Capítulo 5 de 15
La voz cautiva
A la mañana siguiente de la boda, Itzel encontró un soldado frente a la puerta de su habitación.
Llevaba una hoja de metal al costado y olía a cuero húmedo. Cuando ella intentó pasar, extendió el brazo.
La princesa miró aquella mano.
Después miró al hombre.
—Voy a ver a mi padre.
El soldado dijo algo que no comprendió.
Itzel repitió la frase en otra lengua. Él frunció el ceño y llamó a un compañero.
Citlali llegó desde el patio con una vasija de agua.
—¿Qué ocurre?
—No me dejan salir.
La acompañante dejó el recipiente en el suelo.
Hasta entonces los guardias del palacio se apartaban cuando Itzel caminaba hacia una puerta. Nunca había pensado en ese gesto. Ahora comprendía cuánto podía cambiar una vida con un hombre inmóvil en un corredor.
Cortés apareció poco después.
Escuchó al soldado, habló con él y luego hizo una señal a la princesa.
Podía pasar.
Itzel no se movió.
—¿Necesito su permiso para caminar por mi casa?
Un intérprete que acompañaba al extranjero transmitió la pregunta.
Cortés respondió con calma.
—Dice que sus hombres deben protegerte.
Ella miró las armas.
—Entonces que vigilen a quienes quieran entrar.
El intérprete tradujo.
Cortés sostuvo su mirada antes de apartarse.
Aquel día la dejaron ir.
Al siguiente, pusieron dos soldados.
* * *
Acolmiztli había trasladado sus reuniones a una sala interior.
Su hija lo encontró hablando con el administrador de los almacenes. Había una tablilla sobre la mesa y varias marcas añadidas con prisa.
—Se llevaron grano durante la noche —explicaba el hombre—. También mantas.
—Son nuestros huéspedes —respondió el gobernante.
—Los cargadores necesitan saber quién autoriza las entregas.
Acolmiztli lo despidió.
Cuando quedaron solos, Itzel señaló la tablilla.
—¿Lo autorizaste?
—Se resolverá.
—Hay soldados dentro de los almacenes.
—Ya lo sé.
—También en mi puerta.
Su padre levantó el rostro.
Parecía haber dormido poco.
—Hablaré con él.
Itzel se sentó enfrente.
—¿Cuándo?
Acolmiztli apartó la tablilla.
—No puedo discutir cada detalle delante de mis consejeros.
—Entonces hazlo en privado.
El gobernante se levantó y caminó hasta la ventana.
En el patio, varios extranjeros descargaban cajas. Un sirviente les indicaba dónde colocarlas. Los hombres ignoraron su señal y continuaron hacia otra habitación.
Acolmiztli los observó.
—Los acuerdos necesitan tiempo.
Itzel siguió su mirada.
Por primera vez vio a su padre evitar una conversación porque temía lo que pudiera ocurrir después.
* * *
Cortés empezó a llamarla durante las negociaciones.
Al principio había otros intérpretes presentes. Itzel escuchaba las preguntas, aclaraba palabras y explicaba diferencias entre las formas de hablar de los emisarios.
Muy pronto descubrió que aquello le interesaba a su esposo por razones concretas.
Una tarde recibió a tres hombres de un pueblo del norte. Habían venido a pedir que se respetaran sus tierras de cultivo. Cortés prometió escucharlos si entregaban alimentos y cargadores.
Itzel tradujo.
Uno de los visitantes preguntó cuánto tiempo necesitaría a los hombres.
Cortés respondió.
El intérprete que lo acompañaba repitió la frase en una lengua que ella entendía:
—Hasta que dejen de ser necesarios.
La princesa miró a los emisarios.
Los tres aguardaban su voz.
—No ha fijado una fecha para su regreso —les dijo.
Cortés advirtió la extensión de la respuesta.
Preguntó algo.
El intérprete se volvió hacia Itzel.
—Quiere saber qué añadiste.
—Lo que debía entenderse.
El extranjero apoyó las manos sobre la mesa.
No alzó la voz.
Ordenó salir a los visitantes.
Cuando se marcharon, hizo que el intérprete se quedara.
—Hablarás con mis palabras —le transmitió el hombre.
Itzel sostuvo la mirada de su esposo.
