Capítulo 11 de 13

La casa de las pieles

—¿Era un niño?

Lucía hizo la pregunta sin apartar los ojos de Julián. Él miró hacia los agentes.

—Era pequeño.

—Eso no es una respuesta.

—No pude verlo bien. Estaba envuelto.

Andrés, que había regresado al consultorio, cerró la puerta.

—Cuenta lo que pasó desde que llegaron.

Julián apoyó la mano vendada sobre una rodilla.

—Esteban bajó primero. Yo dejé el motor encendido. Elena estaba junto a la vereda, con el bulto contra el pecho. No quería subir a la camioneta.

Lucía sintió las uñas clavarse en sus palmas.

—Él le dijo que se lo diera. Ella se apartó. Después empezó a cambiar.

—¿Mi madre?

Julián asintió.

—Dejó al niño detrás de una piedra. Esteban fue hacia él y ella se le echó encima.

Andrés sacó su libreta.

—¿Qué hiciste tú?

—Me quedé junto al coche.

—¿Qué viste?

Julián empezó a respirar más rápido.

—Se fueron hasta el borde. Oí que ella gritaba. Después él regresó solo.

Lucía esperó.

—Traía sangre en la cara —añadió Julián—. Me mandó a buscar al niño.

—¿Lo encontraste?

El hombre negó.

—Había una cobija. Nada más.

* * *

La declaración quedó registrada. Lucía salió al corredor y se sentó en la primera silla que encontró. Andrés se quedó dentro unos minutos más, haciendo preguntas que ella ya no pudo escuchar. Jacinta apareció al fondo, llevando una bolsa de pan. Se detuvo al verla. Lucía levantó el rostro.

—Había un niño con mi madre la noche que murió.

La anciana dejó la bolsa sobre una silla.

—¿Quién te dijo eso?

—Julián. Estuvo allí.

Jacinta se sentó a su lado.

—Elena vino esa tarde. Dijo que quizá tendría que recibir a alguien por unos días.

—¿A un niño?

—No me dijo.

Lucía miró sus manos.

—Si alguien lo encontró, podría seguir aquí.

Jacinta observó el movimiento de las enfermeras en el corredor.

—Puede que alguien tenga miedo de decirlo.

—Ya hay cuerpos. Daniel estuvo doce años encerrado. ¿Qué más necesitan para hablar?

La anciana recibió la pregunta en silencio. Luego le tomó una mano.

—Tú acabas de saber lo que ocurrió. Ellos llevan años viviendo junto a quien lo hizo.

* * *

Andrés salió del consultorio con el responsable del operativo. Se habían preparado para entrar al aserradero. La información de Julián coincidía con los accesos observados desde la sierra, y varios vehículos seguían dentro del terreno.

—Voy con ustedes —dijo Lucía.

Andrés negó.

—No.

—Puedo reconocer los objetos de mi madre.

—Después de que aseguren el lugar.

Lucía iba a insistir cuando sintió una punzada en la mandíbula. Se quedó quieta. Andrés la vio llevarse la mano al rostro.

—¿Otra vez?

Ella asintió. El responsable del operativo miró de uno a otro. Andrés no intentó explicar allí lo ocurrido.

—Quédate con Jacinta. Te llamaré cuando podamos acercarte.

Lucía miró hacia las habitaciones. Aurelio seguía herido. Daniel intentaba comprender que su madre había muerto. Ella también estaba agotada. Aceptó.

* * *

Una hora después, una mujer llegó al hospital buscando a Jacinta. Tenía el cabello recogido, las manos manchadas de tierra y un chaleco de lana sobre la blusa. Lucía la reconoció cuando se acercó. Rosa Mendoza. La mujer de uno de los hombres que habían ayudado a sacar a Roberto del almacén.

—Petra me dijo que estaban aquí.

Jacinta la invitó a sentarse. Rosa no lo hizo.

—Necesito hablar con usted.

Miró a Lucía.

—También con la doctora.

Se alejaron hasta un rincón del corredor. Rosa sujetaba un sobre con tanta fuerza que las esquinas estaban dobladas.

—Mi esposo fue a la cueva ayer —dijo—. Vio al muchacho que encontraron.

—Daniel —respondió Lucía.

La mujer asintió.

—Cuando me contó su nombre, supe que ya no podía seguir callada.

Sacó una fotografía. Era una imagen de estudio: Rosa y su esposo, más jóvenes, sentados junto a un niño de unos cuatro años.

—Se llama Gabriel.

Lucía tomó la fotografía.

—¿Dónde está?

—En casa. Tiene doce años.

Jacinta apoyó las manos sobre el bastón.

—Rosa…

La mujer comenzó a llorar.

—Aurelio lo dejó bajo el aguacate de nuestro patio y llamó a mi esposo desde la cerca. Nosotros lo recogimos allí.

Rosa aceptó acompañarlas hasta la habitación de Aurelio. Al ver el sobre en sus manos, él pidió que cerraran la puerta. Rosa permaneció junto a la ventana. Lucía se quedó de pie al pie de la cama.

—Dijiste que llegaste después —le recordó.

El hombre asintió.

—Al cuerpo de Elena.

—Pero viste al niño.

Aurelio se pasó una mano por el rostro.

