Capítulo 6 de 15

El gobernante sin trono

Itzel no se acercó a la mesa.

Desde el umbral veía la sangre seca sobre la ceja de su padre, la mano del soldado sobre su hombro y la cuerda enrollada entre los dedos de otro hombre.

Acolmiztli intentó sonreírle.

El gesto le deformó el rostro.

—Estoy bien, hija.

La princesa miró al intérprete.

—Pregúntale quién lo golpeó.

El hombre volvió la cabeza hacia Cortés. Hubo una respuesta breve.

—Hubo una confusión con los guardias.

—Pregunté quién lo golpeó.

Cortés dio un paso hacia ella.

Itzel sostuvo su mirada hasta que su padre pronunció su nombre.

—Escucha lo que quieren.

Ella se volvió.

Acolmiztli tenía las manos apoyadas sobre las rodillas. Su hija conocía aquella postura: la adoptaba cuando intentaba contener el enojo ante sus consejeros.

Ahora no había consejeros, solo hombres armados.

El intérprete comenzó a explicar las condiciones. Los almacenes quedarían bajo vigilancia extranjera. Se entregarían armas y reservas de metal. Los capitanes no podrían movilizar a sus hombres sin autorización. El gobernante permanecería en sus habitaciones para garantizar el cumplimiento de los acuerdos.

Itzel tradujo cada exigencia.

La voz le salió extrañamente firme. Acolmiztli escuchó hasta el final.

Después miró a Cortés.

—Dile que este es mi palacio.

La princesa transmitió sus palabras.

El extranjero respondió sin apartarse de ella.

—Dice que seguirá siendo tuyo mientras mantengas la paz.

Acolmiztli bajó la vista hacia la mano del soldado.

—¿Así la llama?

Itzel no necesitó traducir la pregunta. Cortés había comprendido el tono.

El anuncio debía hacerse antes del mediodía.

Cortés quería que los jefes de la ciudad escucharan las nuevas órdenes de boca del gobernante.

Acolmiztli aceptó presentarse con una condición: su hija permanecería a su lado.

La llevaron a una habitación mientras preparaban el patio.

Citlali la esperaba dentro.

Cuando vio su rostro, cerró la puerta.

—¿Está vivo?

Itzel asintió.

—Lo han hecho prisionero.

La acompañante apretó los labios.

Se le humedecieron los ojos. Se arrodilló junto al cofre de ropa antes de que Itzel pudiera abrazarla.

—Debemos avisarles.

Itzel sacó la cuenta de jade de su vestido.

La sostuvo entre ambas manos.

—Diles que no intenten entrar hoy. Hay demasiados soldados.

Citlali levantó la mirada.

—¿Y tu padre?

La princesa cerró los ojos.

El rescate que habían preparado dependía de guardias conocidos, corredores libres y una noche tranquila. Todo aquello había desaparecido.

—Necesito saber dónde lo encerrarán.

Citlali buscó una cinta entre las prendas.

—Enviaré el mensaje con la mujer que trae las hierbas.

Itzel la sujetó del brazo.

—Si la descubren… —No llevará nada escrito.

La princesa soltó la cuenta sobre su palma.

—Todavía no le des esto a nadie. Necesito conservarlo.

Citlali le cerró los dedos alrededor.

—Entonces lo conservarás.

* * *

En el patio se reunieron nobles, administradores y jefes de guardia.

Acolmiztli apareció con el manto ceremonial cubriéndole parte de los brazos. Itzel caminaba a su derecha.

Solo ella advirtió que un soldado lo sujetaba por detrás, bajo la tela.

El gobernante habló.

Pidió calma.

Ordenó que los almacenes se abrieran y que no se atacara a los extranjeros.

Un anciano del consejo quiso preguntar por la herida de su frente.

Cortés hizo una señal.

El intérprete anunció que Acolmiztli necesitaba descansar.

Itzel contempló a los hombres reunidos. Algunos parecían confundidos; otros miraban a los soldados y comprendían demasiado bien.

