Capítulo 10 de 15

Lo que el río dejó en ella

Citlali encontró la chalupa antes de ver a la princesa.

Estaba junto al embarcadero, entre flores marchitas y recipientes de barro. Itzel intentaba asegurar la cuerda, pero tenía las manos entumecidas.

Su acompañante bajó los escalones.

—Pensé que no volverías.

La princesa levantó el rostro.

Citlali la abrazó sin esperar respuesta.

El vestido blanco estaba húmedo en el borde. Había pétalos enredados en la trenza y una marca rojiza en el cuello, donde el cordón de jade había rozado su piel.

—Tenemos que entrar —murmuró Citlali—. Pronto cambiarán la guardia.

Itzel miró hacia el río.

Después recogió la manta.

Dentro había guardado las telas anudadas.

* * *

El regreso fue más difícil que la salida.

Un sirviente las vio cruzar el patio de las cocinas y abrió la boca para saludarlas. Citlali le hizo una señal urgente.

El hombre miró la ropa de la princesa.

Luego se apartó.

Cerca del corredor oriental encontraron a un soldado que llevaba una jarra vacía.

Se detuvo.

Itzel mantuvo la cabeza baja mientras Citlali pronunciaba las palabras que habían usado la noche anterior: padre, flores, ofrenda.

El hombre señaló el patio.

Quería saber de dónde venían.

Citlali respondió con un gesto hacia los canales.

El soldado pareció recordar algo. Miró los pétalos adheridos a la manta y se llevó una mano a la nariz.

Finalmente las dejó pasar.

En cuanto entraron en la habitación, Citlali cerró la puerta.

Itzel se sentó sobre la estera.

La luz del amanecer empezaba a tocar la pared.

—Los vi —dijo.

Su acompañante se arrodilló enfrente.

La princesa sacó el nudo.

No necesitó decir nada más.

* * *

Durante los días siguientes, Itzel tuvo miedo de perder el recuerdo.

Al despertar buscaba el lugar donde había escondido las telas. Las tocaba antes de vestirse, comprobando que seguían allí.

Recordaba la voz de su padre pidiéndole una respuesta que por fin le pertenecía. La tristeza de Cuauhtli. Las manos de Balam retirando los adornos de su cabello.

Había momentos en que la memoria le daba fuerzas.

En otros, hacía más dolorosa la habitación donde seguía cautiva.

Cortés no supo de la salida.

La llamó al mediodía del segundo de noviembre para traducir un informe sobre cargadores. Itzel acudió con el cabello recogido y una prenda sencilla.

Mientras repetía las exigencias, sintió el olor del cempasúchil en su propia piel.

Nadie pareció advertirlo.

Aquella noche lavó cuidadosamente el vestido blanco.

Citlali la ayudó a tenderlo dentro de la habitación, lejos de las ventanas.

* * *

Las semanas pasaron.

Itzel volvió a comer, aunque algunos alimentos le resultaban insoportables. El olor del pescado cocido le revolvía el estómago. Una mañana tuvo que salir de una reunión porque el humo de una lámpara le produjo náuseas.

Cortés la observó marcharse.

El intérprete fue tras ella.

—Pregunta si estás enferma.

La princesa se apoyó contra el muro.

—El calor.

El hombre miró el cielo nublado.

No la contradijo.

Cuando regresó a su habitación, Citlali le llevó agua.

Itzel bebió un poco.

Después miró sus manos.

—Hay algo extraño.

Su acompañante esperó.

La princesa intentó ordenar los cambios que había notado en su cuerpo.

Había perdido a su padre, visto morir a los capitanes y pasado una noche en un lugar que no debía existir. Durante aquel tiempo había dejado de prestar atención a su propio cuerpo.

Ahora hizo la cuenta.

Se quedó inmóvil.

Citlali comprendió antes de que hablara.

—¿Desde cuándo?

Itzel volvió a contar.

La respuesta la hizo llevarse una mano al vientre.

* * *

Yohual llegó dos días después.

Traía raíces, hojas y una bolsa de semillas. Los guardias ya estaban acostumbrados a verlo acudir por el malestar de la princesa.

Uno le preguntó si podía preparar algo para dormir.

