Capítulo 8 de 15

El río que abre sus puertas

Yohual no respondió de inmediato.

Miró las dos cuentas de jade sobre la manta y después el rostro de Itzel. La princesa llevaba días sin peinarse. Tenía los labios resecos y una pequeña herida en la palma, donde había apretado uno de los broches de su vestido durante la batalla.

—Antes de decirte cómo llegar, necesito que comprendas lo que buscas.

—Quiero verlos.

—Eso no significa que puedas traerlos.

Itzel sostuvo su mirada.

—Ya me lo dijiste.

El anciano acercó el recipiente oscuro. El agua todavía se movía.

—Hay personas que encuentran ese paso y se niegan a volver. Esperan junto a la orilla hasta que amanece. Algunas mueren allí. Otras regresan sin reconocer a quienes las esperan.

La princesa miró la superficie.

Un reflejo amarillo pareció cruzar el agua.

—¿Ellos podrán verme?

—Si el río permite el encuentro.

—¿Y tocarme?

Yohual acercó el recipiente, pero no se lo entregó todavía.

—Dentro del paso, los muertos pueden recuperar por unas horas lo que perdieron. La voz. El peso de una mano. El calor de la piel.

Itzel cerró los ojos.

Recordó los dedos de Balam soltándose de los suyos.

—Entonces iré.

* * *

En el mundo que Yohual conocía, el tiempo tenía nombres distintos para quienes lo habitaban y para quienes lo aguardaban bajo la tierra.

Los extranjeros contaban los días con un calendario que habían traído consigo. El anciano había aprendido a relacionar esas cuentas con ciertas noches del río.

El primero de noviembre no era una fecha sagrada compartida por todos los pueblos. Yohual lo usaba para que Itzel reconociera, en la cuenta de los extranjeros, la noche de la que hablaba. En sus relatos, el paso se abría una vez por ciclo de cosechas, desde la caída de la noche hasta el amanecer. La relación con aquellas fechas era propia de ese río; no de todas las ceremonias dedicadas a los muertos.

—Cuando aparezca la luna —explicó—, tendrás que estar navegando. Seguirás el agua hacia el sur hasta encontrar un brazo cubierto de ahuehuetes.

Itzel escuchaba sin moverse.

—Hay dos entradas —continuó—. Una conduce a unas tierras de cultivo abandonadas. La otra parece demasiado estrecha. Elegirás la estrecha.

—¿Cómo sabré que es el lugar?

—Encontrarás una piedra partida. La mitad más alta se inclina sobre el agua.

La princesa repitió cada indicación.

Yohual asintió.

—Después dejarás de remar.

—¿Y si la corriente me devuelve?

—Todavía no habrá llegado la hora.

—¿Y si me lleva?

El anciano miró las cuentas.

—No intentes corregirla.

Itzel volvió a mirar el recipiente.

—¿Qué más debo saber?

Yohual pasó un dedo por el borde de obsidiana.

—No todas las horas que vivas allí tendrán la misma medida cuando vuelvas. Conocí a una mujer que regresó con una semilla prendida a la manta. La sembró por recuerdo. Floreció antes que las otras plantas del patio.

—¿Fue el río?

—Eso creyó ella. Yo no lo vi suceder. No te lo cuento como una promesa.

El anciano le pidió que llevara dos luces y que conservara el remo. El paso podía permitirle encontrar a alguien; no obedecería una petición de quedarse ni devolvería un muerto al mundo de los vivos. Si Itzel perdía la orientación antes del amanecer, él no tendría forma de ir a buscarla.

Faltaban seis semanas.

Itzel sintió al principio que no conseguiría soportarlas.

Cada amanecer había nuevos hombres vigilando el palacio. Las habitaciones de su padre permanecían cerradas. Los almacenes recibían órdenes de administradores que antes no tenían autoridad sobre ellos.

Cortés la llamaba cuando necesitaba entender a un emisario o imponer una exigencia.

Ella acudía.

Hablaba.

Después regresaba a su habitación y contaba los días.

Su esposo interpretó aquella obediencia como resignación.

Una tarde la encontró bordando.

Itzel había vuelto a usar prendas limpias y llevaba el cabello recogido. Sobre sus rodillas descansaba una tela blanca.

Cortés la observó desde la puerta.

