Capítulo 2 de 15
Las victorias que no quería
Tres días después del anuncio, Itzel encontró una lista de pueblos sobre la mesa de su padre.
Cada nombre llevaba una marca roja.
Algunos ya entregaban tributo. Otros habían enviado emisarios para pedir que se redujeran las cargas después de una mala cosecha. Dos aparecían junto a dibujos de montañas: regiones difíciles de alcanzar, defendidas por caminos estrechos.
La princesa reconoció uno de los nombres.
Había escuchado a una mujer de aquel lugar explicar, con la voz temblorosa, que sus almacenes estaban vacíos.
—¿También vas a enviar soldados allí? —preguntó.
Acolmiztli levantó la mirada.
—No deberías entrar sin anunciarte.
Itzel señaló el nombre.
—Vinieron a pedir tiempo.
—Y les concedí tiempo.
—Hasta que decidiste ofrecerme como premio.
Su padre apartó la lista.
—Esos asuntos comenzaron antes de tu matrimonio.
—Entonces cancela la competencia.
Acolmiztli se reclinó en su asiento.
Detrás de él, una cortina se movía con el aire del patio. Itzel recordaba haberse escondido entre sus pliegues cuando era niña. Su padre fingía buscarla y después la levantaba en brazos.
Ahora había guardias a ambos lados de la puerta.
Uno de ellos había acompañado a su padre desde sus primeras campañas. Itzel recordó que también aquellos hombres debían obedecer órdenes que no habían elegido. Su enojo tenía un destinatario preciso; no quería descargarlo sobre quienes custodiaban el corredor.
—Balam y Cuauhtli partirán mañana —dijo el gobernante—. Cada uno tiene órdenes distintas. No atacarán sin ofrecer primero la posibilidad de someterse.
—¿Y si esos pueblos no pueden pagar?
—Aprenderán a cumplir.
Itzel sintió vergüenza de estar vestida con algodón fino mientras hablaban de gente que no tenía maíz.
—Permíteme acompañar a los intérpretes.
Su padre soltó una risa breve.
—No.
—Conozco la lengua de uno de esos pueblos. Podría escuchar sus condiciones.
—Tu lugar está aquí.
Ella miró nuevamente la lista, ahora cubierta por la mano de Acolmiztli.
—Mi lugar siempre está donde resulta más fácil tenerme callada.
El gobernante se puso de pie.
Los guardias se enderezaron.
—Basta.
Itzel salió sin inclinar la cabeza.
No consiguió detener la expedición. Pero aquella tarde mandó llamar al administrador de los almacenes de su madre.
* * *
Balam recibió las provisiones al anochecer.
Había mantas, vendas, recipientes con ungüentos y varios sacos de maíz. Entre ellos encontró una pequeña bolsa con hojas secas y una tablilla delgada cubierta de signos.
No sabía leer todos los dibujos, pero reconoció una flor creciendo entre dos piedras.
Se volvió hacia Citlali.
—¿Ella envió esto?
La acompañante de la princesa asintió.
—Las mantas son para los heridos. El maíz debe repartirse si encuentras hambre.
Balam contempló los sacos.
—El administrador tendrá que explicar su ausencia.
—La princesa ya se encargó.
—¿Cómo?
Citlali sonrió apenas.
—Dijo que una boda necesita muchos preparativos.
Balam dejó escapar una risa cansada.
Después tocó la tablilla.
—¿Hay algún mensaje?
—Sí. Que no le traigas algo que deba llorar.
El capitán permaneció en silencio.
Al otro lado del patio, sus hombres revisaban escudos y ajustaban correas. Uno de los más jóvenes probaba el filo de su arma sobre una rama.
Balam lo llamó.
—Mañana llevarás los sacos con los cargadores.
El muchacho miró las provisiones.
—¿Para nuestros hombres?
—Para quienes los necesiten.
No dio más explicaciones.
Cuando Citlali se marchó, guardó la tablilla dentro de su manto, cerca del pecho.
* * *
Cuauhtli recibió a Itzel en la terraza donde se reunían sus capitanes.
La princesa llegó acompañada por dos mujeres y un guardia que parecía lamentar profundamente su obligación de seguirla.
Los guerreros águila dejaron de hablar.
—Necesito conversar contigo —dijo ella.
Cuauhtli hizo una señal. Los demás se retiraron.
Desde allí podían verse las aguas del lago oscureciéndose.
—¿Vienes a pedirme que no parta? —preguntó.
—Vengo a pedirte que recuerdes lo que me dijiste en el jardín.
Él apoyó las manos en el borde de piedra.
—Que nunca contamos lo que dejamos detrás.
Itzel asintió.
—Hazlo esta vez.
Cuauhtli miró hacia la calzada.
