Capítulo 12 de 13

La piel que eligió

Salvatierra salió de la escalera apoyándose en los brazos. El hombro herido le colgaba más abajo que el otro. Tenía la camisa desgarrada y una cuerda de pelo oscuro alrededor del cuello. La trenza terminaba sobre su pecho, atada con varios hilos rojos. Lucía vio cómo cambiaba su rostro.

Su propia boca apareció en él, torcida por el esfuerzo. Después desapareció, dejando los labios de Elena. La piel parecía buscar una forma que no conseguía sostener. Cárdenas levantó el arma.

—Al suelo.

Salvatierra se detuvo. Andrés se colocó al otro lado, junto a la mesa de evidencias. Los demás agentes empezaron a entrar desde el patio. Por primera vez, Esteban no tenía un camino despejado. Lucía retrocedió hacia la puerta principal. Él la siguió con los ojos.

—No te vayas.

La voz era la suya. La de Lucía. Escucharla desde aquella boca le produjo una náusea inmediata.

—No me mires —añadió Esteban—. Mírate.

Ella apartó la vista. En la mesa había una fotografía de su madre. La tomó como referencia, sin acercarse: el patio, la niña dormida, la mano que sujetaba la trenza. Su madre había podido vivir con aquel cuerpo. También ella.

* * *

Esteban cayó de rodillas. Cárdenas avanzó un paso.

—Las manos donde pueda verlas.

Salvatierra levantó una. Con la otra apretó la trenza. El silbido atravesó la nave. Afuera, junto a la ambulancia, alguien gritó. Lucía sintió que se le cerraba el pecho. Andrés la llamó. Ella apoyó una mano en el marco.

—Lucía Mendoza.

Pronunció su nombre con dificultad. Esteban sonrió.

—Eso te enseñaron.

Volvió a silbar. La llamada era más fuerte que en la cascada. Lucía cayó sobre una rodilla. Cárdenas se acercó para ayudarla y ella le hizo un gesto para que se apartara.

—Ve con los de afuera.

El policía dudó. Desde el patio llegó un golpe contra la ambulancia. Después otro. Cárdenas miró a Andrés, que asintió. Salió corriendo. Salvatierra aprovechó el movimiento para lanzarse contra el agente más cercano.

* * *

La lámpara colgada sobre la mesa empezó a balancearse. El hombre al que Esteban había embestido cayó contra una caja. Otro agente trató de sujetarlo por la espalda, pero sus manos resbalaron sobre una piel que ya no tenía la misma forma. Andrés gritó que se apartaran. Salvatierra se encogió. Un coyote apareció entre la ropa desgarrada. El extremo de la trenza golpeó el suelo. Lucía lo vio.

Negro, húmedo, aún sujeto al cuello del coyote por el cordón. El coyote tiró de ella y corrió hacia el fondo de la nave. Andrés intentó cerrarle el paso. Salvatierra saltó sobre un banco de trabajo y lo derribó. Las herramientas cayeron con un estrépito que hizo retroceder a los agentes. Lucía consiguió levantarse. Tenía las manos rígidas y el dolor extendido hasta los hombros. Podía resistir unos minutos más. Tal vez.

Pero el animal se dirigía hacia una abertura detrás de las máquinas. Si alcanzaba el patio posterior, volvería al monte. Lucía miró el rebozo verde que llevaba en la mochila. Lo sacó. Lo dejó sobre una silla, lejos de las herramientas. Luego miró a Andrés.

—Voy a volver aquí.

Él entendió antes de que ella se tendiera sobre el suelo.

* * *

Esta vez Lucía no pronunció su nombre para detener el cambio. Lo dijo para recordarlo. Después pensó en la vuelta. En el rebozo sobre la silla. En Andrés esperándola. El dolor llegó igual, pero dejó de ocuparlo todo. Entre una contracción y otra había espacio para escuchar, para saber dónde estaban los demás. La nave olía a aceite, madera fresca y miedo.

