Capítulo 1 de 15
La hija del sol
La primera vez que Itzel vio su propia muerte, el agua todavía estaba quieta.
Se había arrodillado frente a una vasija de obsidiana para acomodarse una cuenta de jade en el cabello. Esperaba encontrar su rostro sobre la superficie oscura. En cambio, vio una pequeña embarcación cubierta de flores amarillas.
Había un niño dentro. No lloraba.
A su alrededor ardían unas luces diminutas que no se apagaban, aunque el viento inclinaba las flores hacia el agua.
Itzel acercó la mano.
La visión desapareció.
Permaneció inmóvil, atenta a los pasos de las sirvientas al otro lado del patio. Después volvió a mirar. Allí estaba su reflejo: ojos oscuros, piel morena, labios entreabiertos y el cabello negro cayéndole sobre un hombro.
Tenía veinte años y nunca había visto a aquel niño.
Sin embargo, todavía sentía en los brazos el peso de haberlo sostenido.
—Princesa.
La voz de su acompañante la hizo levantarse.
Citlali entró con una manta bordada y una expresión de urgencia.
—Tu padre te espera en el patio de las águilas.
—¿Ahora?
—Han regresado los guerreros.
Itzel olvidó por un instante la vasija.
—¿Los dos?
Citlali asintió.
La princesa tomó la manta, pero sus dedos tardaron en encontrar el broche.
* * *
Desde las terrazas del palacio, Tenochtitlan parecía flotar.
Las canoas atravesaban los canales cargadas de verduras, vasijas y flores. Más allá de las casas, las calzadas se extendían sobre el lago. Llegaban voces de los mercados y el golpeteo de los remos contra los bordes de madera.
Itzel había crecido entre aquellos sonidos.
Su padre decía que todo cuanto podía contemplar pertenecía al orden que él protegía. Ella sabía que también existían pueblos que enviaban tributos por miedo, familias que esperaban el regreso de sus hijos y mujeres que odiaban el nombre del gobernante.
Había aprendido a escuchar esas diferencias cuando acompañaba a los intérpretes del palacio. Su madre, nacida en una casa noble de otra región, le había enseñado que una lengua contenía más que palabras.
—Escucha cómo pide agua una persona —le decía— y sabrás cuánto teme a quien tiene enfrente.
Después de su muerte, Itzel había continuado aprendiendo.
Su padre consideraba útil aquella habilidad. Le permitía comprender a los emisarios sin depender enteramente de sus consejeros.
Pero esa mañana no la había llamado para escuchar embajadores.
En el patio aguardaban dos hombres.
Balam, capitán de los guerreros jaguar, llevaba una venda alrededor del antebrazo. Era alto, de hombros anchos y rostro severo, con una pequeña cicatriz junto a la boca. A sus veintiocho años había ganado una reputación que otros necesitaban una vida para alcanzar.
Cuauhtli, capitán de los guerreros águila, permanecía unos pasos a su derecha. Tenía veintisiete años y una forma de mantenerse erguido que hacía pensar en alguien acostumbrado a mirar desde las alturas. Su manto estaba limpio, pero la piel levantada sobre los nudillos revelaba una batalla reciente.
Ambos se inclinaron cuando ella apareció.
Balam levantó la mirada primero. Itzel sintió el impulso de sonreírle y lo contuvo. Cuauhtli lo advirtió.
El gobernante Acolmiztli estaba sentado bajo un dosel. A su alrededor se reunían nobles, sacerdotes y jefes militares.
—Acércate, hija.
Itzel obedeció.
Su padre le tomó la mano y la mantuvo junto a él mientras escuchaba los informes.
Cuauhtli habló de caminos asegurados, almacenes recuperados y un señor que había aceptado entregar tributo.
Balam describió una fortificación tomada después de tres días. Nombró a los muertos antes de mencionar la victoria.
Acolmiztli frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuántos enemigos sometiste?
Balam respondió.
—¿Y cuántos prisioneros trajiste?
El capitán dio otra cifra.
El gobernante pareció satisfecho.
Itzel miró la venda de su brazo. Había una mancha oscura cerca del codo.
—¿Tu herida es profunda? —preguntó.
El silencio se extendió por el patio.