—Tus palabras no siempre dicen lo que les ocurrirá.
Cortés escuchó la traducción.
Después señaló la puerta por la que habían salido los emisarios.
La respuesta llegó despacio:
—Si no puedes ayudarlos a comprender, buscaré otra forma de obtener lo que necesito.
Itzel miró hacia el patio.
Había soldados esperando.
En adelante tradujo con una precisión que le lastimaba la boca.
* * *
La mujer que había acompañado a Cortés desde la costa la encontró una noche junto a una vasija de agua.
Itzel intentaba lavarse una mancha de tinta de los dedos.
La mujer se sentó a cierta distancia.
Esperó a que Itzel dejara de frotarse los dedos.
—Ellos creerán que las órdenes son tuyas —dijo finalmente.
La princesa siguió frotándose la piel.
—Ya lo creen.
Esa tarde una anciana le había pedido que liberara a su nieto de los trabajos de carga. Cuando Itzel explicó que no podía, la mujer se arrodilló.
La princesa todavía sentía vergüenza.
—Debes procurar que alguien escuche lo que te obligan a decir —continuó la otra mujer—. Alguien que pueda contarlo después.
Itzel dejó caer las manos dentro del agua.
—¿Y eso los salvará?
—No lo sé.
La honestidad de la respuesta hizo que levantara la mirada.
La mujer tenía los ojos cansados.
—A veces solo podemos impedir que la mentira sea lo único que quede.
Un soldado cruzó el corredor.
Ambas guardaron silencio hasta que se alejó.
Antes de marcharse, la mujer miró hacia las habitaciones del gobernante.
—Tu padre debería evitar quedarse solo.
* * *
Balam supo que algo había cambiado cuando le retiraron el acceso al patio central.
Un guardia mexica se lo comunicó sin mirarlo.
—Orden del gobernante.
—Quiero oírla de él.
El hombre movió la cabeza.
—No puede recibirte.
Balam dio un paso hacia la puerta.
Dos extranjeros se aproximaron.
El guardia le sujetó discretamente el antebrazo.
—No aquí —murmuró.
Balam observó su mano y se detuvo.
Esa noche buscó a Cuauhtli.
Lo encontró en una casa cercana al canal, rodeado de registros y mensajes.
—Han apartado a tres de mis oficiales —dijo el capitán águila—. Los sustituyeron por hombres que aceptan vigilar junto a los extranjeros.
Balam se sentó.
—No pude ver a Acolmiztli.
Cuauhtli levantó la mirada.
—Yo tampoco.
El agua golpeaba los postes bajo la ventana.
Después, el capitán águila deslizó una tablilla hacia él.
Había señalado depósitos, accesos y puestos de guardia.
—Están ocupando los lugares que necesitaríamos para responder.
Balam examinó las marcas.
Reconoció un paso estrecho que permitía llegar al palacio desde los canales.
También estaba vigilado.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde que dejaron de pedirme consejo y empezaron a preguntarme cuántos hombres podía retirar.
* * *
Citlali llevó el mensaje dos días después.
Había salido del palacio con un cesto de ropa. Para evitar que la siguieran, visitó a una lavandera y permaneció allí hasta que el soldado encargado de vigilarla regresó a su puesto.
Balam la encontró en el patio de la casa de Cuauhtli.
Tenía las manos enrojecidas.
—La princesa necesita ayuda.
Ambos capitanes se acercaron.
Citlali sacó del cesto un pequeño envoltorio.
Dentro estaban las dos cuentas de jade.
Balam tomó la que había llevado a la costa.
Cuauhtli reconoció la suya.
—¿Qué ocurre con Itzel? —preguntó.
—La hacen traducir exigencias. No puede salir sola. Ayer mandó buscar a su padre y le dijeron que estaba ocupado. Cuando insistió, Cortés ordenó retirar a sus acompañantes.
—¿Incluida tú?
Citlali asintió.
—Pude regresar porque necesita ayuda para vestirse.
Balam cerró la mano.
—La sacaremos.
Cuauhtli se volvió hacia él.
—Y al gobernante.
—Si acepta.
Citlali negó con la cabeza.
—Ella no se irá dejándolo dentro.
El capitán jaguar miró la cuenta que tenía en la palma.