Cuando abrió los ojos, vio la puerta posterior a través de las patas de un banco. Salvatierra estaba allí. Un agente había conseguido cerrarla. El coyote arañaba la madera. Lucía se incorporó. Andrés dijo algo a los demás. Escuchó su nombre. Nadie disparó. Salvatierra giró hacia ella. El pelo del lomo se le erizó. Lucía avanzó.

No necesitaba perseguir una sombra entre los árboles. Lo tenía delante, herido, encerrado por las mismas paredes donde había retenido a otros. El coyote enseñó los dientes. La trenza negra golpeaba el suelo junto a una de sus patas.

* * *

Se lanzó primero. Lucía sintió el peso de su cuerpo contra el pecho y el dolor de una mordida junto al hombro. Cayó de costado. Salvatierra intentó alcanzar su garganta. Ella lo empujó con las patas traseras y consiguió apartarlo. El animal chocó contra una mesa. Se escuchó un disparo desde el patio. Lucía volvió la cabeza apenas. Ese instante permitió que el coyote saltara hacia la escalera del sótano.

La trenza quedó atrapada en una pata del banco. Salvatierra tiró. El cordón le apretó el cuello. Lucía se incorporó y apoyó una pata sobre el pelo trenzado. Él se volvió hacia ella. En su mirada apareció una furia distinta. Ya no intentaba llamarla. Quería que se apartara. Lucía sostuvo la trenza contra el suelo. Andrés se acercó con una herramienta de corte que había recogido junto al banco. El coyote lo vio.

Se lanzó hacia su brazo. Lucía interceptó el movimiento. Ambos animales rodaron hasta el borde de la escalera. El hocico de Salvatierra quedó cerca de su cara. Lucía sintió su aliento. También percibió algo debajo: agotamiento, dolor, la sangre de una herida que seguía abierta. Podía matarlo. La idea apareció con la misma claridad con que había visto el fondo de la poza. Bastaba un movimiento. Salvatierra debió sentirlo.

De su garganta salió la voz de Elena.

—Mi niña.

Lucía apretó las mandíbulas. La cara de su madre pasó sobre el hocico como una imagen mal colocada. Los ojos no coincidían. La boca se abrió demasiado.

—Mi niña, ayúdame.

Lucía recordó el papel sobre Gabriel.

No pienso dejarlo aquí para averiguarlo.

Su madre había cambiado para sacar a un niño. Ella acababa de cambiar para impedir que aquel hombre escapara. No iba a entregarle también la manera en que usaría su fuerza. Se apartó lo suficiente para sujetarle el cuello contra el suelo sin hundir los dientes. Andrés cortó el cordón.

* * *

La trenza cayó separada del cuerpo. Salvatierra se estremeció. Intentó emitir las dos notas, pero el sonido salió roto. La trenza ya no rozaba su cuerpo. El silbido seguía siendo suyo; la fuerza que lo había acompañado acababa de interrumpirse. Lucía mantuvo el peso sobre él. Andrés arrastró la trenza lejos de sus patas con la herramienta y pidió una bolsa. Un agente se acercó.

El pelo seguía allí, oscuro y ordinario bajo la luz. No se deshizo ni dejó de parecer un objeto. Sin embargo, algo había cambiado. Lucía ya no sentía la llamada en la mandíbula. Salvatierra empezó a contraerse debajo de ella. Su cuerpo perdía la forma del coyote.

El esfuerzo de la pelea y la pérdida de la trenza lo habían dejado sin concentración para sostenerla. Seguía teniendo un cuerpo animal propio; Lucía lo sabía. Por eso no apartó los ojos mientras los agentes se acercaban. Lucía retrocedió. El hombre quedó tendido junto a la escalera, con una mano sobre el cuello y la otra sobre el hombro herido. Andrés lo apartó del borde. Dos agentes lo sujetaron.

