña de grano tostado y dos tortas envueltas en hojas, preparadas para el viaje. Los alimentos no servirían al niño; sí podían ayudar a quien lo encontrara.

Usó una de ellas para formar un borde que impediría al niño rodar con el movimiento del agua.

La chalupa era más grande de lo que necesitaba. Eso le daba estabilidad, pero también haría más difícil empujarla sin ruido.

Itzel se quitó la manta exterior.

Envolvió al pequeño, dejando libre su rostro.

Él le sujetó un dedo.

La princesa cerró los ojos.

Buscó a Balam en el recuerdo y deseó que su padre pudiera aconsejarla. Quería volver a sentarse ante su hijo, sin hombres armados buscándolos entre los árboles.

No llegó nadie.

Cuando abrió los ojos, el niño seguía aferrado a ella.

Lo colocó sobre las mantas.

* * *

Dentro de la bolsa estaban las dos cuentas de jade, la flauta y las telas anudadas.

Itzel sacó la flauta de Cuauhtli.

La envolvió y la dejó junto al niño.

Después puso una cuenta en el pequeño envoltorio.

Conservó la otra.

El nudo de la boda era demasiado reconocible para alguien que supiera qué buscar. La princesa lo sostuvo contra sus labios y lo escondió debajo de las mantas, cerca de los pies del pequeño.

Si alguien lo encontraba, quizá entendería que había sido amado.

Eso era todo lo que podía decir sin escribir.

Había también dos pequeñas velas, guardadas para cuando necesitaran viajar de noche.

Itzel las colocó dentro de recipientes de barro.

Se obligó a separarlas de la tela y de las flores.

Luego buscó el rescoldo que Citlali conservaba en una vasija cubierta.

El recipiente seguía en la bolsa que había recogido junto a la estera. Lo destapó con cuidado y apartó una tela seca para prenderla con la brasa. Citlali le había enseñado a conservar el fuego durante los cambios de refugio.

Lo protegió con las manos hasta conseguir una llama.

* * *

La primera vela iluminó el rostro del niño.

La segunda mostró el agua negra junto al borde.

Itzel miró hacia los árboles.

Una antorcha se movía cerca.

Oyó un silbido y una respuesta.

Ya no podía subir con él.

Si la veían en la chalupa, la seguirían. Podían detenerla desde la orilla o mandar hombres río abajo.

El niño, oculto entre flores, quizá pasaría por una ofrenda.

La corriente debía llevarlo más allá del recodo mientras ella alejaba a los soldados. Itzel no sabía quién vivía río abajo ni si alguien alcanzaría a verlo. Su única certeza era que los hombres buscaban a una mujer con un niño: si subía con él, ambos quedarían dentro de la misma persecución.

Quizá nadie lo vería.

La princesa se inclinó.

Besó su frente y sus manos.

—Vive —susurró.

El pequeño hizo un sonido suave.

Itzel apoyó la frente contra la suya.

—No debes volver por mí.

Luego levantó la cabeza.

Desató la cuerda.

* * *

Tuvo que empujar dos veces.

La chalupa estaba apoyada sobre barro y se resistió al primer movimiento.

Itzel entró en el agua hasta las rodillas.

El frío le hizo contener la respiración.

Puso ambas manos sobre la madera y empujó de nuevo.

La embarcación se separó de la orilla.

Quedó girando lentamente junto a la orilla.

La princesa quiso alcanzarla.

Su cuerpo avanzó antes que su decisión.

Se detuvo con el agua a los muslos.

Dentro, una de las velas inclinó la llama.

El niño movió un brazo.

Entonces la corriente tomó la chalupa y la llevó hacia la sombra de los árboles.

Itzel permaneció allí hasta que las luces se volvieron dos puntos pequeños.

Una voz gritó detrás de ella.

La princesa se volvió.

* * *

El soldado levantó la antorcha.

Vio su ropa mojada y el agua removida.

Preguntó algo.

Itzel retrocedió hacia tierra firme.

Otro hombre apareció entre los troncos.

La reconoció.

La princesa comprendió que, si la registraban allí mismo, verían la cuenta de jade y quizá mirarían río abajo.

Se llevó una mano al vientre.

Respiró con dificultad, exagerando el temblor que ya no podía controlar.

Los soldados se acercaron.

Uno la sujetó del brazo.

Itzel volvió hacia la choza por iniciativa propia.

Quería alejarlos del agua.

