Capítulo 11 de 15

El hijo que llegó antes del tiempo

La primera casa no tenía puerta.

Yohual había colgado una manta sobre la entrada y cubierto el techo con ramas nuevas para impedir que la lluvia alcanzara el interior. Desde el canal parecía un almacén abandonado entre parcelas sin cultivar.

Llegaron antes de que el sol calentara el agua.

Citlali bajó los sacos mientras el anciano ayudaba a Itzel.

La princesa había dormido poco. El movimiento de la canoa le revolvía el estómago y sentía las piernas débiles.

Dentro había una estera, una vasija de agua y un pequeño recipiente con maíz cocido.

Itzel se sentó.

Hasta entonces había pensado solamente en salir del palacio.

Ahora miró la manta que los ocultaba del exterior y comprendió que escapar no era llegar a salvo.

—¿Cuánto tiempo permaneceremos aquí?

Yohual dejó la bolsa de hierbas junto a la pared.

—Hasta que sepamos por dónde están buscando.

Citlali encendió un fuego muy pequeño.

Ninguno habló de lo que ocurriría si los encontraban.

* * *

Los soldados revisaron primero las casas próximas al palacio.

Interrogaron a sirvientes, cargadores y lavanderas. Buscaron una embarcación robada, una mujer vestida con prendas finas, un anciano acompañado por dos mujeres.

Cortés exigía noticias cada día.

Uno de sus hombres le llevó el nombre de Yohual.

El extranjero lo recordó.

Era el curandero que había examinado su cuerpo y respondido con demasiada cautela cuando le preguntó por la posibilidad de tener descendencia.

Mandó registrar su casa.

Encontraron recipientes, mantas y plantas secas.

También una pared donde el humo había dejado marcas oscuras.

El hombre encargado de la búsqueda afirmó que allí se realizaban prácticas peligrosas.

Cortés escuchó sin interrumpir.

Después ordenó detener a quienes hubieran recibido al anciano en los últimos días.

No conocía todavía la razón exacta de la fuga.

Pero Itzel había escapado con alguien que sabía demasiado sobre él.

* * *

Yohual salió de la casa al tercer amanecer.

Regresó al anochecer con la ropa mojada.

—Debemos seguir.

Citlali levantó la cabeza.

—¿Los viste?

—Encontraron a la mujer que traía las hierbas.

Itzel dejó la vasija que sostenía.

—¿Qué le hicieron?

El anciano se sentó antes de responder.

—La retienen.

La princesa miró hacia la entrada.

Recordó sus manos acomodando plantas mientras transmitía los mensajes. Aquella mujer había ayudado sin pedir nada.

—Podemos…

No terminó.

Volver significaba entregar también al niño.

Yohual parecía comprender la frase que había quedado en su boca.

—Si permanecemos aquí, su silencio no habrá servido.

Itzel cerró los ojos.

Esa noche abandonaron la casa.

* * *

Durante semanas cambiaron de refugio.

Dormían bajo techos prestados, entre raíces o dentro de construcciones donde habían guardado cosechas. Viajaban cuando había poca luz y evitaban encender fuego cerca de los caminos.

Itzel aprendió a caminar sin que las cuentas de jade sonaran dentro de la bolsa.

Citlali le enseñó a envolverlas en tela.

Aprendió también a distinguir cuándo el agua era demasiado visible desde una ladera y cuándo un sendero recién marcado podía delatarlos.

Una tarde escucharon voces mientras cruzaban un terreno de cultivo.

Yohual les indicó que se acostaran entre las plantas.

Itzel sintió la tierra húmeda contra la mejilla.

Los hombres pasaron cerca.

Uno se quejaba del calor. Otro preguntaba cuánto podía alejarse una mujer acostumbrada a vivir entre sirvientes.

La princesa permaneció inmóvil.

Citlali le sostuvo la mano hasta que dejaron de oírlos.

Después siguieron andando.

