Capítulo 7 de 15
Los que no regresaron
Balam no habló de venganza al reunir a sus hombres.
Señaló los pasos del agua, los muros que rodeaban el palacio y los lugares donde los extranjeros habían colocado sus armas.
—La princesa sigue dentro —dijo—. No atacarán las habitaciones orientales. Quien encuentre a una mujer o a un sirviente le permitirá salir.
Un guerrero preguntó por el gobernante.
Balam sostuvo su mirada.
—Ha muerto.
El patio quedó en silencio.
Algunos bajaron la cabeza. Otros apretaron las correas de sus escudos.
Cuauhtli se adelantó.
—No todos los hombres de la ciudad saben lo ocurrido. Habrá quienes crean que combatimos contra una orden suya. No levanten un arma contra ellos antes de hablarles.
Sobre la mesa descansaba el broche de Acolmiztli.
Cuauhtli lo recogió y lo entregó a uno de sus oficiales.
—Muéstralo donde sea necesario. Después llévalo con los hombres del embarcadero. Necesitaremos que mantengan abierta la salida.
El oficial lo guardó.
Nadie preguntó quién gobernaría cuando terminaran.
Todavía tenían que sobrevivir a la mañana.
* * *
Itzel escuchó los primeros gritos mientras Citlali intentaba peinarla.
Había pasado la noche despierta. Cada vez que cerraba los ojos veía a su padre cayendo contra la mesa.
Su acompañante dejó el peine.
Ambas escucharon.
Un disparo sacudió el aire.
Después se oyó el golpe de algo pesado contra una puerta.
Itzel se levantó.
—Han venido.
Citlali retiró una manta del cofre. Debajo había ropa sencilla, preparada desde los días en que todavía esperaban escapar sin luchar.
—Ponte esto.
La princesa comenzó a quitarse el vestido.
Sus dedos se enredaron en el broche. Citlali tuvo que ayudarla.
En el corredor corrieron varios soldados.
Uno golpeó la puerta y gritó una orden.
Las mujeres permanecieron inmóviles hasta que sus pasos se alejaron.
—Esperaremos a que retiren la guardia del patio pequeño —murmuró Citlali—. La mujer de las hierbas dijo que vendrían por allí.
Itzel miró la ventana.
Sobre los tejados empezaba a elevarse humo.
* * *
Cuauhtli tomó el primer paso antes de que los extranjeros consiguieran cerrar el portón.
Sus hombres llegaron desde dos calles estrechas, protegidos por escudos. Habían dejado libres los accesos hacia las viviendas para que las familias pudieran alejarse.
El capitán águila reconoció a un soldado que cargaba el arma de fuego.
Lo había observado en la costa.
Señaló al hombre.
Una lluvia de proyectiles lo obligó a buscar refugio antes de terminar.
Los guerreros avanzaron.
Detrás de ellos llegaron hombres de la ciudad que habían visto salir los alimentos de sus almacenes y desaparecer a sus jefes. Algunos llevaban armas; otros, herramientas.
Cuauhtli hizo que permanecieran cerca de los muros.
—No se amontonen delante de la entrada.
El consejo llegó demasiado tarde para varios.
Un disparo desde el interior derribó a un hombre. Los que estaban detrás tropezaron con él.
Cuauhtli corrió hasta el herido y lo arrastró fuera del paso.
Cuando levantó la mirada, vio abrirse otra puerta.
Salieron soldados con espadas.
El combate se extendió por la calle.
* * *
Balam alcanzó el patio de los almacenes después de romper una barrera de madera.
Había reconocido a dos guardias mexicas entre los defensores.
Les gritó el nombre de Acolmiztli.
Uno bajó el arma.
El otro respondió que el gobernante había ordenado conservar la paz.
Balam le mostró la tela ensangrentada que Citlali había enviado con el broche.
—Ya no puede dar órdenes.
El hombre miró la mancha.
El brazo que sostenía el arma comenzó a ceder.
Después se apartó de la puerta.
