Capítulo 13 de 13

El camino de regreso

La primera noche después de la detención de Salvatierra, Lucía durmió con la luz encendida. No ocurrió nada. Aun así, despertó seis veces. En una de ellas creyó escuchar la voz de su madre junto a la ventana. Se incorporó, esperó y terminó reconociendo el sonido de Jacinta, que hablaba dormida en la habitación contigua. A la mañana siguiente, encontró a su abuela preparando café. La anciana había puesto tres tazas.

—¿Esperas a alguien?

—Aurelio dijo que vendría cuando le permitieran salir.

Lucía se sentó. Tenía el hombro vendado y una rigidez que le llegaba hasta el cuello. El médico que la atendió había escuchado su explicación sobre el ataque sin levantar los ojos del expediente. La enfermera había retirado pelos oscuros de su camisa desgarrada antes de limpiar la mordida. El médico no le pidió que explicara de dónde venían; anotó la lesión y la atención que necesitaba. Jacinta dejó una taza frente a ella.

—¿Dormiste?

—Un poco.

La anciana asintió. Durante años, aquella cocina había sido el lugar donde ambas evitaban pronunciar el nombre de Elena. Ahora parecía demasiado pequeña para todo lo que tenían que decir.

—Quiero volver a poner su fotografía —dijo Lucía.

Jacinta se quedó quieta. Después fue por un martillo.

* * *

Los días siguientes trajeron personas a la puerta. Algunas llevaban pan, comida o noticias. Otras buscaban a Lucía para hablar de un familiar que había desaparecido mucho antes. Ella anotaba los nombres. No podía prometer que los encontrarían, pero enviaba la información a quienes investigaban las cuevas y el aserradero. Llegaron familias desde otros pueblos de la sierra.

Una mujer reconoció el reloj de su esposo entre las fotografías de los objetos recuperados. Un hombre encontró una bolsa bordada que había pertenecido a su hermana. La identificación de los cuerpos tomó semanas. Lucía acompañó a Rosa cuando confirmaron que uno de ellos era Inés Martínez. Gabriel no estuvo allí. Sus padres decidieron hablar con él en casa, con tiempo y ayuda. Lucía los visitó después.

El niño estaba sentado bajo un árbol, haciendo un hoyo con la punta de un palo.

—¿Ella me quería? —preguntó.

Lucía se agachó a su lado.

—Tu madre intentó cuidarte en un lugar donde no la dejaban hacerlo.

Gabriel hundió el palo en la tierra.

—¿Y Elena?

—Te sacó de allí.

Él miró hacia la casa. Rosa estaba en la puerta.

—Entonces tengo que acordarme de las dos.

Lucía sintió que se le cerraba la garganta.

—Sí.

Gabriel dejó el palo y corrió hacia su madre. Lucía permaneció junto al árbol hasta poder levantarse.

* * *

Daniel volvió a San Jerónimo al cabo de un mes. Andrés había preparado la casa donde crecieron. Cambió el colchón, reparó una llave que goteaba y dejó una lámpara junto a la cama. La primera tarde, Daniel se quedó de pie frente al lavadero. La higuera ya no estaba.

—Se secó —dijo Andrés.

Su hermano observó el espacio vacío. Después preguntó dónde habían enterrado a su madre. Fueron juntos al panteón. Lucía no los acompañó. Los esperó en la casa con comida caliente. Daniel regresó agotado. Comió unas cucharadas y se quedó dormido sentado. Todavía despertaba cuando alguien silbaba en la calle. Todavía le costaba cerrar una puerta sin comprobar que podía abrirla otra vez.

Aurelio empezó a visitarlo por las tardes. Hablaron de otras cosas antes de hablar del cambio: del clima, de los cafetales, de una mula que Daniel había tenido de joven. Una tarde, Andrés llamó a Lucía.

—Salió al patio.

—¿Daniel?

—Sí. Se sentó solo. Dijo que quería escuchar el río.

Lucía sonrió por primera vez en todo el día.

* * *

Tomás y Roberto regresaron a clases. La pierna de Roberto necesitó tiempo para sanar. Tomás conservó cuatro cicatrices en el antebrazo. Al principio, algunos compañeros les pidieron que contaran lo ocurrido. Después apareció una versión que hablaba de una pelea entre animales y otra según la cual habían encontrado un tesoro. Petra fue a hablar con la directora. Los muchachos dejaron de dar explicaciones. Lucía los encontró una mañana frente a la tienda.