Podía imaginar a Itzel eligiendo qué enviar. Había tenido que desprenderse de algo pequeño para pedirles una decisión enorme.
Cuauhtli se arrodilló junto al cesto.
—Dile que prepare solamente lo que pueda llevar sin llamar la atención.
—¿Cuándo?
Él miró a Balam.
—Pronto.
* * *
Cuando Citlali se marchó, los capitanes permanecieron solos.
Cuauhtli retiró los registros de la mesa y dejó espacio entre ambos.
—Hay algo que debemos acordar antes.
Balam levantó el rostro.
—Habla.
—Si conseguimos liberarla, lo que hagamos no nos dará derecho a exigirle nada.
Balam apartó el registro que tenía enfrente.
—Lo sé.
—Tuve que escucharlo de ella para entenderlo —admitió Cuauhtli—. Pedí su mano porque temía que me rechazara. Después acepté que otros pueblos pagaran por mi oportunidad.
Miró sus dedos, todavía marcados por la última campaña.
—No volveré a hacerlo.
Balam se sentó frente a él.
—Yo pensé en llevármela sin preguntar qué ocurriría con quienes dejábamos aquí.
Cuauhtli asintió.
Ninguno parecía orgulloso de aquella confesión.
—Cuando esté libre —continuó el capitán águila—, podrá elegir. A ti, a mí o a ninguno.
Cuauhtli recogió un registro y volvió a dejarlo sin mirarlo. Había visto a Itzel buscar a Balam antes de responderle a él. Reconocerlo no hacía menos dolorosa la posibilidad de perderla.
—Si te elige —añadió—, quizá necesite apartarme un tiempo. No voy a fingir que me alegrará desde el primer día.
—No te pediré que lo finjas —dijo Balam.
Cuauhtli levantó el rostro. Podía retirarse de aquella conversación; también podía ofrecer ayuda esperando cobrarla después. Conocía ambas tentaciones. Se obligó a dejar las manos abiertas sobre la mesa.
Balam lo miró directamente.
—Y el otro respetará su decisión.
—Aunque duela.
El capitán jaguar extendió el brazo.
Cuauhtli lo sujetó.
Durante años habían competido por el mando, por el reconocimiento y, finalmente, por una mujer a la que creían conocer. Esa noche necesitaron confiarse algo más difícil que una batalla: la posibilidad de perderla sin convertir esa pérdida en una condena para ella.
Después volvieron a los registros.
Había que conseguir una embarcación, relevar a dos guardias y encontrar a un sirviente dispuesto a conducir a Itzel hasta el canal.
* * *
La princesa recibió la respuesta al amanecer.
Citlali le entregó una sola cuenta de jade.
La otra había quedado con los capitanes.
—Dicen que esperan recuperar esta cuando salgas.
Itzel la sostuvo bajo la manta.
No sonrió.
—¿Y mi padre?
—También intentarán sacarlo.
La princesa cerró los ojos.
Por primera vez desde la boda pudo respirar sin contar los pasos del corredor.
Entonces alguien golpeó la puerta.
Cortés entró con dos soldados y un intérprete.
Citlali se levantó rápidamente.
El extranjero indicó que Itzel debía acompañarlo.
—Tu padre quiere hablar contigo —transmitió el intérprete.
La princesa guardó la cuenta.
Caminaron hasta la sala del consejo.
Antes de entrar vio un escudo roto junto a la pared.
Dentro, Acolmiztli estaba sentado en su lugar habitual. Conservaba el manto del gobernante, pero tenía una herida sobre la ceja.
Un soldado permanecía detrás de él.
Otro sostenía una cuerda.
Itzel se detuvo en el umbral.
Su padre levantó los ojos.
No había consejeros, sacerdotes ni guardias de su casa.
Cortés habló.
El intérprete se acercó a la princesa.
—Necesitamos que expliques a tu padre las nuevas condiciones.
Itzel miró la cuerda.
Acolmiztli intentó incorporarse.
El soldado le puso una mano en el hombro y lo obligó a permanecer sentado.
La princesa dio un paso hacia él.
Cortés le cerró el camino.
Entonces comprendió por qué la habían llamado.
Necesitaban su voz para que su padre entendiera que ya no gobernaba.