Entre ellos estaba el administrador que había protestado por el grano.

No dijo nada.

La princesa sintió que aquella obediencia silenciosa estaba siendo confundida con aceptación.

Antes de retirarse, Acolmiztli se detuvo.

—Ningún capitán entregará sus hombres sin recibir una orden mía.

Itzel levantó el rostro.

El intérprete vaciló.

Cortés preguntó qué había dicho.

La princesa respondió antes que el otro hombre: —Que sus soldados seguirán esperando instrucciones.

Era verdad, aunque no toda.

Su esposo la observó largamente.

Después ordenó llevar al gobernante al interior.

* * *

Balam recibió el mensaje junto al canal.

La mujer de las hierbas lo transmitió mientras acomodaba un manojo sobre una manta.

—La casa ya no tiene dueño —murmuró—. La hija pide que no entren todavía.

El capitán permaneció agachado frente a las plantas.

—¿Dónde está él?

—No lo sabe.

Balam compró el manojo y se marchó.

Encontró a Cuauhtli reunido con tres oficiales.

Los hombres hablaban de puestos ocupados y guardias desarmados. Dos capitanes menores habían desaparecido después de acudir al palacio.

Cuando Balam contó lo sucedido, nadie propuso esperar una explicación.

Cuauhtli extendió los registros sobre la mesa.

—Ya no podremos sacarlos por el mismo paso.

Uno de sus oficiales señaló el canal.

—Todavía hay hombres nuestros cerca de los embarcaderos.

Balam estudió el recorrido.

Necesitaban una distracción que alejara soldados del interior. También debían impedir que los extranjeros cerraran las salidas del agua.

—Si luchamos dentro —dijo—, pondrán a Itzel y a su padre delante.

Cuauhtli asintió.

—Tenemos que obligarlos a mirar hacia otro lugar.

Pasaron la tarde buscando ese lugar.

Cuando oscureció, habían enviado mensajeros a los guerreros que permanecían fieles.

* * *

Acolmiztli fue encerrado en una estancia donde antes guardaba regalos de otros señores.

Habían retirado las piezas más valiosas.

Sobre las paredes quedaban marcas claras donde los objetos habían protegido la piedra del humo.

Itzel consiguió entrar llevando comida.

Dos soldados revisaron la bandeja.

Uno partió una torta con las manos antes de permitirle pasar.

Su padre estaba sentado sobre una estera.

Ella se arrodilló enfrente.

Itzel esperó a que su padre pudiera mirarla.

Acolmiztli miró el alimento roto.

—¿Te tratan así siempre?

Itzel acomodó la bandeja.

—Come.

Él tomó un pedazo, pero no lo llevó a la boca.

—Creí que podía asegurar tu futuro.

La princesa sintió un dolor que no esperaba.

Había imaginado muchas veces aquella conversación. En todas, ella reclamaba, enumeraba advertencias y le exigía que reconociera lo que había hecho.

Ahora solo veía a un hombre herido que no sabía dónde poner las manos.

—Todavía estamos vivos —dijo.

Acolmiztli la miró.

—¿Tus capitanes?

—También.

Algo cambió en su expresión.

Itzel se inclinó para acercarle el agua y habló casi sin mover los labios.

—Buscan una manera de sacarnos.

Su padre no tocó la vasija.

—Si entran sin saber dónde estamos, los matarán.

—Por eso vine.

Acolmiztli miró hacia la puerta.

Uno de los soldados bostezaba.

El gobernante deslizó un pequeño broche fuera de su manto. Tenía grabado el signo de su casa.

Lo dejó junto al borde de la bandeja.

—Entrégaselo. Que sepan que actuarán con mi autorización.

Itzel cubrió el objeto con una servilleta.

Entonces su padre le tomó la mano.

—Escúchame, hija. Si solo pueden sacar a uno…

—No.

—Escúchame.

Ella negó con la cabeza.

Acolmiztli apretó sus dedos.