Había dado apenas unos pasos cuando el hombre preguntó por el niño.

La princesa lo miró.

—Murió.

Él no comprendió.

Itzel repitió la palabra en una de las lenguas que había escuchado usar a los intérpretes del palacio.

El hombre llamó al guía que acompañaba al grupo.

Un indígena apareció desde el sendero.

Miró a la princesa y bajó los ojos.

Le pidieron que tradujera.

Itzel sostuvo su mirada.

—Diles que murió hace días.

* * *

El guía transmitió las palabras.

Uno de los soldados negó con la cabeza.

Había encontrado mantas pequeñas, una vasija y señales de que alguien cuidaba a un niño.

Exigió saber dónde estaba enterrado.

Itzel miró hacia la ladera.

Señaló un lugar lejos del río.

Los hombres discutieron.

Uno quería ir a buscarlo de inmediato. Otro señaló la oscuridad y la dificultad de excavar entre las raíces.

El jefe del grupo ordenó registrar la choza.

Mientras los demás se alejaban, sujetó a Itzel por el cabello para obligarla a levantar el rostro.

Habló despacio.

El guía tradujo con la voz rota:

—Dice que tu esposo no quiere que regreses.

La princesa cerró la mano alrededor de la cuenta.

A lo lejos había comenzado a soplar viento.

Pensó en las velas.

No pidió por sí misma.

Pidió que siguieran encendidas.

* * *

Citlali escuchó el grito cuando regresaba con Yohual.

El anciano la sujetó antes de que corriera hacia la choza.

Entre los árboles se veían antorchas.

Había demasiadas.

Se agacharon detrás de unas piedras.

Citlali intentó soltarse.

Yohual le cubrió la boca con una mano.

No por dureza.

Para impedir que su nombre se sumara a los que buscaban.

Cuando la voz de Itzel se apagó, la acompañante dejó de forcejear.

El anciano retiró la mano.

Ambos permanecieron allí.

Después oyeron a los soldados discutir por el niño.

Yohual miró hacia el río.

No había ninguna luz cerca de la orilla.

* * *

Los hombres buscaron hasta después de medianoche.

Revisaron mantas, ramas y agujeros de la ladera.

No encontraron un cuerpo pequeño.

El jefe del grupo empezó a maldecir.

Había recibido una orden precisa y conocía las consecuencias de volver sin cumplirla.

Uno de los soldados recordó el ciervo que habían cazado durante el camino. Permanecía entre las provisiones, cerca de los hombres que cuidaban los animales.

La propuesta fue pronunciada en voz baja. Usarían un resto del animal como si fuera una prueba de la muerte del niño. El guía escuchó y se apartó; el jefe le advirtió que no volvería a su pueblo si contradecía el informe.

Más tarde envolvieron la falsa prueba en una de las telas pequeñas de la choza. El jefe cerró el bulto y declaró ante sus hombres lo que todos tendrían que repetir: habían encontrado al niño muerto y enterrado el cuerpo porque ya no podía trasladarse.

Al regresar, entregó el envoltorio y las prendas a Cortés. Era un oficial que llevaba años a su servicio; sostuvo el relato y respondió por él delante del intérprete. Cortés mandó guardar la prueba sin abrirla. Había esperado tanto una noticia que pusiera fin a la búsqueda que aceptó el testimonio de aquel hombre como confirmación. Preguntó por el lugar del entierro, pero no envió una segunda comitiva a comprobarlo.

La mentira quedó asentada en el registro. Desde entonces, ninguno de los soldados podía desmentirla sin acusarse también.

* * *

Yohual y Citlali salieron de su escondite cuando ya no se oían pasos.

Encontraron a Itzel cerca de la choza.

Citlali se arrodilló junto a ella.

La princesa tenía una mano cerrada.

Le tocó el cuello y acercó la mejilla a su boca. No encontró respiración. La llamó una vez, con una voz que apenas pudo oír Yohual, y comprendió que ya no conseguiría despertarla.

Dentro estaba la cuenta de jade.

El anciano la cubrió con una manta.

Después fue hasta la orilla.

Vio las ramas retiradas, las marcas en el barro y los tallos cortados.

La chalupa había desaparecido.

Yohual levantó la mirada hacia la corriente.

—Lo envió —murmuró.

Citlali llegó a su lado.

El cielo empezaba a aclararse.

Era la madrugada del dos de noviembre.

Río abajo, dos pequeñas llamas avanzaban entre flores amarillas.