* * *

El último refugio estaba junto a un brazo estrecho del río.

Había una choza pequeña, árboles que ocultaban el humo y un sendero de piedras que terminaba antes de alcanzar el agua.

Yohual había conocido al hombre que la construyó. Su familia se marchó cuando comenzaron a llegar extranjeros a los pueblos cercanos.

No había vecinos inmediatos.

Eso les daba protección y los dejaba sin ayuda.

Citlali limpió el suelo.

Itzel recogió ramas secas.

Al levantar una carga demasiado grande, sintió un dolor breve bajo el vientre.

Se detuvo.

Yohual la observó desde la entrada.

—Déjalas.

Ella obedeció.

Su cuerpo había comenzado a cambiar más rápido de lo que esperaban.

Al principio intentó convencerse de que las ropas sencillas hacían más visible el embarazo. Después vio a Citlali y al anciano intercambiar miradas.

Una noche les preguntó directamente:

—¿Algo está mal?

Yohual se arrodilló frente a ella.

—No lo sé todavía.

Itzel agradeció que no mintiera.

Pero aquella respuesta le quitó el sueño.

* * *

El anciano llevó la cuenta de los días sobre una tira de tela.

Habían pasado poco más de cinco meses desde la noche del río cuando el movimiento del niño comenzó a sentirse con fuerza.

Itzel podía apoyar una mano y percibir cómo cambiaba de posición.

Una tarde llamó a Citlali.

Su acompañante colocó la palma sobre el vientre.

El niño se movió.

Citlali soltó una risa sorprendida.

Después se llevó la mano a la boca.

Hacía tiempo que ninguna de las dos había reído de aquel modo.

Itzel miró el techo de ramas.

—Está aquí.

Hasta entonces lo había imaginado como una promesa, una vida que debía proteger sin poder verla. Aquel movimiento lo volvió alguien.

Yohual entró poco después y encontró a ambas sonriendo.

La princesa le hizo una señal.

Él se acercó.

Cuando sintió al niño, miró hacia el río.

Itzel advirtió su expresión.

—Dime lo que piensas.

El anciano retiró la mano.

—La noche que viviste no siguió la cuenta del mundo de los vivos. Quizá tu hijo tampoco la siga.

* * *

Las primeras contracciones llegaron la noche del primero de mayo.

Itzel estaba acomodando el nudo de su boda dentro de la bolsa cuando sintió un dolor que le rodeó la espalda.

Se quedó quieta.

Esperó a que pasara.

Cuando regresó, llamó a Citlali.

Su acompañante miró a Yohual.

El anciano consultó la tira de tela.

Faltaban apenas unas horas para cumplirse seis meses desde la noche en que Itzel había encontrado a Balam.

—Es demasiado pronto —murmuró Citlali.

La princesa escuchó.

Yohual dejó la cuenta a un lado.

—Prepararemos agua.

No había otra mujer a la que pudieran acudir sin abandonar el refugio. Citlali conocía lo que había visto hacer a las parteras del palacio; Yohual había asistido nacimientos durante años.

Ambos comenzaron a moverse.

Itzel se sostuvo del borde de la estera.

Afuera corría el río.

* * *

El parto avanzó durante la madrugada.

Hubo momentos en que Itzel pidió que apagaran la lámpara porque la luz le lastimaba los ojos. Después quiso verla de nuevo para saber dónde estaban las manos de Citlali.

Su acompañante permaneció detrás de ella, sosteniéndole los hombros.

Yohual hablaba con calma.

Le indicaba cuándo descansar y cuándo hacer fuerza.

La princesa buscó las cuentas.

Citlali puso una en su palma.

Itzel la apretó.

Pensó en Balam.

No como un guerrero cayendo en el patio, sino sentado junto a las velas, escuchándola.

El recuerdo le permitió atravesar otro dolor.

Poco antes del amanecer se escuchó el llanto.

Citlali comenzó a llorar también.