Balam sostuvo su mirada.
—Sanará.
—Eso no responde a mi pregunta.
Una sombra de sonrisa apareció junto a su cicatriz.
—El curandero dice que conservaré el brazo, princesa.
Algunos nobles rieron discretamente.
Acolmiztli soltó la mano de su hija.
—Mi casa tiene motivos para celebrar —anunció—. Dos de nuestros mejores capitanes han regresado con victorias. Y ambos han solicitado un honor mayor.
Itzel volvió el rostro hacia él.
No le habían hablado de aquello.
Cuauhtli bajó la cabeza. Balam permaneció inmóvil.
—Han pedido unirse a mi linaje —continuó su padre— mediante el matrimonio con mi hija.
Itzel sintió que el patio se alejaba.
Había imaginado que un día tendría que casarse. Conocía los acuerdos entre familias gobernantes. Pero una cosa era temer una conversación futura y otra escuchar su vida anunciada ante hombres que ya parecían haber decidido su desenlace.
—Padre…
Él levantó una mano.
—Todavía no he elegido.
La palabra le dolió más que el anuncio.
Elegido.
Como si ella fuese un terreno cuya entrega convenía estudiar.
Acolmiztli se puso de pie.
—La mano de Itzel será concedida a quien demuestre mayor valor y someta más pueblos a nuestra autoridad. Mis consejeros escucharán los informes. Las victorias deberán ser verdaderas.
Cuauhtli apretó la mandíbula.
Balam miró a la princesa.
Ella esperaba que alguno hablara.
Ninguno lo hizo.
—Dentro de un año —concluyó el gobernante—, celebraremos la boda.
* * *
Itzel esperó hasta que los asistentes abandonaron el patio.
Entonces se volvió hacia su padre.
—¿Desde cuándo mi matrimonio es una recompensa?
Acolmiztli tomó una copa.
—Desde que naciste en esta casa.
—Pudiste preguntarme.
—Puedo preguntarte qué vestidos deseas. Qué músicos prefieres. Qué mujeres quieres a tu servicio.
—No estoy hablando de vestidos.
Su padre dejó la copa con un golpe seco.
—Tu esposo tendrá que proteger lo que heredes.
—¿Y para demostrarlo debe destruir lo que otros heredaron?
Acolmiztli la observó largamente.
—Hablas como tu madre cuando quería hacerme sentir vergüenza.
Itzel sostuvo su mirada.
—Quizá tenía razones.
Por primera vez, él pareció cansado.
La severidad de su rostro se aflojó apenas.
—He visto ciudades arder por tener gobernantes débiles. No permitiré que quedes a merced de uno.
—¿Y quién me protegerá de un hombre al que le enseñaste que puede ganarme matando?
Su padre no respondió.
Itzel se marchó antes de que pudiera prohibírselo.
* * *
Encontró a Balam junto a un canal del jardín.
Estaba intentando ajustar la venda con una sola mano.
—Déjame —dijo ella.
Él se volvió.
—No deberías estar aquí sin compañía.
—Citlali está detrás de esos árboles. Y yo sé caminar.
Balam le entregó el extremo de la tela.
Itzel lo acomodó despacio. Había una herida larga bajo el vendaje.
—Dijiste que sanaría.
—Y sanará.
—Siempre contestas lo necesario para no preocuparme.
—No sabía que te preocupaba.
Ella levantó los ojos.
El agua llenó la pausa entre ambos.
Se conocían desde antes de que Balam fuese capitán. Años atrás, Itzel lo había sorprendido llevando comida a un muchacho herido que trabajaba en las cocinas. Él le había pedido que guardara el secreto porque el administrador descontaba las ausencias de la ración familiar.
Desde entonces, ella había aprendido a reconocer sus pequeños actos silenciosos.
También sus ausencias.
Cada vez que partía, el palacio le parecía demasiado grande.
—¿Por qué aceptaste? —preguntó.
Balam miró el vendaje.
—Pedí tu mano. No pedí esa condición.
—Pero no la rechazaste.
Él recibió la acusación sin defenderse.
—Pensé que, si me negaba, tu padre te entregaría a otro.
—Y decidiste por mí lo que debía salvarme.
Balam cerró los ojos un instante.
—Sí.