Preguntó qué hacía.

El intérprete transmitió la pregunta.

—Preparo una ofrenda para mi padre.

El extranjero miró los hilos y las pequeñas cuentas.

—Dice que no quiere reuniones.

—No habrá ninguna.

Cortés permaneció un momento más.

Luego se marchó.

Itzel esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.

Solo entonces continuó bordando.

* * *

Citlali conoció el plan cuando la princesa le pidió que buscara una embarcación.

La acompañante dejó caer la madeja que sostenía.

—¿Vas a escapar?

—Por una noche.

—No puedes regresar después de que descubran tu ausencia.

Itzel miró hacia la puerta.

—Por eso no deben descubrirla.

Citlali se sentó frente a ella.

La princesa le contó lo que había dicho Yohual.

Al terminar, su acompañante permaneció en silencio.

—Podrías morir —murmuró.

—También puedo quedarme aquí hasta olvidar sus voces.

Citlali bajó la mirada hacia la tela.

Había reconocido los bordados: Itzel estaba haciendo una prenda para una ceremonia.

—¿Qué esperas que ocurra allí?

La princesa tocó una de las cuentas de jade.

—Quiero decir algo que debí decir cuando todavía podían escucharme.

Citlali no volvió a preguntarle.

Recogió la madeja.

—La embarcación tendrá que ser pequeña. Hay un hombre que conserva algunas junto a los canales de cultivo.

—¿Puedes confiar en él?

—Le ayudé a encontrar a su hija después de la batalla.

Itzel asintió.

—No le cuentes adónde voy.

* * *

Yohual regresó con hierbas para el sueño y un manojo de flores todavía cerradas.

Los soldados revisaron su bolsa antes de dejarlo entrar.

Uno aplastó entre los dedos una pequeña hoja y la olió.

El anciano esperó con paciencia.

Cuando quedaron solos, puso las flores sobre la mesa.

—Necesitarás más.

Itzel reconoció el cempasúchil.

Había visto sus colores en las ofrendas y en los jardines antes de que el palacio se llenara de hombres armados.

—¿Para los muertos?

—Para que reconozcan lo que llevas.

Yohual separó un tallo.

—También para el camino. El olor cubrirá el de estas hierbas cuando pases cerca de los guardias.

Citlali se acercó.

—¿Cómo puede un olor impedir que la vean?

El curandero sacó un pequeño recipiente.

Dentro había una pasta oscura.

—No impedirá que la vean. Les hará más difícil recordar por qué la estaban mirando.

Citlali lo observó con desconfianza.

Yohual sostuvo su mirada.

—No dependan solamente de esto. Necesitarán que los guardias estén cansados, que el patio quede oscuro y que nadie pronuncie su nombre.

Itzel tomó el recipiente.

El olor era amargo.

—¿Dónde lo pondré?

—En el borde de la embarcación y debajo de las flores.

* * *

Las luces fueron lo más difícil de conseguir.

Itzel había visto las velas que los extranjeros encendían en sus habitaciones y en los actos de su religión. Algunas eran cortas y gruesas; otras ardían sobre pequeños soportes.

Necesitaba llevarlas al río.

Una noche, Citlali encontró varias consumidas a medias entre objetos que un sirviente debía retirar.

Las escondió bajo ceniza dentro de una vasija.

Durante los días siguientes reunió otras.

Itzel las acomodó en recipientes de barro para proteger las llamas del viento.

Yohual examinó el conjunto en su última visita.

—No enciendas todas al principio.

—¿Por qué?

—Si la noche es larga, necesitarás conservar luz para regresar.

La princesa levantó la mirada.

El anciano no apartó los ojos.

—Regresar, Itzel.

Ella asintió.

No sabía si lo estaba prometiendo.

* * *

Cuando llegó el primero de noviembre, el palacio amaneció bajo una llovizna breve.

Itzel pasó el día ayudando a traducir una disputa sobre alimentos.

Un hombre reclamaba que sus cargadores llevaban semanas sin volver. Otro exigía que le devolvieran las vasijas de su familia.

La princesa repitió sus palabras.

Mientras hablaba, pensaba en la embarcación oculta bajo una cubierta de ramas.

Se sintió culpable por desear que terminara la conversación.

Cuando Cortés la despidió, el sol ya descendía.