—No vuelvas a entregar tu vida por una decisión mía.

* * *

La noticia llegó a Cortés antes que el broche a los capitanes.

Un hombre encargado de vigilar los embarcaderos había visto reunir armas en una casa junto al canal. Otro informó que varios guerreros abandonaron sus puestos sin pedir permiso.

Cortés llamó a Itzel al anochecer.

Su padre estaba con él.

Lo habían obligado a permanecer de pie.

Había también un capitán extranjero, el intérprete y cuatro soldados.

Sobre la mesa descansaba una tablilla arrebatada a un mensajero.

Itzel reconoció los signos de Cuauhtli.

Sintió el broche escondido contra su cintura.

Cortés señaló el documento.

Quería saber qué decía.

La princesa lo examinó.

Era una petición de hombres para custodiar los pasos del agua.

—Habla de vigilancia —respondió.

Su esposo hizo otra pregunta.

El intérprete la repitió:

—¿Vigilancia contra quién?

Itzel sostuvo la tablilla.

—No lo dice.

El capitán extranjero se acercó a Acolmiztli y lo sujetó del manto.

La princesa dejó el documento.

—No lo toques.

El hombre miró a Cortés.

Esperaba una orden.

Acolmiztli observó a su hija.

—No traduzcas eso.

Itzel sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

Su padre volvió hacia el extranjero y habló en su propia lengua:

—No te abriré otra puerta.

Cortés exigió saber qué había dicho.

La princesa permaneció callada.

El capitán sacudió al gobernante.

Acolmiztli perdió el equilibrio, pero consiguió afirmarse sobre una pierna.

Itzel se interpuso.

Un soldado la apartó sujetándola por los brazos.

Entonces se escucharon voces desde el patio.

Un guardia entró apresuradamente. Varios grupos de guerreros habían cerrado un paso cercano y exigían ver a su gobernante.

Cortés respondió con una orden.

El intérprete palideció.

Itzel comprendió algunas palabras: había aprendido a reconocerlas durante las reuniones.

Su padre también vio el cambio en los rostros.

El capitán extranjero sacó la espada.

Todo ocurrió demasiado cerca.

Acolmiztli intentó retroceder.

Itzel gritó.

El golpe le cortó la respiración al gobernante. Cayó contra la mesa y derribó una vasija.

La princesa se soltó cuando el soldado aflojó las manos.

Llegó hasta su padre antes de que tocara el suelo.

—Mírame.

Le sostuvo la cabeza.

Acolmiztli movió los labios.

Ella acercó el oído, pero no consiguió entender.

La sangre avanzaba bajo su mano.

—Padre.

Él abrió los ojos una vez más.

Después su cuerpo pesó de otra manera.

* * *

Cortés ordenó que la separaran.

Itzel se aferró al manto hasta que la tela se rasgó.

No recordaría después cómo la llevaron a su habitación.

Solo conservaría imágenes: las uñas de su padre, la vasija rota, el rostro del intérprete vuelto hacia la pared.

Citlali la encontró sentada en el suelo.

Tenía las manos cubiertas de sangre.

Se arrodilló junto a ella y empezó a limpiárselas.

Itzel no habló hasta que el agua del recipiente se volvió roja.

—Diles que lo mataron.

Citlali dejó la tela.

La princesa sacó el broche de su cintura.

Lo colocó en la mano de su acompañante.

—Que no vengan a buscar a un gobernante. Que vengan a detener al hombre que dio la orden.

Afuera sonó un disparo.

Luego otro.

Citlali escondió el broche y se levantó.

* * *

Balam y Cuauhtli recibieron la noticia antes del amanecer.

Sobre la mesa, el signo de Acolmiztli todavía tenía una mancha de sangre.

Los guerreros aguardaban en el patio.

Cuauhtli cerró el puño alrededor de la cuenta de jade que había conservado.

Balam recogió su escudo.

Ya no existía una puerta segura por la que sacar a la princesa.

Tendrían que abrirla ellos.