Roberto apoyaba una muleta contra la pared. Tomás sostenía dos refrescos.

—Ya no vamos por el arroyo —dijo este.

Roberto lo miró.

—Por ahora.

Lucía les sostuvo la mirada. Ambos bajaron los ojos y sonrieron, avergonzados. Ella les preguntó por las heridas. Esta vez hablaron de lo que dolía todavía, de una mano que se cansaba al escribir y de la pierna que no les permitía correr. Fue suficiente.

* * *

Julián declaró sobre la muerte de Elena y sobre las personas que habían llevado al aserradero. Su testimonio no borró lo que hizo. Tampoco Lucía se lo ofreció. Cuando él pidió verla, ella aceptó una sola vez, acompañada por Andrés. Julián quería entregarle un detalle que no había recordado durante la primera declaración.

—Elena le dijo que usted nunca iba a ser suya.

Lucía permaneció en silencio. El hombre miró sus manos.

—Esteban dijo que podía esperar.

Ella salió sin despedirse. En el camino, Andrés no intentó hablar. Lucía agradeció que le permitiera llevar aquella frase hasta donde pudiera dejarla descansar.

* * *

Salvatierra sobrevivió a la herida. Las primeras semanas intentó llamar a algunos de los detenidos que también habían trabajado para él. Nadie aceptó verlo. Sin las trenzas y lejos de las personas a quienes había enseñado a obedecerlo, sus voces prestadas resultaban cada vez menos precisas. Conservaba la posibilidad de volverse coyote; los agentes que lo habían visto cambiar dejaron constancia de esa capacidad, aunque otros no supieran qué hacer con sus declaraciones.

Lo trasladaron en el compartimento cerrado de un vehículo de custodia durante la recuperación de sus heridas. Después, una celda individual, sin ventanas abiertas ni desagües descubiertos, impidió que su cuerpo animal encontrara una salida. Cada movimiento se vigilaba entre dos agentes. Andrés insistió en que nadie entrara solo cuando pidiera ayuda y en que su identidad se comprobara durante cada traslado. No podían quitarle lo que era. Podían dejar de ofrecerle un acceso.

Las libretas, los objetos recuperados y las declaraciones dieron forma a la investigación. Hubo cosas que los expedientes no pudieron nombrar. Los hombres encerrados, las heridas y los cuerpos sí tenían nombres. Con ellos empezó el proceso.

Efraín y Baltasar declararon sobre sus años al servicio de Salvatierra y sobre el encierro con que castigó sus intentos de irse. Saúl fue localizado en otro pueblo y quedó sujeto a la investigación por los traslados que había realizado. Lorenzo seguía desaparecido; su familia recibió información sobre la búsqueda, sin que nadie lo diera por muerto.

Los agentes revisaron también el aviso antiguo que Aurelio había llevado a la cabecera. Encontraron una anotación sin seguimiento y comenzaron a investigar quién había informado a Salvatierra. La vergüenza de Aurelio no desapareció con aquel hallazgo. Por primera vez, su silencio tenía una fecha y otras responsabilidades que podían examinarse. Lucía recibió una carta de Salvatierra varios meses después. No la abrió.

La guardó con los documentos de la investigación y continuó leyendo las páginas de Elena que ya habían podido devolverle.

Las trenzas permanecieron separadas bajo resguardo. Tras fotografiar cada nudo y conservar muestras para la investigación, solicitaron ayuda a Aurelio para deshacer el tejido colectivo. Trabajó con guantes y agua tibia, bajo la mirada de dos testigos, sin quemar ni cortar el pelo. Los mechones ajenos quedaron en sobres individuales; el de Esteban, en otro depósito.

Daniel pidió recuperar el suyo cuando se lo permitieran. La trenza de Elena fue devuelta a Lucía después de que documentaran su relación con el robo. Ella la guardó junto a los cuadernos, fuera del alcance de Salvatierra. La llamada no desapareció de los sueños de todos aquella misma noche, pero nadie volvió a sentir que un objeto mezclado con su pelo respondía por ellos. Su madre también había escrito sobre otras noches.

