Capítulo 9 de 15

La boda entre las flores

Itzel temió que desaparecieran si daba un paso.

Su padre todavía le sostenía una mano. Cuauhtli se había detenido cerca de la chalupa, mirando las luces que temblaban dentro de los recipientes de barro.

Balam permanecía más lejos.

No había heridas en su cuerpo.

La princesa recordó la sangre sobre su hombro y el esfuerzo con que había intentado levantarse después del disparo. Ahora tenía el rostro sereno, aunque sus ojos parecían esperar una noticia difícil.

—Pensé que no volvería a verlos —dijo ella.

Cuauhtli sonrió.

—Nosotros tampoco sabíamos que vendrías.

Itzel soltó la mano de su padre y se acercó al capitán águila.

Lo abrazó.

Él tardó un instante en rodearla con los brazos, como si también necesitara aprender de nuevo aquel gesto.

—Lo siento —murmuró ella.

Cuauhtli apartó ligeramente el rostro.

—¿Qué sientes?

—Que fueran por mí.

El capitán la observó con gravedad.

—Fuimos porque lo elegimos.

Itzel miró hacia Balam.

Él asintió.

Ninguno llevaba armas.

Aquella ausencia la conmovió casi tanto como sus rostros. Nunca los había visto reunidos sin que algo en sus cuerpos recordara la guerra: un escudo cerca, una hoja al costado, una herida reciente.

Allí solo estaban ellos.

* * *

Acolmiztli se sentó sobre una piedra baja.

Itzel permaneció enfrente, todavía aferrada a la mano de Cuauhtli.

—Debí escucharte —dijo su padre.

La princesa sintió que volvía a ser la niña que buscaba su aprobación incluso después de haber sido reprendida.

Quiso decirle que no importaba.

No pudo.

Acolmiztli comprendió su silencio.

—No te pediré que olvides lo que hice.

Itzel miró el suelo cubierto de flores.

—Te dije que podía exigir más.

—Lo sé.

—Me entregaste sin preguntarme.

Su padre inclinó la cabeza.

La princesa respiró con dificultad.

Había llevado aquella rabia durante semanas. La muerte de Acolmiztli no la había borrado; solo le había quitado a quien debía escucharla.

—Y aun así fui a buscarte —añadió.

El gobernante levantó los ojos.

Itzel se arrodilló delante de él.

—No sabía cómo dejar de ser tu hija.

Acolmiztli le acarició la mejilla.

La piel de su mano estaba tibia.

—No tienes que dejar de serlo para decirme que te hice daño.

Ella cerró los ojos.

Itzel sostuvo la mano de su padre sobre la mejilla hasta que pudo volver a mirarlo.

El agua corría cerca, aunque ninguno podía distinguir de dónde venía.

* * *

Cuauhtli fue hasta la embarcación.

Sacó los recipientes con las velas y los colocó alrededor de un espacio protegido por árboles.

Balam lo ayudó.

Itzel los observó trabajar juntos. Recordó las miradas tensas en el patio del palacio, la forma en que ambos esperaban sus palabras como si cada conversación pudiera conceder una ventaja.

Ahora Cuauhtli le entregaba una luz a Balam y este se agachaba para afirmarla entre dos piedras.

La princesa sintió miedo de lo que debía decir.

Su padre lo advirtió.

—Ellos ya hicieron un acuerdo —le explicó.

Itzel levantó la mirada.

—Lo sabemos —dijo Cuauhtli, volviéndose hacia ella—. Viniste a elegir.

La princesa apretó los dedos sobre la tela de su vestido.

—No quiero herirte.

El capitán águila se acercó.

—Puedes hablarme con verdad.

Itzel miró a Balam.

Él permaneció donde estaba.

No se adelantó ni intentó ayudarla a pronunciar su nombre.

La princesa volvió hacia Cuauhtli.

—Te quiero. Recuerdo la flauta, las cosas que escuchaste y cómo intentaste comprenderme cuando te dije que tenías que preguntar.

Cuauhtli respiró despacio.