Balam entró con seis guerreros.
Dentro encontró recipientes rotos, grano derramado y un sirviente escondido detrás de unas cajas.
—Las habitaciones de la princesa —preguntó.
El hombre señaló un corredor.
Balam conocía el camino.
Había pasado por allí con Itzel meses antes, cuando todavía podía detenerse a escucharla hablar de cualquier cosa.
Ahora avanzó sobre sangre.
* * *
Citlali abrió la puerta cuando escuchó pronunciar su nombre.
Era uno de los hombres de Balam.
Tenía una herida sobre la sien.
—Vengan.
Itzel recogió la pequeña bolsa donde guardaba su cuenta de jade.
No tomó nada más.
El guerrero las condujo hacia una escalera de servicio. Abajo las esperaba otra mujer con un cesto vacío, fingiendo buscar provisiones.
Atravesaron el primer corredor sin que nadie las detuviera.
Luego se oyó un grito desde el patio.
Un soldado había reconocido a Itzel.
La mujer del cesto empujó a Citlali hacia la escalera.
El guerrero se interpuso.
Itzel vio el primer golpe y quiso regresar.
Citlali la sujetó.
—¡Sigue!
Corrieron.
La princesa escuchó metal contra piedra.
Después, un gemido.
No supo de quién.
* * *
Balam las encontró cerca del corredor de las cocinas.
Itzel se detuvo al verlo.
Él tenía sangre en el hombro, pero caminaba sin dificultad.
Se acercó y le tocó el rostro como si necesitara comprobar que estaba entera.
—¿Puedes correr?
Ella asintió.
Balam miró a Citlali.
—Llévala al canal. Habrá una embarcación.
—Ven con nosotras —pidió Itzel.
El capitán escuchó un ruido a sus espaldas.
Sus hombres retrocedían desde el almacén.
—Tengo que mantener este paso.
Itzel le agarró la mano.
Balam la sostuvo un instante.
No había tiempo para explicaciones ni promesas.
—Ve.
Citlali tiró suavemente de ella.
La princesa soltó sus dedos.
Solo después comprendería que aquella había sido la última vez que lo tocó vivo.
* * *
Cuauhtli recibió la noticia del avance de Balam cuando intentaba reorganizar a sus hombres.
Habían perdido la primera entrada. Los extranjeros disparaban desde una posición elevada y varias casas próximas empezaban a arder.
Un mensajero llegó sin escudo.
—La princesa va hacia el canal.
Cuauhtli miró el humo que cubría el paso del agua.
Allí estaban enviando soldados.
Si alcanzaban el embarcadero, cerrarían la única salida.
El capitán reunió a los hombres que tenía cerca.
—Conmigo.
Atravesaron una calle lateral y llegaron junto a la orilla.
El oficial al que había entregado el broche estaba tendido sobre las piedras.
Cuauhtli se arrodilló.
El hombre todavía respiraba.
—Se llevaron la embarcación —murmuró.
El capitán miró el canal.
Una canoa se alejaba ocupada por soldados.
En la otra orilla aparecieron más.
Cuauhtli levantó el escudo.
El disparo lo golpeó antes de que pudiera cubrirse del todo.
Sintió una presión brutal bajo las costillas.
Cayó de rodillas.
Uno de sus hombres intentó levantarlo.
—El paso —dijo Cuauhtli.
Había soldados acercándose a la escalera por la que debía llegar Itzel.
Consiguió ponerse de pie apoyándose en el guerrero.
Dio una orden.
Después otra.
Sus hombres avanzaron mientras él permanecía junto al muro, intentando llenar de aire un pecho que ya no respondía.
* * *
Itzel llegó a la escalera cuando el combate había alcanzado la orilla.
Citlali se detuvo primero.
Abajo no había ninguna embarcación esperando.
Un guerrero herido subía hacia ellas.
—Regresen —dijo—. Han cerrado el canal.
La princesa miró por encima de su hombro.
