Capítulo 4 de 15
El precio de una alianza
Los capitanes regresaron con arena en los pliegues de sus mantos y respuestas que Acolmiztli no quiso escuchar.
Balam describió las armas de fuego: necesitaban cargarse, podían fallar y producían un humo que dificultaba la vista. Cuauhtli habló de los animales que llevaban a los hombres sobre el lomo, de las hojas de metal y de los pueblos que abastecían el campamento extranjero.
El gobernante prestó atención a lo último.
—¿Les entregan alimentos voluntariamente?
—Algunos —respondió Cuauhtli—. Otros esperan obtener su ayuda contra nosotros.
Acolmiztli golpeó el brazo de su asiento.
—Entonces tendremos que llegar a un acuerdo antes que ellos.
Itzel permanecía junto a la ventana. Había recuperado las dos cuentas de jade al amanecer, cuando los capitanes entraron en el palacio. Cuauhtli se la devolvió con una sonrisa fatigada. Balam depositó la suya sobre su palma y cerró despacio los dedos de ella.
Ahora las llevaba dentro de una pequeña bolsa.
—Ese hombre pregunta mucho por nuestra ciudad —dijo Balam—. Por los accesos, los almacenes, la gente que vive alrededor del lago.
—Es natural que quiera conocer a quienes pretende visitar.
—También preguntó por las disputas entre nuestros pueblos.
El gobernante guardó silencio.
Cuauhtli dio un paso al frente.
—No debemos permitir que entre acompañado por todos sus hombres.
Acolmiztli miró a uno de sus consejeros.
—Prepararemos una recepción. Habrá condiciones.
Itzel se volvió hacia él.
—¿Y si no las acepta?
—Las aceptará.
La certeza de su padre le produjo frío.
* * *
Cortés tardó varias semanas en acercarse a la ciudad.
Durante ese tiempo llegaron noticias contradictorias. Había pueblos que lo recibían, otros que intentaban detenerlo. Sus acompañantes aumentaban. A veces enviaba regalos; otras, exigía provisiones.
Acolmiztli comenzó a reunir a sus consejeros sin llamar a los capitanes.
Itzel lo supo cuando encontró a Cuauhtli esperando fuera de una sala cerrada.
—¿No te permiten entrar?
—Hoy necesitan hombres que asientan.
La princesa se detuvo a su lado.
Del otro lado de la puerta oyó la voz de su padre.
Hablaba de una alianza.
Cuauhtli la miró.
Ninguno necesitó preguntar a qué podía referirse.
* * *
La mañana de la llegada, el palacio olía a flores recién cortadas.
Habían lavado los patios, extendido mantas y dispuesto alimentos para los visitantes. Los sirvientes caminaban con cuidado para no derramar las vasijas. Itzel vio a una muchacha corregir tres veces la posición de una bandeja.
Citlali le acomodaba el cabello.
—No aprietes tanto —pidió la princesa.
Su acompañante aflojó el cordón.
Sobre la estera descansaba una prenda que Itzel no había elegido: algodón fino, bordados delicados y una franja de cuentas cerca del cuello.
—¿Quién ordenó traerla?
Citlali dejó de ajustar el cordón.
—Tu padre.
Itzel tocó la tela.
Era la clase de vestido que se preparaba para una ceremonia.
—Busca mi manta azul.
—El administrador dijo…
—Busca mi manta.
Citlali obedeció.
* * *
Cortés entró en el patio con una escolta de soldados y varias personas encargadas de la interpretación.
La mujer que lo acompañaba observó a Itzel apenas un instante. Después volvió la atención hacia los hombres reunidos. Parecía escuchar incluso cuando nadie hablaba.
El extranjero saludó al gobernante.
Las palabras pasaron de una lengua a otra.
Acolmiztli respondió con una cortesía que su hija le había visto reservar para quienes podían concederle algo importante.
Cortés contempló el recinto, las columnas, las puertas.
Cuando su mirada llegó a Itzel, se detuvo.
—Mi hija —dijo el gobernante.