—Pero amas a Balam.

Itzel asintió.

La frase, dicha por otra voz, le produjo alivio y dolor.

—Sí.

Cuauhtli bajó los ojos un instante.

Cuando volvió a mirarla, tenía una tristeza que no intentaba ocultar.

—Entonces hemos cumplido nuestro pacto.

La princesa le tomó ambas manos.

Él las sostuvo hasta que ella pudo dejar de temblar.

* * *

Balam se acercó cuando Cuauhtli se apartó.

Itzel quiso decir muchas cosas: que lo había buscado en cada ruido del palacio, que recordaba su mano soltándose, que durante días había despertado intentando llegar hasta el lugar donde cayó.

Solo consiguió pronunciar:

—Te amo.

Balam le tocó el rostro.

—Debí decírtelo antes.

Ella negó con la cabeza.

—Yo también podía haberlo dicho.

El capitán apoyó la frente contra la suya.

Aquella vez nadie corría por los corredores.

No hubo un grito que los separara.

Itzel levantó las manos hasta sus hombros y lo besó.

Al principio fue un contacto cauteloso. La princesa todavía temía encontrar frío o vacío donde esperaba una boca.

Encontró a Balam.

Él la abrazó con una fuerza que conocía y había extrañado sin haberla tenido nunca de aquel modo.

Cuando se apartaron, Itzel seguía llorando.

Balam le secó una lágrima con el pulgar.

—Estás aquí.

Ella miró las velas.

—Solo hasta que amanezca.

El capitán no respondió.

La abrazó de nuevo.

* * *

Acolmiztli se levantó despacio.

Había observado el encuentro sin interrumpirlo.

—Si todavía lo deseas —dijo a su hija—, puedo acompañarte esta noche sin decidir por ti.

Itzel comprendió lo que ofrecía.

Miró a Balam.

—Vine vestida para casarme.

El capitán contempló los bordados de su vestido. Pareció verlos por primera vez.

—¿Conmigo?

Ella sonrió entre las lágrimas.

—Contigo.

Balam le sostuvo las manos.

—Quiero hacerlo.

Cuauhtli recogió la manta fina que descansaba en la chalupa.

La extendió cerca de las luces.

Acolmiztli pidió a ambos que se colocaran enfrente.

No había sacerdotes ni una casa que recibir, tampoco bienes que acordar. La ceremonia se hizo con las cosas que habían conseguido llevar hasta aquella orilla.

Itzel sacó las dos cuentas de jade.

Entregó una a Balam y conservó la otra.

Su padre miró las pequeñas piedras.

—Pertenecieron a tu madre.

—Quería que estuviera con nosotros.

Acolmiztli cerró los ojos brevemente.

Cuauhtli tomó un extremo de la manta de Itzel. Su padre sostuvo el del manto de Balam.

Antes de unirlos, Acolmiztli preguntó:

—¿Es tu voluntad?

La princesa sostuvo su mirada.

—Sí.

El gobernante hizo la misma pregunta al guerrero.

Balam respondió sin vacilar.

Entonces ataron las telas.

* * *

Cuauhtli se agachó para asegurar el nudo.

Al levantarse, puso una mano sobre el hombro de Balam.

—No vuelvas a responder por ella.

El capitán jaguar sonrió apenas.

—Lo recordaré.

—Y tú —añadió Cuauhtli, mirando a Itzel— no esperes a que alguien adivine lo que quieres decir.

La princesa rio por primera vez desde la batalla.

El sonido sorprendió a los cuatro.

Después Acolmiztli tomó las manos unidas de su hija y Balam.

—Que el tiempo que tengan les pertenezca.

No prometió años.

No habló de un reino.

Itzel agradeció que no intentara embellecer el poco tiempo que quedaba.

Su padre la besó en la frente.

Cuauhtli se inclinó para recoger una flor caída y la colocó junto a las cuentas.

Luego ambos comenzaron a alejarse hacia la niebla.

Itzel llamó al capitán águila.

Él se volvió.