—Si desobedezco, tu padre nombrará a otro. Quizá a alguien que no escuche.
—No te estoy pidiendo que abandones a tus hombres.
—Entonces dime qué esperas de mí.
La princesa tardó en responder.
Hasta ese momento había imaginado que bastaba con oponerse. Frente a él comprendió que ninguno podía romper por sí solo la voluntad de Acolmiztli.
—Que una familia no pierda su casa para que tú puedas ofrecerme una —dijo finalmente.
Cuauhtli bajó los ojos.
En el patio inferior, un criado encendió una lámpara de aceite.
—Tu padre contará las victorias —respondió—. No las familias que conserve.
—Yo sí.
Él volvió el rostro.
Itzel sostuvo su mirada.
—Si deseas que te conozca, regresa con algo que puedas contarme sin bajar la voz.
Cuauhtli respiró profundamente.
—Lo intentaré.
La princesa aceptó aquella respuesta. Era menos hermosa que una promesa, pero le pareció más verdadera.
Antes de marcharse, sacó la flauta de barro.
—La toqué ayer.
Una sonrisa le cambió el rostro al capitán.
—¿Y cómo sonó?
—Terrible.
Él rio.
La risa les permitió olvidar la expedición, al gobernante y el matrimonio anunciado.
Luego sonó un tambor en algún lugar del recinto.
Cuauhtli dejó de sonreír.
* * *
Los ejércitos salieron antes del amanecer.
Itzel los vio desde una ventana alta.
Balam avanzaba con sus hombres hacia una de las calzadas. Cuauhtli esperaba que terminara de pasar un grupo de cargadores antes de tomar el camino opuesto.
Ninguno levantó la mirada.
La princesa apretó la flauta entre las manos hasta que le dolieron los dedos.
Citlali permaneció a su lado.
—Regresarán —dijo.
Itzel pensó en las manos de Yohual sujetando las suyas.
—Eso no es lo único que me preocupa.
* * *
Balam encontró resistencia al quinto día.
El pueblo se levantaba junto a una ladera, protegido por una empalizada. Los defensores habían cortado los accesos más anchos y colocado piedras sobre los senderos.
Uno de sus oficiales propuso incendiar las primeras casas.
—El humo los obligará a salir.
Balam observó los techos de palma.
Detrás de la empalizada se movió una figura pequeña. Un niño llevaba un recipiente demasiado grande para sus brazos.
—Hay familias dentro —dijo el capitán.
—También hombres armados.
Balam llamó a los intérpretes.
La negociación duró hasta la tarde.
El señor del pueblo se negó a abrir. Habían pagado tributo durante años y, cuando solicitaron una reducción, recibieron amenazas.
Balam escuchó el mensaje completo.
—Dile que quiero ver los almacenes.
El intérprete vaciló.
—No nos permitirán entrar.
—Entonces que traigan lo que tienen. Aquí, donde todos puedan verlo.
Una hora después apareció una mujer con una cesta.
Solo contenía unos puñados de grano.
Otros habitantes la siguieron. Traían vasijas casi vacías, mazorcas pequeñas y raíces.
El oficial se inclinó hacia Balam.
—Puede ser un engaño.
El capitán miró las muñecas delgadas de la mujer.
—Puede.
Ordenó abrir uno de los sacos enviados por Itzel.
Aquella noche sus hombres comieron junto a los defensores de la empalizada.
No hubo amistad. Las armas permanecieron al alcance de todos.
Pero al amanecer, el señor del pueblo aceptó recibir a los emisarios del gobernante.
Balam envió un informe: el camino estaba asegurado, el pueblo reconocería la autoridad de Acolmiztli y el tributo debía aplazarse.
El oficial que había propuesto incendiar las casas se negó a poner su signo junto al informe.
—No tienes autoridad para perdonarles una deuda.
—No la he perdonado. Pido que se revise.
—El recaudador vendrá aunque tú te marches.
Balam miró a la mujer que había llevado la primera cesta. Si solo dejaba una promesa, su partida podía volverla más vulnerable.
Dispuso que dos de sus hombres acompañaran a los emisarios del pueblo hasta el palacio. Debían llevar el registro de las cosechas y permanecer mientras los consejeros lo examinaban. El oficial advirtió que aquello reduciría la escolta del capitán.
—Lo escribirás también —respondió Balam—. No voy a pedirte que ocultes mi decisión.
Sabía cuál de aquellas noticias desagradaría más en el palacio.
* * *
Cuauhtli tuvo que combatir.
En un paso entre cerros, sus exploradores descubrieron demasiado tarde a los hombres escondidos sobre las rocas.
La primera piedra derribó a un cargador.
Después llegaron los proyectiles.