La princesa inclinó ligeramente la cabeza.
Escuchó su nombre repetido con sonidos extraños.
Cortés le dirigió unas palabras.
La intérprete las transmitió:
—Dice que es un honor conocer a una mujer de vuestra casa.
—El honor dependerá de cómo se comporte dentro de ella —respondió Itzel.
La mujer levantó los ojos.
Luego tradujo.
Cortés sonrió, aunque Itzel no supo cuánto había comprendido.
Balam permanecía cerca de una columna. Cuauhtli vigilaba el paso hacia el patio interior.
La princesa buscó sus rostros.
Su padre lo advirtió.
—Acompáñame —le ordenó en voz baja.
* * *
La conversación ocurrió en una habitación pequeña, lejos de los invitados.
Acolmiztli cerró la puerta.
—Te casarás con él.
Itzel sintió que el aire no llegaba hasta el fondo de sus pulmones.
—No.
Su padre dejó pasar unos segundos.
—No te he pedido una respuesta.
—Entonces no llames matrimonio a lo que estás haciendo.
Acolmiztli caminó hasta la mesa. Había documentos, regalos y una pieza de metal semejante a la que había traído el primer mensajero.
—Nuestros enemigos buscan su protección. Si lo tenemos de nuestra parte, nadie se atreverá a levantarse.
—Balam y Cuauhtli te han advertido.
—Balam cree que puede gobernarse con sacos de maíz. Cuauhtli todavía piensa como un capitán. Yo debo pensar en lo que quedará cuando muera.
Itzel miró la puerta.
—Les ofreciste mi mano.
—Ofrecí mi hija al hombre capaz de proteger este reino.
—No sabes si ese hombre desea protegerlo.
Su padre se acercó.
—Sabrá que su esposa pertenece a mi sangre.
La princesa lo observó con una mezcla de pena y rabia.
Por primera vez comprendió que Acolmiztli no estaba fingiendo. Creía de verdad que un parentesco podía contener la ambición de aquel extranjero.
—¿Y si para él eso significa que podrá exigir más?
El gobernante apartó la mirada.
—El acuerdo ya está hablado.
Itzel dio un paso atrás.
—¿Antes de que llegara?
Él no respondió.
Aquella omisión fue suficiente.
* * *
Balam encontró a la princesa en el corredor de los almacenes.
Había salido de la habitación sin saber adónde ir. Solo quería un lugar donde los invitados no pudieran verla.
Él se detuvo al escuchar su respiración.
—Itzel.
Ella levantó el rostro.
Balam miró hacia los extremos del corredor antes de acercarse.
—¿Qué ha ocurrido?
—Me entregará a Cortés.
El capitán permaneció inmóvil.
A lo lejos se escuchó una risa.
Itzel tuvo que apoyarse en la pared.
—Dice que protegerá el reino.
Balam apretó los puños.
—Hablaré con él.
—No te escuchará.
—Tiene que escucharme.
La princesa le sujetó la muñeca.
—No vayas así.
Balam bajó los ojos hacia su mano.
Ella nunca lo había tocado de aquel modo: buscando retenerlo.
—Puedo sacarte de aquí —dijo.
Itzel lo miró.
Durante un instante imaginó un camino, una casa pequeña, un lugar donde nadie pronunciara su nombre como parte de un acuerdo.
—¿Y tus hombres?
Balam no contestó.
—¿Citlali? ¿Las mujeres que me ayudan? Mi padre sabría quién permitió que saliera.
El capitán apoyó la mano abierta contra la pared, cerca de su hombro.
—Entonces dime qué hacer.
Itzel tenía lágrimas en los ojos.
—Quédate vivo.
Balam cerró la boca.
Ella soltó su muñeca.
—Necesito que sigas aquí cuando esto termine.
Él inclinó la frente hasta rozar la de ella.
Fue un contacto breve.
Itzel lo sostuvo apenas un segundo antes de apartarse.
Cuauhtli llevó la noticia al consejo militar.
No gritó.