Esta vez las esposas cerraron alrededor de muñecas humanas. Andrés pidió una camilla de traslado. Las lesiones de Salvatierra, una en el hombro y otra en el cuello, dificultaban cualquier nuevo esfuerzo. Aseguraron las correas y mantuvieron a dos agentes junto a él. La bolsa con la trenza salió de la nave por otra puerta.

* * *

Lucía regresó a la silla. No corrió. Le dolía el hombro y una pata delantera temblaba al apoyar. El rebozo estaba donde lo había dejado. Andrés permanecía ocupado con Salvatierra, pero Cárdenas entró desde el patio y la vio acercarse. Se detuvo a varios pasos.

—Los de afuera están vivos —dijo.

Ella levantó la cabeza.

—Uno intentó escapar. Lo sujetamos. El otro pidió ayuda.

Lucía se tendió junto al rebozo. Cárdenas hizo que los agentes se apartaran y colocó una manta cerca de ella. Después miró hacia la puerta, dándole espacio. Lucía cerró los ojos. Pensó en su firma. En el pan compartido. En Jacinta preguntándole si tenía las manos frías. El regreso fue lento. Cuando pudo incorporarse, estaba cubierta con la manta y tenía el rebozo bajo una mejilla. Cárdenas le acercó la mochila.

—Hay ropa ahí.

Ella asintió. Por un momento no pudo hablar.

* * *

Salvatierra necesitó atención antes de ser trasladado. Lucía permaneció sentada mientras otro médico revisaba su hombro. Andrés se acercó con agua y le observó la mordida, visible bajo la tela rota.

—También te van a atender.

Ella bebió. Desde la camilla, Esteban la miraba. Su rostro había recuperado una sola forma. La suya.

—Tienes más de mí de lo que crees —dijo.

Lucía no respondió. El médico le pidió que permaneciera quieto. Salvatierra volvió a mirarla.

—Elena iba a matarme.

Andrés sacó el teléfono y llamó al investigador que tomaba las declaraciones. Lucía sostuvo la mirada de su padre.

—¿Por eso la empujaste?

Él cerró la boca. Demasiado tarde. El investigador se acercó. Andrés repitió la pregunta. Salvatierra miró las esposas. Después la bolsa donde habían guardado la trenza.

—Se llevó al niño —murmuró.

Lucía se puso de pie. El dolor le recorrió el hombro, pero no volvió a sentarse.

—Gabriel está en casa con su familia.

Esteban levantó el rostro. Ella dejó que entendiera. Había perdido a Daniel. Había perdido a los que mantenía encerrados. Y tampoco había encontrado al niño.

* * *

Lo sacaron de la nave cuando ya era de noche. Los agentes llevaron también la trenza que pertenecía a Elena, hallada en un bolsillo de su ropa. La fotografiaron antes de guardarla. Lucía reconoció el pelo y el nudo que aparecía en la imagen de su madre. La guardaron en una bolsa distinta, separada de la trenza colectiva. Las libretas, los documentos y las cajas quedaron bajo resguardo.

Afuera, dos hombres permanecían sentados junto a la ambulancia. Uno lloraba. El otro repetía su nombre mientras un paramédico lo cubría. Lucía pasó cerca de ellos. El que lloraba levantó los ojos.

—¿Ya no llama?

Ella se detuvo. Escuchó el monte. El arroyo. Las voces del pueblo que llegaban desde el camino.

—Ahora puedes escuchar otra cosa —dijo.

El hombre miró al compañero que tenía al lado. Le tomó la mano. Lucía continuó hacia Andrés. Él había abierto la puerta de la camioneta, pero la esperaba sin apurarla. Por primera vez desde su regreso a San Jerónimo, la oscuridad entre los árboles no parecía estar aguardando una orden. Lucía se quedó un momento mirando la sierra. Después subió. Todavía tenía que volver a casa.