La respuesta desarmó parte de su enojo.
—No quiero que regreses con una ciudad incendiada para ponerla a mis pies.
—Nunca haría eso.
—Entonces tendrás que decírselo a mi padre.
Balam miró hacia el palacio.
Ella terminó el nudo.
—Puede quitarme el mando —dijo él.
—Lo sé.
—Puede enviarme lejos.
Itzel retiró las manos.
—También lo sé.
Balam se acercó apenas.
No la tocó.
—Si me preguntas qué quiero, Itzel, quiero volver y encontrarte aquí. Escuchar lo que aprendiste mientras no estaba. Saber si todavía buscas aquellas flores pequeñas que crecen entre las piedras.
La princesa tragó saliva.
—Todavía las busco.
Él sonrió.
Esta vez ella no apartó la mirada.
* * *
Cuauhtli los esperaba al salir del jardín.
Balam se detuvo.
Los dos capitanes se observaron con la rigidez de quienes se conocen demasiado.
—Necesito hablar con la princesa —dijo Cuauhtli.
Balam miró a Itzel.
Ella asintió.
Cuando quedaron solos, Cuauhtli sacó de su manto un envoltorio.
Dentro había una pequeña flauta de barro.
—La encontré en el mercado de un pueblo del sur.
Itzel la tomó.
—¿Por qué me la trajiste?
—Porque una vez dijiste que en este palacio todo sonaba como una orden.
Ella recordó aquella conversación. Habían sido casi niños; Cuauhtli todavía no llevaba armas.
—Pensé que podrías hacer un sonido que fuera solamente tuyo —añadió él.
Itzel pasó el pulgar por el barro.
—Debiste preguntarme antes de solicitar mi mano.
—Temí que dijeras que no.
—Eso tampoco te daba derecho.
Cuauhtli bajó la mirada.
—Lo sé ahora.
No había arrogancia en su voz. Eso hizo más difícil permanecer enojada.
—Tu padre quiere victorias —dijo—. Yo quería una oportunidad.
—Una oportunidad no debe costarle la vida a otros.
Él contempló el canal.
—En la guerra nos enseñan a contar lo que ganamos. Nadie nos pide contar lo que dejamos detrás.
Itzel le devolvió la flauta.
Cuauhtli no la aceptó.
—Consérvala. No tienes que quererme para tocarla.
* * *
Aquella noche, la princesa buscó a Yohual.
El anciano vivía en una casa apartada, entre plantas medicinales y mantas que olían a humo. Era curandero y lector de presagios. Algunos lo respetaban; otros evitaban pronunciar su nombre después del anochecer.
La recibió sin sorpresa.
—Vi una embarcación —dijo Itzel—. Flores amarillas. Un niño.
Yohual dejó de moler las hojas que tenía enfrente.
—¿Viste quién lo acompañaba?
—Nadie.
El anciano se levantó con esfuerzo y abrió un pequeño envoltorio. Sacó una piedra blanca, atravesada por una veta rojiza.
—Anoche soñé con casas que caminaban sobre el mar.
Itzel frunció el ceño.
—Las casas no caminan.
—Estas llevaban hombres.
Afuera comenzó a soplar viento.
—Había un ruido —continuó Yohual—. Como un trueno que alguien pudiera sostener entre las manos.
La princesa recordó las diminutas luces sobre el agua.
—¿Qué significa?
Yohual guardó la piedra.
Tardó tanto en responder que ella sintió frío.
—Que tu padre está buscando al hombre más poderoso sin preguntarse qué hará ese hombre cuando ya no necesite obedecerlo.
—Debes advertirle.
—Ya lo hice.
—¿Y qué dijo?
El anciano miró hacia la puerta.
—Que los sueños no conquistan ciudades.
Itzel se sentó frente a él.
—¿El niño que vi va a morir?
Yohual no contestó enseguida.
En el patio cayó algo. Una rama, quizá. Ambos escucharon.
Después, el anciano tomó las manos de la princesa entre las suyas.
—Cuando llegue el momento, tendrás que confiar en el río.
—¿Qué momento?
Yohual apartó los ojos.
Y por primera vez desde que lo conocía, Itzel comprendió que el hombre capaz de hablar con los muertos tenía miedo.