Pidió saber qué condiciones había aceptado Cortés, cuántos soldados permanecerían en la ciudad y quién respondería si un extranjero atacaba a un habitante.
Acolmiztli escuchó las preguntas con impaciencia.
—La alianza permitirá resolver esos asuntos.
—Deben resolverse antes.
—No te corresponde decidirlo.
Cuauhtli dejó sobre la mesa un pequeño registro de bajas.
—Estos son los hombres que perdí para cumplir tu mandato.
El gobernante miró el documento.
—Serán honrados.
—Sus familias creyeron que luchaban por fortalecer nuestra casa. Merecen saber por qué ahora abrirás sus puertas a un ejército.
Acolmiztli se levantó.
—Te estás excediendo.
Cuauhtli inclinó la cabeza, pero no retiró el registro.
Balam, que acababa de entrar, se colocó a su lado.
El gobernante los observó juntos.
—La competencia ha terminado. Conservarán sus mandos si recuerdan a quién obedecen.
Ninguno respondió.
* * *
La ceremonia se celebró cuatro días después.
Hubo dos actos distintos. Primero, los representantes del gobernante anunciaron la unión ante los nobles de su casa. Después, un religioso extranjero pronunció palabras que Itzel todavía no comprendía.
Le hicieron repetir algunas.
Preguntó qué significaban.
Uno de los intérpretes contestó que expresaban obediencia y aceptación.
—Diles que mi padre acepta —respondió ella.
El hombre vaciló.
Cortés observó la demora.
La mujer que lo acompañaba se acercó para escuchar.
Itzel sostuvo su mirada.
La traducción llegó finalmente al extranjero.
Su expresión cambió.
Acolmiztli tomó a su hija del brazo.
No lo apretó mucho. No hacía falta.
La princesa miró los dedos de su padre sobre su piel.
Luego vio a Balam entre los asistentes.
Cuauhtli estaba unos pasos más atrás.
Ambos permanecían desarmados, como se había ordenado para la ceremonia.
Itzel volvió hacia el religioso.
Repitió las palabras.
* * *
Esa noche, Cortés recibió una habitación dentro del palacio.
Sus soldados ocuparon el patio cercano.
Acolmiztli había autorizado una guardia reducida. Llegaron más hombres de los acordados, con el pretexto de descargar equipaje y custodiar provisiones.
Uno de los oficiales extranjeros objetó que faltaban alojamientos y que los hombres estaban agotados. Cortés lo llevó aparte. Necesitaban los almacenes del palacio para sostener a sus tropas y mantener la confianza de los pueblos que los abastecían; si dependían por completo de aquellos aliados, no podrían imponerles condiciones después. Mandó pagar las primeras entregas con piezas de metal y cuentas de vidrio, y reservar los mejores aposentos para los jefes cuya colaboración todavía necesitaba.
Nadie los hizo salir.
Itzel estaba sentada junto a una lámpara cuando su esposo entró acompañado por un intérprete.
El hombre transmitió sus preguntas.
Quería saber qué pueblos entregaban tributo, cuáles tenían agravios y qué lenguas entendía ella.
La princesa respondió solo lo necesario.
Cortés colocó sobre la mesa un mapa que uno de sus hombres había comenzado a dibujar.
Señaló un camino.
Después, un almacén.
Itzel miró la línea que llegaba hasta el palacio.
—¿Por qué necesita saber dónde guardamos el alimento?
El intérprete llevó la pregunta.
Cortés respondió sin dejar de observarla.
—Porque ahora somos una misma familia —tradujo el hombre.
Itzel sintió el peso de las cuentas de jade bajo su vestido.
En el patio sonaron unas botas.
Luego oyó una discusión: un sirviente intentaba impedir que varios soldados cruzaran hacia los almacenes.
Cortés levantó la voz desde la puerta.
La discusión terminó.
El intérprete recogió el mapa y se retiró.
La princesa permaneció sentada.
Comprendió que la respuesta no había sido una explicación.
Había sido la primera orden.