Citlali la esperaba en la habitación.

Había extendido sobre la estera el vestido blanco.

Los bordados dibujaban flores pequeñas alrededor del cuello y en el borde inferior. Junto a él descansaban una manta fina, los adornos de jade y un peine.

Itzel se lavó con agua tibia.

Su acompañante le secó el cabello y comenzó a trenzarlo.

Citlali trenzó el cabello en silencio; Itzel seguía con los ojos el movimiento de sus manos.

—Estás vestida como para casarte —dijo Citlali finalmente.

La princesa miró sus manos.

—Esta vez quiero elegir a quien tenga delante.

* * *

Se envolvió en una manta oscura para ocultar los adornos.

Citlali llevaba un cesto de flores.

Salieron por el corredor de las cocinas después de que cambiaran la guardia.

Un soldado las detuvo.

Citlali levantó el cesto.

Dijo las pocas palabras extranjeras que había aprendido: ofrenda, padre, flores.

El hombre miró a Itzel.

La princesa mantuvo la cabeza baja.

Había frotado una pequeña cantidad de la pasta sobre la manta.

El soldado arrugó la nariz, apartó las flores y les indicó que continuaran.

No supieron si las hierbas habían servido.

Siguieron andando.

Al llegar a la escalera del canal, Citlali soltó el aire que había estado reteniendo.

La embarcación las esperaba bajo un muro cubierto de plantas.

El hombre que la había prestado se marchó sin acercarse.

* * *

Itzel colocó las flores alrededor del asiento y sobre el borde de madera.

Debajo acomodó las velas, una vasija de agua y las dos cuentas de jade.

Citlali le sostuvo la mano mientras descendía.

—Puedo ir contigo.

La princesa negó.

—Yohual dijo que debo entrar sola.

—Puedo esperarte cerca de la piedra.

—Si no regreso, no quiero que te encuentren allí.

Citlali apretó sus dedos.

Itzel la miró por última vez.

—Busca al anciano al amanecer. Él sabrá qué hacer.

La acompañante asintió, aunque las lágrimas le impedían ver bien.

Soltó la cuerda.

La chalupa se separó lentamente del muro.

* * *

Durante las primeras horas, Itzel reconoció sonidos.

Perros en la distancia.

Agua golpeando postes.

Una voz que llamó a alguien desde una casa.

Después los canales se ensancharon y las viviendas quedaron atrás.

Encendió dos velas.

Las llamas iluminaron el vestido bajo la manta y el color intenso de las flores.

Remó hasta encontrar los ahuehuetes.

La primera entrada parecía segura.

La segunda estaba cubierta de sombras.

Eligió la segunda.

Poco después apareció la piedra partida.

Itzel dejó el remo dentro de la embarcación.

La corriente la sostuvo inmóvil.

Esperó.

El frío empezó a atravesarle la ropa.

Pensó que quizá había entendido mal, que Yohual había confundido sus visiones, que los muertos no tenían por qué acudir solo porque ella los necesitara.

Entonces una flor cayó al agua.

En lugar de alejarse, avanzó contra la corriente.

La chalupa comenzó a seguirla.

* * *

Las orillas desaparecieron detrás de una niebla baja.

Itzel oyó un rumor parecido a muchas personas hablando desde habitaciones lejanas.

Las velas se inclinaron hacia el frente.

Sobre el agua surgió una claridad tenue.

Había una franja de tierra cubierta de flores.

Y un hombre esperando.

La princesa se levantó con cuidado.

El rostro apareció primero, después el manto, después las manos que ella había sostenido mientras la vida se le escapaba.

Acolmiztli no tenía sangre sobre la ceja.

—Padre.

Él extendió los brazos.

Itzel bajó de la embarcación y corrió hasta abrazarlo.

Sintió el peso de su cuerpo y el olor familiar de la tela.

Lloró contra su pecho hasta que una mano le acarició el cabello.

Más allá, dos figuras se acercaban entre la niebla.

Una llevaba el porte del capitán águila.

La otra caminaba con aquella leve inclinación de hombros que Itzel habría reconocido incluso sin luz.

Balam se detuvo al verla.

La princesa soltó lentamente el manto de su padre.

Había conseguido llegar.

Ahora tendría que decir a quién había venido a buscar.