Una vaca perdida que encontró cerca de una barranca. Un hombre al que condujo hasta el camino cuando la niebla lo desorientó. Plantas que quería estudiar. Heridas que observó durante semanas.

Entre todo aquello había una nota sobre Lucía:

Hoy volvió a decir que quiere ser médica. Curó a una muñeca con una venda que me quitó del bolso.

Lucía leyó la frase muchas veces.

* * *

Aurelio tardó en recuperar la fuerza. Durante ese tiempo, se presentó en casa como hombre. Aceptaba café, discutía con Jacinta por la cantidad de azúcar y se quedaba dormido en una silla del patio. Una tarde, Lucía le preguntó por qué había pasado tantos años bajo su ventana. Él miró el limonero.

—Tu madre me pidió que no te dejara sola cuando ella salía.

—Pudiste decirme quién eras.

—Pensé que te daría miedo.

Lucía recordó las tortillas.

—Me habría dado curiosidad.

Aurelio sonrió. Ella dejó la taza sobre la mesa.

—No quiero que sigas decidiendo eso por mí.

El hombre asintió. A partir de entonces, cada vez que fue al monte, le dijo por qué salía y dónde pensaba regresar.

* * *

Lucía volvió a trabajar en Oaxaca. No abandonó su consultorio ni se mudó de golpe al pueblo. Organizó sus días para visitar a Jacinta y pidió colaborar algunas jornadas al mes con el centro de salud de San Jerónimo. Todavía necesitaba aprender. Aurelio la acompañó durante sus primeras salidas voluntarias.

Eligieron lugares tranquilos, lejos de los caminos. Lucía dejó ropa limpia y el rebozo dentro de una bolsa. Andrés esperó las primeras veces junto al coche. El cambio siguió doliendo. El regreso también. Pero dejó de estar ligado al silbido de otro. Aprendió a reconocer el cansancio antes de salir. Aprendió cuánto podía alejarse y qué recuerdos le ayudaban a volver.

Una noche, después de recuperar su cuerpo humano, encontró a Andrés sentado junto a la bolsa.

—Te tardaste.

—Me quedé escuchando.

Él le ofreció agua. Lucía bebió y se sentó a su lado. La sierra estaba oscura, llena de sonidos que antes no había sabido distinguir.

* * *

Al terminar la temporada de lluvias, llevaron flores a la tumba de Elena. Jacinta caminó con el bastón. Aurelio cargó el agua. Rosa y Gabriel llegaron poco después. Lucía limpió la fotografía de la lápida. Su madre aparecía sonriendo. Durante doce años había recordado aquella tumba pensando en una mujer que murió en un accidente. Ahora conocía su miedo, sus errores y las decisiones que había tomado aquella última noche. Se arrodilló.

—Ya lo encontramos, mamá.

Jacinta puso una mano sobre su espalda. Lucía no necesitó explicar a quién se refería. Habían encontrado a Daniel. A Gabriel. A las personas que por fin podían volver con sus familias. Y algo de Elena que nunca había cabido en una fotografía. Aquella noche, Lucía salió sola al monte por primera vez.

Aurelio conocía su recorrido y le había avisado que cruzaría la vereda baja de vuelta de las huertas. Jacinta había dejado una toalla junto a la puerta. Andrés sabía a qué hora esperaba regresar. Caminó hasta una loma donde los árboles permitían ver las luces del pueblo. Dejó la bolsa sobre una piedra y extendió el rebozo. Después cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el viento llegaba cargado de olores. Tierra seca. Café. Agua distante. Avanzó entre los troncos. Un perro negro la esperaba al borde de la vereda. Lucía se detuvo. Aurelio ladeó la cabeza. Ella recordó al animal atravesado en la carretera, la rama cayendo frente al coche y todos los caminos que había recorrido desde entonces. El perro se apartó. Lucía pasó a su lado. No la seguía una orden.

Más abajo, en San Jerónimo, una ventana permanecía encendida. Sabía quién la esperaba. Sabía cómo regresar. Y antes de bajar, se quedó un momento bajo los árboles, respirando con el cuerpo que había aprendido a llamar suyo.

FIN