Yohual recibió al niño y lo envolvió en una manta limpia.

Itzel extendió los brazos.

—Dámelo.

El anciano se acercó.

La princesa lo sostuvo contra el pecho.

Tenía la piel tibia y los dedos cerrados.

Había nacido al cumplirse seis meses de aquella noche, pero su cuerpo tenía la firmeza de un niño que hubiera esperado todo el tiempo necesario.

Yohual lo examinó largamente.

Después cubrió sus pies.

No encontró palabras para explicar lo que veía.

* * *

Itzel se quedó dormida cuando salió el sol.

Al despertar, el niño descansaba junto a ella.

Lo observó durante mucho rato.

Buscó en su rostro algo de Balam y tuvo que admitir que todavía no sabía distinguirlo.

Eso no la decepcionó.

Le gustó que tuviera un rostro propio.

Citlali se sentó cerca.

—Tendrá que llamarse de alguna manera.

Itzel acarició la mejilla del niño con un dedo.

—Todavía no.

Su acompañante esperó.

—Cuando encuentre una casa donde nadie tenga que esconderlo, elegiré su nombre.

Citlali miró hacia la manta de la entrada.

No insistió.

Durante los días siguientes lo llamaron simplemente pequeño.

Yohual decía hijo del río cuando creía que nadie escuchaba.

* * *

La noticia del embarazo llegó a Cortés después del nacimiento.

Un cargador detenido en un camino contó que meses antes había visto a una mujer noble viajando con un curandero. No pudo decir dónde estaba ahora.

Sí recordó que caminaba con una mano sobre el vientre.

Cortés hizo repetir esa parte.

El intérprete obedeció.

El extranjero permaneció sentado, inmóvil.

Después pidió saber cuándo había ocurrido.

Los hombres hablaron de lunas, cosechas y lluvias. Consiguieron establecer una fecha aproximada.

Cortés se levantó.

Mandó llamar al jefe de los soldados encargados de buscarla.

Esta vez no habló de llevarla de regreso.

La orden incluyó al niño.

* * *

El pequeño creció entre rumores que su madre no podía escuchar.

Mientras Cortés enviaba hombres por los caminos, Itzel aprendía a reconocer su hambre, a calmar su llanto y a dormir con cualquier ruido leve.

Citlali lavaba las mantas en un sitio oculto por piedras.

Yohual salía para conseguir alimentos y saber cuánto se habían acercado los soldados.

Con el paso de los meses, la búsqueda pareció alejarse.

Eso no los hizo descuidados.

Pero permitió que Itzel se sentara algunas tardes frente a la choza con el niño en brazos.

Le hablaba de su abuelo, de Cuauhtli y de la flauta que algún día le enseñaría a tocar.

De Balam le contaba cosas pequeñas.

Cómo escuchaba.

Cómo sonreía apenas antes de reír.

Nunca comenzó por su muerte.

Durante los últimos días de octubre, Yohual decidió buscar una nueva ruta. Partió la mañana del primero de noviembre.

Había sabido de dos hombres que preguntaban por una mujer con un niño cerca de los pueblos del norte.

—Regresaré mañana —prometió.

Citlali lo acompañaría parte del camino para recoger alimentos.

Itzel permaneció en la choza.

Su hijo estaba a punto de cumplir seis meses.

Aquella tarde vio florecer el cempasúchil junto al agua y pensó en la noche que se acercaba.

Por primera vez deseó ir al río solo para mostrarle a Balam el rostro del niño.

Al anochecer escuchó quebrarse una rama.

No era el paso pausado de Yohual.

Después oyó una voz extranjera.

Itzel apagó la lámpara.

El pequeño se movió entre sus brazos.

Afuera, alguien dijo que había visto humo.

La princesa miró hacia la abertura trasera de la choza, donde una chalupa descansaba bajo las ramas.

Entonces comprendió para qué había regresado aquel olor de flores.