Capítulo 3 de 15
Los hombres que trajeron el trueno
Itzel no durmió aquella noche.
Desde su habitación escuchó el movimiento del palacio: pasos apresurados, puertas que se abrían, órdenes pronunciadas en voz baja. Los mensajeros entraban por el patio oriental y salían hacia las casas de los consejeros. Nadie gritaba. Esa prudencia le produjo más miedo que una alarma.
Antes del amanecer, Citlali apareció con una manta sobre los hombros.
—Tu padre ha convocado a los capitanes.
Itzel se incorporó.
—¿A Balam y a Cuauhtli?
—A ellos también.
La princesa se vistió sin pedir ayuda. Al ajustar el broche recordó la vasija de obsidiana, el niño entre las flores, las luces sobre el agua.
Hasta entonces había podido pensar que aquella visión era consecuencia del cansancio.
Después de escuchar al mensajero, ya no.
* * *
En la sala del consejo olía a copal y a ropa húmeda.
El hombre llegado de la costa permanecía arrodillado frente al gobernante. A su lado habían colocado la pieza de metal sobre una tela. Un sacerdote la observaba sin tocarla.
Balam estaba cerca de la entrada.
Cuauhtli, cuyo hombro todavía necesitaba reposo, había retirado el cabestrillo para presentarse ante Acolmiztli. Itzel advirtió la rigidez de su brazo.
Su padre también la vio entrar.
—No te he llamado.
—Entiendo parte de la lengua de los pueblos de la costa. Si llegan otros emisarios, puedo ayudar.
Acolmiztli pareció dispuesto a rechazarla, pero uno de sus consejeros intervino:
—Conviene escucharla, señor.
El gobernante señaló un sitio apartado.
Itzel se sentó.
El mensajero volvió a contar lo ocurrido. Las enormes embarcaciones, los hombres que bajaron a la playa, las prendas que brillaban bajo el sol. Había visto animales altos sobre los que algunos de los extranjeros viajaban.
—¿Venados? —preguntó un capitán.
—No. Más grandes. Los hombres subían a sus lomos y los guiaban.
Un murmullo recorrió la sala.
Balam se adelantó.
—¿Cuántos eran?
—No pude contarlos a todos.
—¿Desembarcaron provisiones? ¿Construyeron refugios?
El mensajero asintió.
Cuauhtli miró a Balam antes de preguntar:
—¿Hablaron con alguien?
—Había hombres de nuestros pueblos entre ellos. Y una mujer.
Itzel levantó la cabeza.
—¿Una mujer que hablaba por los extranjeros?
—Eso parecía.
La princesa sintió un alivio breve. Si necesitaban intérpretes, podían equivocarse, preguntar, no comprender. Aquellos visitantes tenían límites.
Entonces el mensajero describió el arma.
Uno de los extranjeros había vertido algo en su interior y acomodado una pieza pequeña. Después la sostuvo frente a un árbol.
Hubo humo.
Un estruendo.
La corteza saltó como si un golpe invisible la hubiera arrancado.
—¿Cuántas veces lo hizo? —preguntó Balam.
—Dos.
—¿Con cuánto tiempo entre una y otra?
El hombre dudó.
Balam repitió la pregunta de otra manera, sin impaciencia.
El mensajero señaló el recipiente de agua que tenía cerca.
—Lo suficiente para beber despacio.
Cuauhtli dejó escapar el aire.
Acolmiztli se inclinó hacia él.
—¿Qué piensas?
—Que el arma necesita preparación.
Balam asintió.
—Y que debemos conocerla antes de decidir cómo enfrentarla.
El sacerdote apartó la tela que cubría el metal.
—Los presagios anunciaron acontecimientos extraordinarios.
Balam miró el objeto.
—Ese hombre tuvo que llenar su arma antes de dispararla. Podemos observar cómo lo hace.
El silencio que siguió fue incómodo.
Itzel comprendió que Balam había expresado lo que varios temían decir: el ruido podía parecer celestial, pero alguien lo producía con las manos.
* * *
Acolmiztli decidió enviar regalos.