Cuauhtli levantó el escudo y ordenó retroceder hacia terreno abierto. Un guerrero cayó junto a él; otro quedó atrapado bajo una carga de provisiones.
El capitán regresó para liberarlo.
Sintió un golpe en el hombro.
Por un momento perdió la fuerza del brazo.
—¡Déjame! —gritó el herido.
Cuauhtli cortó la cuerda que lo retenía.
—Levántate.
Consiguieron salir del paso y rodear a los atacantes antes de que oscureciera.
Cuando los defensores depusieron las armas, uno de sus oficiales pidió permiso para ejecutarlos.
Cuauhtli miró al hombre más cercano. Tenía sangre en la frente y sostenía contra el pecho una mano destrozada.
—Serán llevados ante los señores de su pueblo.
—Han matado a los nuestros.
Cuauhtli contempló los cuerpos tendidos junto al sendero.
—Lo sé.
Esa noche contó siete muertos.
Mandó escribir sus nombres antes de dictar el informe de la victoria.
* * *
Los mensajes llegaron a Tenochtitlan con dos días de diferencia.
Acolmiztli leyó primero el de Balam.
—¿Aplazar el tributo? —repitió.
El emisario guardó silencio.
—Envía comida y vuelve llamando victoria a la gratitud de unos campesinos.
Itzel estaba sentada cerca, trabajando sobre una tela.
No levantó la cabeza.
—Consiguió obediencia sin perder hombres.
—Consiguió que otros crean que basta enseñar una cesta vacía.
Después llegó el informe de Cuauhtli.
El gobernante escuchó las cifras, los prisioneros y el control del paso.
Aquello sí lo complació.
Itzel dejó de bordar cuando oyó los nombres de los siete guerreros muertos.
Uno había servido en la guardia del palacio.
Su esposa acababa de tener una hija.
La princesa se levantó.
—¿Adónde vas? —preguntó Acolmiztli.
—A ver a una viuda.
* * *
Pasaron varias semanas antes de que ambos capitanes regresaran.
Balam llevaba menos trofeos.
Cuauhtli tenía el brazo inmovilizado.
Durante la recepción, Acolmiztli elogió al capitán águila y exigió a Balam mejores resultados en la próxima campaña.
El aplazamiento del tributo se concedió por una sola cosecha, después de que los emisarios mostraran sus reservas ante los administradores. Acolmiztli hizo retirar a Balam el mando de una parte de la escolta y lo dejó asentado en el registro de la expedición. El capitán aceptó la sanción. Había conservado las casas del pueblo, pero sabía que no podría protegerlas siempre mediante una orden propia.
Itzel escuchó sin interrumpir.
Después buscó a los dos en el patio exterior.
Había preparado una mesa con comida y agua.
Cuauhtli se sentó con dificultad.
Balam le acercó el recipiente.
—Me dijeron que regresaste por uno de tus hombres.
—Tú habrías hecho lo mismo.
Balam no respondió.
Itzel sirvió las porciones.
Por primera vez los tenía cerca sin consejeros observándolos.
—Quiero saber qué ocurrió —dijo.
Ambos comenzaron a hablar de caminos y posiciones.
Ella negó con la cabeza.
—Lo que no pusieron en sus informes.
El silencio duró un rato.
Entonces Balam habló de una mujer que había escondido sus últimas semillas para poder sembrar.
Cuauhtli contó que el guerrero al que salvó no dejaba de pedir perdón por haberlo obligado a regresar.
La comida se enfrió mientras hablaban.
* * *
Aquella misma noche, un mensajero llegado de la costa entró al palacio.
Traía arena adherida a las sandalias y un objeto envuelto en algodón.
Los guardias lo condujeron ante Acolmiztli.
Itzel, que todavía atravesaba el corredor, se detuvo al escuchar la voz del hombre.
—Nuestros vigías las vieron desde la playa.
—¿Qué vieron? —preguntó el gobernante.
—Construcciones sobre el agua. Más grandes que cualquier canoa.
Itzel sintió que el corredor se estrechaba.
El mensajero abrió el envoltorio.
Dentro había una pequeña pieza de metal.
—Uno de sus hombres la dejó al bajar a tierra.
Acolmiztli la tomó.
—¿De dónde vienen?
—Del mar.
La princesa apoyó una mano contra la pared.
Recordó la casa de Yohual, el olor de las hojas molidas y aquella frase que había intentado olvidar.
Casas que caminaban sobre el mar.
El mensajero continuó:
—También vimos un arma. La levantaron hacia un árbol.
El gobernante dejó de examinar la pieza.
—¿Qué clase de arma?
—No lo sabemos, señor.
El hombre tragó saliva.
—Hizo el ruido del cielo cuando se rompe.