—La flauta está escondida en mi habitación —dijo ella—. Todavía la conservo.

Cuauhtli sonrió.

—Espero que hayas aprendido a tocarla.

La princesa quiso contestar, pero la emoción se lo impidió.

Él levantó una mano.

Después siguió a Acolmiztli entre los árboles.

* * *

Balam aflojó la manta de los hombros de Itzel y se quitó el manto. Las dos prendas seguían unidas: no deshizo el nudo de la ceremonia. Las dobló juntas y las dejó junto a las flores, donde ambos podían alcanzarlas al sentarse.

Itzel acomodó las velas.

Había traído suficientes para varias horas, aunque ahora no quería saber cuántas quedaban.

—Yohual dijo que debía regresar —murmuró.

Balam la miró.

—Tiene razón.

La princesa apretó los labios.

—No me lo pidas todavía.

Él le tomó la mano.

Permanecieron sentados, escuchando el río.

Itzel empezó a contarle lo sucedido después de su muerte. La voz cautiva, los hombres que acudían a pedirle favores que no podía conceder, las noches en que había temido olvidar cómo sonaba su risa.

Balam escuchó sin interrumpir.

Cuando ella habló de Cortés, le temblaron las manos.

El guerrero las sostuvo entre las suyas.

—Aquí puedes decir que no.

Itzel levantó el rostro.

Él esperó.

La princesa se acercó y lo besó.

Esta vez no había despedida en el gesto.

Había deseo.

* * *

Balam le retiró uno de los adornos del cabello y lo dejó sobre la manta.

Itzel hizo lo mismo con el broche de su manto.

Se detuvieron varias veces para mirarse, para reconocer la alegría y el temor que compartían. Cada gesto encontraba una respuesta; ninguno tenía que adivinar si era bienvenido.

Cuando el frío alcanzó sus hombros, Balam extendió la tela sobre ambos.

Las velas iluminaban el rostro de Itzel.

Ella acarició la pequeña cicatriz junto a su boca.

—Siempre quise hacer esto.

Él besó la palma de su mano.

La princesa lo atrajo hacia sí.

Sobre el lecho de flores se amaron con una ternura que no apagaba la pasión. Itzel pudo entregarse sin obedecer una orden, detenerlo para volver a mirarlo y buscarlo otra vez porque lo deseaba.

Más tarde permanecieron abrazados.

Balam le acariciaba el cabello mientras ella escuchaba su respiración.

Itzel se quedó escuchándolo hasta olvidar que aquel cuerpo tenía que marcharse.

* * *

Una claridad pálida apareció entre los árboles.

Balam la vio primero.

La princesa lo sintió tensarse.

—Todavía no —susurró.

Él la abrazó.

Las últimas velas ardían muy bajas.

Itzel buscó la cuenta de jade y la cerró en la mano de Balam.

—Llévatela.

El guerrero negó suavemente.

—Las dos deben quedarse contigo.

Ella sintió que volvía a faltarle el aire.

—¿Cómo voy a regresar?

Balam le sostuvo el rostro.

—Un momento después de otro.

La princesa lloró en silencio.

Él la besó por última vez.

Cuando Itzel volvió a abrir los ojos, la luz ya no parecía venir de las velas.

Balam estaba más lejos, aunque ella todavía sentía sus brazos.

Intentó sujetarlo.

Sus dedos encontraron la manta.

Despertó sobre una cama de cempasúchil.

El cielo tenía el color del amanecer.

No había niebla.

La chalupa descansaba junto a la orilla, atada a una raíz. Dos recipientes de barro conservaban restos de cera.

Itzel se incorporó despacio.

Estaba sola.

La quietud de la orilla le hizo dudar de lo que había vivido.

Entonces vio las telas anudadas junto a su cuerpo.

Recogió el nudo y lo sostuvo contra el pecho.

Más allá, el río continuaba su camino.

La princesa permaneció inmóvil hasta que pudo ponerse de pie.

Dentro de su mano estaban las dos cuentas de jade.

Y en su piel, todavía, el recuerdo del calor de Balam.