El anciano prometió volver con una mezcla sencilla.

Dentro de la habitación, Citlali cerró la puerta.

Itzel estaba sentada junto al cofre.

Le explicó los síntomas y la ausencia de su sangrado.

Yohual preguntó cuánto tiempo había pasado, qué había comido y si sentía dolor. Después le tomó las manos.

No sonrió.

La princesa sintió miedo.

—¿Estoy enferma?

El anciano negó lentamente.

—Creo que llevas una vida dentro.

Citlali se sentó.

Itzel miró su vientre, todavía igual que antes.

—¿De Balam?

Yohual miró el pétalo seco que ella conservaba junto al cofre.

Después sacó el recipiente de obsidiana.

Vertió agua y dejó caer un pétalo seco que la princesa había conservado de aquella noche.

La superficie se oscureció.

Itzel vio una mano pequeña cerrarse alrededor de un dedo.

Luego una sombra semejante a un jaguar pasó bajo el agua.

Yohual retiró el recipiente.

Tenía los ojos húmedos.

—El río te permitió algo más que despedirte.

La princesa empezó a llorar.

* * *

La alegría llegó despacio.

Primero sintió incredulidad.

Después recordó a Balam diciéndole que las dos cuentas debían quedarse con ella.

Se había marchado al amanecer.

Pero algo suyo permanecía.

Itzel apoyó ambas manos sobre el vientre y sonrió entre las lágrimas.

Citlali se acercó para abrazarla.

Yohual esperó hasta que pudieron mirarlo.

—No debes contarlo aquí.

La princesa dejó de sonreír.

—Lo sé.

—Necesitas salir antes de que tu cuerpo lo anuncie.

Itzel miró hacia la puerta.

Hasta entonces había imaginado que escaparía cuando surgiera una oportunidad. Que quizá alguien reuniría fuerzas suficientes para enfrentar a Cortés.

Ahora había un plazo que no podían detener.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Menos del que parece.

* * *

El anciano pidió quedarse a solas con ella.

Citlali salió al patio para vigilar.

Yohual acercó su asiento.

—Hay algo que tu esposo teme desde antes de llegar a esta tierra.

Itzel lo observó.

—¿Qué?

—No poder dejar descendencia.

La princesa recordó las conversaciones que había traducido. Cortés hablaba de posesiones, alianzas, tierras que deseaba conservar. Nunca le había preguntado si quería tener hijos.

—¿Cómo lo sabes?

Yohual respiró despacio.

—Mandó buscarme después de tu boda. Quería una preparación que otros hombres no habían logrado darle.

Itzel apretó la tela sobre sus rodillas.

—¿Le dijiste que no podías?

—Escuché lo que contó. Ningún examen de mis manos podía darme esa certeza; la encontré al consultar el agua. En él vi cerrado ese camino.

La princesa permaneció inmóvil.

Yohual sostuvo su mirada.

—No puede engendrar. Lo sabe, aunque no soporta que se lo digan.

Itzel sintió que la alegría se convertía en una cosa frágil que debía cubrir con las manos.

—Entonces sabrá que este niño no es suyo.

—Y buscará a quién castigar.

Yohual abrió su bolsa.

Sacó un pequeño rollo de tela donde había trazado caminos, cerros y corrientes de agua.

—Hay familias escondidas más allá de las tierras que sus hombres recorren. Viven entre laderas y cultivan donde el humo no puede verse desde el camino.

Itzel se inclinó.

—¿Pueden recibirnos?

—No te llevaré directamente hasta ellas. Si nos siguen, debemos poder apartarnos sin ponerlas en peligro.

La princesa recorrió una línea con el dedo.

—¿Citlali vendrá?

—Si ella lo desea.

—No la dejaré para que respondan contra ella.

Yohual asintió.

Después tocó el dibujo del río.

—Tu hijo necesitará aprender que su vida no comenzó con una orden de guerra.

Itzel levantó la mirada.

El anciano pareció escuchar algo lejano.

—Hay quienes querrán verlo como heredero de tu padre. Hablarán de lo que debe recuperar.

La princesa acarició su vientre.

—Todavía no ha nacido.

—Por eso debes proteger también ese tiempo.