También ordenó que una escolta acompañara a los emisarios para observar a los recién llegados.
Balam y Cuauhtli viajarían juntos.
Al escuchar la orden, ambos se miraron.
—Quiero informes completos —dijo el gobernante—. Sobre sus armas, sus intenciones y el hombre que los dirige.
—¿Y si avanzan hacia nuestros dominios? —preguntó Cuauhtli.
—Los recibirán nuestros representantes.
—Eso no responde qué haremos si no quieren detenerse.
Acolmiztli lo observó con frialdad.
—Por ahora, obedecerás.
Después volvió el rostro hacia Balam.
—Tu prudencia tendrá ocasión de resultar útil.
El capitán aceptó la burla sin bajar los ojos.
Itzel esperó a que el consejo terminara para acercarse.
—Quiero hablar con ustedes antes de que partan.
Su padre la escuchó.
—No los retengas. Saldrán hoy.
* * *
Los encontró en el patio donde habían comido la noche anterior.
Cuauhtli estaba intentando colocar nuevamente el cabestrillo. Balam le sostuvo la tela mientras él pasaba el brazo.
A Itzel le sorprendió aquella cercanía práctica.
El capitán águila advirtió su mirada.
—No le cuentes a nadie que necesito ayuda para vestirme.
—Tu secreto estará a salvo.
La sonrisa de Cuauhtli duró poco.
Balam recogió su manto.
—¿Qué deseas decirnos?
Itzel miró hacia el corredor. Citlali vigilaba desde allí.
—Yohual habló de esas embarcaciones antes de que llegara el mensajero.
Cuauhtli dejó de ajustar la venda.
—¿Cuándo?
—La noche en que mi padre anunció la competencia.
Balam se acercó.
—¿Qué más dijo?
Itzel recordó las manos del anciano, su miedo.
—Que mi padre estaba buscando al hombre más poderoso sin preguntarse qué haría cuando ya no necesitara obedecerlo.
Cuauhtli miró hacia la sala del consejo.
—Tu padre no piensa entregarles autoridad.
—Mi padre respeta la fuerza —respondió ella—. Y acaba de enterarse de un arma que no comprende.
Ninguno contestó.
Itzel sacó de una bolsa dos pequeñas cuentas de jade.
Habían pertenecido a una pulsera de su madre.
Entregó una a cada capitán.
Cuauhtli la sostuvo entre los dedos.
—¿Esto es una promesa?
—Es un encargo. Quiero recuperarlas.
Balam cerró la mano alrededor de la suya.
—Las tendrás.
Itzel negó suavemente.
—Regresa antes de asegurarlo.
* * *
Yohual estaba quemando una manta cuando ella llegó a su casa.
La tela ardía dentro de un recipiente de barro. El anciano removía las brasas con una vara.
—¿Qué haces?
—Eliminar humedad y pulgas.
La explicación, tan sencilla, hizo que Itzel se sintiera extrañamente cerca del llanto.
Se sentó sobre una estera.
—Las casas llegaron.
Yohual dejó la vara.
—Lo sé.
—¿Has vuelto a soñar?
El anciano asintió.
Itzel esperó.
Afuera, una mujer golpeaba una prenda contra una piedra. Se escuchaban el agua y los golpes regulares.
—Vi un patio —dijo Yohual—. Había hombres arrodillados. Uno intentaba levantarse y no podía.
—¿Quién era?
—No le vi el rostro.
La princesa apretó la bolsa vacía entre sus manos.
—Necesito que me digas algo que pueda cambiar.
Yohual se sentó frente a ella.
—Los sueños llegan incompletos.
—Pero sabes que ocurrirá una desgracia.
—Sé que debemos estar atentos.
Itzel sintió enojo.
Había ido buscando una instrucción, una forma de salvar a su padre de su propia soberbia y a los capitanes del camino que acababan de tomar. El anciano solo le ofrecía incertidumbre.
—Entonces, ¿de qué sirve ver?
Yohual recibió la pregunta sin ofenderse.
—Para reconocer algo cuando aparece. A veces eso concede un poco de tiempo.
La princesa bajó la mirada.
El curandero acercó una vasija de agua.