Vio a Cuauhtli junto al muro.
Dos hombres intentaban sostenerlo.
Él levantó la cabeza.
La reconoció.
Itzel comenzó a bajar.
Cuauhtli extendió una mano.
No para llamarla.
Para detenerla.
La princesa quedó inmóvil.
Uno de los guerreros que lo sostenían recibió un golpe y cayó. El otro arrastró al capitán detrás de una esquina.
Itzel perdió de vista su rostro.
Citlali la abrazó por la cintura y la hizo retroceder.
Al llegar al corredor encontraron soldados.
No quedaba otro camino.
* * *
Balam supo que el canal estaba perdido cuando vio regresar a un muchacho con el escudo roto.
Había esperado esa noticia desde que los extranjeros recuperaron el almacén.
Su oficial pidió retirarse.
El capitán miró hacia el corredor de las cocinas.
—Primero debemos saber dónde está ella.
Entonces apareció Cortés en el extremo del patio, rodeado de hombres.
Itzel caminaba entre dos soldados.
Balam dio un paso.
La princesa lo vio y negó con la cabeza.
Cortés habló.
Un intérprete gritó que los guerreros debían entregar las armas si querían conservar la vida de la mujer.
Balam observó las manos que sujetaban a Itzel.
Después miró a sus hombres.
Eran pocos.
Varios apenas podían sostenerse.
Ordenó retroceder.
—Busquen otra salida.
El oficial vaciló.
Balam repitió la orden.
Mientras sus hombres se alejaban, un soldado extranjero avanzó hacia el corredor. Levantó la espada contra uno de los heridos.
Balam se interpuso.
El golpe le alcanzó el costado.
Todavía consiguió empujar al hombre hacia una columna.
Después hubo un disparo.
Itzel sintió que alguien le sujetaba la cabeza para impedirle mirar.
Se soltó lo suficiente para verlo caer.
Balam intentó levantarse sobre un brazo.
Buscó el corredor.
La buscó a ella.
La princesa gritó su nombre hasta quedarse sin aire.
* * *
Al anochecer, el palacio volvió a cerrar sus puertas.
Había humo en las habitaciones y heridos en los patios.
Cortés mantuvo a Itzel vigilada mientras sus hombres recogían armas y buscaban a quienes habían ayudado a los capitanes.
Citlali no apareció hasta muy tarde.
Traía la segunda cuenta de jade.
La dejó en la palma de la princesa.
—La llevaba Cuauhtli.
Itzel la miró.
—¿Dónde está?
Citlali se arrodilló.
No tuvo que responder.
La princesa juntó las dos cuentas y las sostuvo contra el pecho.
Había pedido que regresaran.
Habían regresado por ella.
* * *
Yohual consiguió verla al día siguiente.
Lo dejaron entrar porque Itzel no comía ni respondía cuando le hablaban.
El anciano se sentó frente a su lecho.
Escuchó su respiración antes de llamarla por su nombre.
—Cambia lo que ocurrió —dijo ella.
Yohual bajó los ojos.
—No puedo.
—Lo viste venir.
—Vi fragmentos.
—Entonces mira otra vez.
La voz de Itzel se quebró.
—Encuentra un camino donde no hayan muerto.
Yohual tomó la vasija que Citlali había dejado junto al lecho.
Vertió agua en un recipiente oscuro.
La superficie tembló.
—No puedo devolverlos a esta vida.
La princesa se volvió hacia la pared.
El anciano permaneció en silencio hasta que ella preguntó:
—¿Puedo ir donde están?
Yohual la miró largamente.
—Hay una noche en que el río abre un paso.
Itzel volvió el rostro.
—¿Cuándo?
—La que comienza el primero de noviembre y termina con el amanecer del segundo.
Ella se incorporó despacio.
—¿Los veré?
—Si consigues llegar.
Por primera vez desde la batalla, Itzel soltó las cuentas de jade.
Las dejó juntas sobre la manta.
—Entonces dime cómo encontrar el río.