* * *

Prepararon la huida con cosas pequeñas.

La mujer que había advertido a Itzel sobre su padre encontró a Citlali junto a las cocinas. No preguntó por los cofres abiertos ni por las prendas que faltaban. Le dijo que al anochecer recibirían emisarios del norte y que los intérpretes permanecerían ocupados en la sala de Cortés.

—No podré volver mañana —añadió—. Me envían con una comitiva fuera de la ciudad.

Citlali le dio las gracias. La mujer siguió caminando antes de que un guardia pudiera verlas juntas. Itzel recordaría aquella advertencia sin saber si había sido una ayuda deliberada; tampoco volvería a verla.

Citlali pidió llevar las prendas manchadas a las lavanderas. Escondió dentro dos mantas limpias y un saco de maíz.

Yohual consiguió una casa vacía junto a los canales de cultivo, donde podrían pasar la primera noche.

Itzel dejó de usar los adornos más valiosos. No quería que alguien recordara haberla visto partir con ellos.

Guardó solamente las cuentas de su madre, la flauta de Cuauhtli y las dos prendas anudadas de la ceremonia: su manta fina y el manto de Balam. El vestido blanco quedó en el cofre. Lo había llevado aquella noche, pero no formaba parte del nudo que deseaba conservar.

Los recuerdos podían envolverse en un bulto pequeño. No llevaría joyas ni ropa que hicieran más difícil el viaje.

Una tarde Cortés la encontró ordenando prendas.

Preguntó por qué había separado el vestido blanco.

Itzel sintió el corazón contra las costillas.

—Se dañó con el agua —respondió.

El intérprete transmitió la frase.

Cortés levantó un borde.

Había una mancha tenue cerca del bordado.

Lo soltó con indiferencia.

Antes de marcharse, preguntó si seguía enferma.

La princesa negó.

Aquella mentira le costó menos que las palabras que había tenido que pronunciar para él.

* * *

La noche elegida, Citlali no apagó todas las luces.

Dejó una lámpara cerca del lecho y acomodó mantas para que desde la puerta pareciera haber alguien acostado.

Yohual había entrado al palacio al anochecer. Un sirviente lo acompañó por un corredor y después regresó solo.

El anciano las esperaba cerca de las cocinas.

Itzel se envolvió en una manta de algodón áspero.

Llevaba la pequeña bolsa contra el pecho.

Antes de salir, miró la habitación.

Había llegado allí siendo hija del gobernante.

Ahora se marchaba como una mujer que necesitaba salvar a su hijo.

No se despidió de las paredes.

* * *

El paso hacia el canal estaba casi vacío.

Un guardia mexica permanecía junto a la escalera.

Vio a Itzel y bajó la cabeza.

La princesa lo reconoció: había servido cerca de las habitaciones de su padre.

—No puedo acompañarte —murmuró.

—No te lo pediré.

El hombre se apartó.

En el agua esperaba una canoa cubierta de cargas.

Citlali subió primero.

Yohual ayudó a Itzel a sentarse entre los sacos y extendió una manta sobre sus piernas.

Cuando se alejaron, la princesa buscó al guardia.

Seguía en la escalera.

No levantó una mano.

Ella comprendió que aquel hombre tendría que regresar a su puesto como si nada hubiera ocurrido.

La embarcación avanzó sin luces.

Itzel sostuvo la bolsa de las cuentas y apoyó la otra mano sobre el vientre.

Por primera vez, no esperaba que el río la llevara hacia los muertos.

Necesitaba que los condujera a una vida.

* * *

Al amanecer, un soldado entró en la habitación y encontró las mantas vacías.

Citlali también había desaparecido.

Cortés acudió antes de que terminaran de revisar los cofres.

Sobre el suelo habían quedado unas hojas que Yohual utilizaba para aliviar las náuseas.

El extranjero las recogió.

Después miró el vestido blanco.

El soldado esperó una explicación que Cortés no le dio.

Cortés llamó al intérprete y dio una orden.

Antes del mediodía, varios grupos de soldados salieron hacia los canales.

En la canoa, lejos del palacio, Itzel dormía con una mano cerrada sobre las dos cuentas de jade.