—Bebe.
Ella obedeció.
Después de un rato, preguntó:
—¿Los extranjeros también pueden tener miedo?
Yohual miró el fuego.
—Habrá que averiguar a qué.
* * *
El viaje de los capitanes hacia la costa tomó varios días.
A medida que descendían, el aire se volvía más cálido y húmedo. Escuchaban relatos distintos en cada pueblo. Algunos aseguraban que los extranjeros comían metal. Otros habían hablado con ellos y los describían cansados, hambrientos, irritables.
Cuauhtli prestaba atención a ambos tipos de historias.
Balam buscaba a quienes afirmaban haberlos visto.
En una aldea encontraron a un cargador que había transportado recipientes para los visitantes.
—¿Te pagaron? —preguntó Balam.
El hombre mostró unas cuentas de vidrio.
Cuauhtli tomó una.
La sostuvo frente a la luz y después la devolvió.
—¿Te gustaron?
—Mi hija nunca había visto un color así.
Balam preguntó por los animales y las armas. El cargador respondió cuanto pudo.
Antes de marcharse, Cuauhtli observó a una niña que jugaba con las cuentas junto a una puerta.
—Hay quienes los recibirán con gusto —dijo.
—Sí.
—Y quienes esperan usarlos contra nosotros.
Balam miró el camino.
—Tendremos que escuchar también a esos.
* * *
Vieron las embarcaciones al caer la tarde.
Cuauhtli se detuvo sobre una elevación desde la que podía contemplarse el mar.
Contempló el mar sin encontrar una pregunta.
Los cascos se levantaban sobre el agua con una altura que ninguno había imaginado. Había cuerdas por todas partes y enormes telas recogidas alrededor de postes.
En la playa se movían hombres, animales y cargadores.
Balam contó guardias.
Cuauhtli observó los caminos por los que entraban alimentos.
Luego descendieron junto a los emisarios.
El hombre que dirigía a los extranjeros salió a recibirlos con varios acompañantes. Tenía barba oscura y una expresión atenta. Su ropa mostraba señales del viaje, aunque llevaba adornos que buscaban distinguirlo de los demás.
Habló.
Sus palabras pasaron por dos voces antes de llegar a los capitanes.
Se llamaba Hernán Cortés.
Preguntó por el gobernante de la gran ciudad del lago.
Los emisarios entregaron los regalos.
Cortés contempló las piezas de oro durante más tiempo del que dedicó a las telas.
Cuauhtli lo advirtió.
Balam también.
Después vino una demostración.
Un soldado preparó el arma mientras otro despejaba el espacio. Balam observó cada movimiento.
Cuauhtli resistió el impulso de llevar la mano a su escudo.
El disparo hizo retroceder a varios cargadores.
El humo ocultó un instante al soldado.
Cortés miró los rostros de sus visitantes.
Parecía medirlos.
Balam mantuvo la vista en las manos del hombre que volvía a cargar.
* * *
Más tarde, mientras los emisarios conversaban, los dos capitanes quedaron cerca de los animales.
Uno resopló y golpeó la arena con una pata.
Cuauhtli retrocedió medio paso.
Balam sonrió apenas.
—Puedes contárselo a la princesa —murmuró el capitán águila—. Esta vez no te pediré discreción.
Entonces escucharon la pregunta.
Cortés había sabido que Acolmiztli tenía una hija adulta. Quería conocer su nombre, su posición en la casa gobernante y si había sido prometida.
El emisario principal respondió con orgullo.
Habló de su belleza.
De su conocimiento de las lenguas.
De los dos capitanes que disputaban el honor de casarse con ella.
La traducción terminó.
Cortés miró primero a Cuauhtli y luego a Balam.
Sonrió.
Balam sintió la cuenta de jade bajo el manto.
A su lado, Cuauhtli se quedó inmóvil.
El extranjero dijo algo más.
Mientras esperaban que las palabras llegaran hasta ellos, ambos comprendieron por qué Itzel les había hablado de su padre con tanto miedo.
Cortés deseaba visitar la ciudad.
Y deseaba conocer a la princesa.