—Oí la camioneta. Estaba abajo, cerca del arroyo. Cuando subí, el niño lloraba detrás de una piedra.

—¿Por qué no buscaste a mi madre?

La pregunta lo hizo cerrar los ojos.

—Esteban estaba regresando. Tenía que escoger.

Lucía sintió que el enojo le cerraba la garganta.

Aurelio continuó:

—Llevé al niño al patio de Rosa. Lo dejé bajo el aguacate y llamé a su esposo desde la cerca. Cuando pude volver a la barranca, Elena ya estaba muerta.

Rosa sostuvo el sobre contra el pecho.

—Nos pidió que lo cuidáramos. Que no dijéramos dónde lo habíamos encontrado.

—¿Sabían quién era? —preguntó Lucía.

La mujer negó.

—Traía una pulsera de hilo y un papel dentro de la cobija. Decía Gabriel.

Aurelio miró a Lucía.

—Elena lo sacó del aserradero.

* * *

Rosa entregó el papel. Lo había guardado doce años. La letra de Elena aparecía sobre una hoja pequeña, arrancada de un cuaderno.

Gabriel. Su madre se llama Inés.

Lucía recordó la tablilla junto a uno de los bultos. Inés Martínez.

—¿Por qué estaba allí un bebé? —preguntó.

Aurelio se acomodó con dificultad.

—Inés trabajaba limpiando la casa de Esteban. Una noche no volvió. Elena empezó a buscarla.

Rosa miró el papel.

—Nosotros preguntamos por ella después. Decían que se había ido a Oaxaca.

Lucía dejó la hoja sobre la cama.

—Todos se iban.

Nadie respondió. Afuera pasó una camilla. Las ruedas vibraron sobre una junta del suelo. Lucía pensó en Gabriel, en su vida hasta ese día: la escuela, las comidas, los nombres con los que llamaba a Rosa y a su esposo.

—No se lo digan de golpe —dijo—. Primero necesito saber que está seguro.

Rosa asintió.

—Mi esposo se quedó con él.

Lucía tomó el teléfono. Esta vez no esperó a que alguien más decidiera qué debía contarse. Llamó a Andrés.

* * *

La llamada entró cuando el operativo acababa de cruzar el portón del aserradero. Andrés escuchó la información y pidió el domicilio de Rosa.

—Voy a solicitar que una unidad pase por ellos.

Lucía miró a Aurelio.

—Hay un niño que Elena sacó de allí. Su madre podría ser una de las personas de la cueva.

Al otro lado se escuchaban órdenes breves y pasos.

—Aquí encontramos documentos —dijo Andrés—. Te llamaré.

Cortó. Rosa se sentó finalmente. Le temblaban las piernas. Jacinta fue por agua. Lucía permaneció junto a la cama de Aurelio.

—No puedes seguir dándome la verdad por pedazos.

Él sostuvo su mirada.

—Creí que mientras nadie supiera de Gabriel, estaría a salvo.

—¿Y Daniel? ¿Por qué no regresaste por él?

—Elena me había dicho que encontró a un hombre vivo, pero no me dio su nombre ni el camino. Después de su muerte fui a buscar las entradas que conocía. Esteban había cerrado una y vigilaba las otras. No oí a nadie. Pensé que los había matado a todos.

—No podías asegurarlo.

—No. Y debí seguir buscando.

Aurelio dejó de sujetar el borde de la manta.

—Llevé un aviso a la cabecera. Al día siguiente Esteban vino a decirme que dejara de meterme en sus asuntos. No sé quién le contó. Desde entonces escogí vigilar la casa de Jacinta y la de Rosa. Me convencí de que era lo único que podía hacer.

Lucía recordó las noches de su infancia, al perro debajo de la ventana. La protección había sido real. También lo era todo lo que aquel miedo había dejado sin hacer.

—Lo estaba gracias a Rosa. También necesitaba que alguien buscara a su madre.

Aurelio bajó la cabeza. Lucía no lo consoló.

* * *

Andrés llamó al caer la tarde. En el aserradero habían encontrado las cajas, documentos de personas desaparecidas y una habitación cerrada bajo la nave posterior. Dos trabajadores estaban retenidos allí. Salvatierra no aparecía.

—Necesitamos que revises unas fotografías de objetos —dijo.

Lucía fue con Cárdenas, que había regresado al hospital. Jacinta permaneció acompañando a Rosa mientras esperaban noticias de Gabriel. El aserradero olía a resina, diésel y tierra húmeda. Había máquinas apagadas, troncos apilados y marcas de ruedas entre el lodo. Andrés la recibió junto a la nave.

—Efraín y Baltasar están en la ambulancia. Son dos de los hombres que nombró Julián. Uno necesita atención.

Lucía quiso acercarse, pero vio que los paramédicos ya trabajaban con él. Andrés la condujo hasta una mesa. Sobre ella había fotografías de los objetos hallados. Lucía reconoció una libreta roja de su madre. Después un reloj. Una bolsa de tela bordada. Y la fotografía que Jacinta había retirado de su dormitorio.

—Esta estaba en mi dormitorio cuando llegué —dijo—. Jacinta la guardó después en el armario de la cocina.

Andrés se inclinó.

—¿Estás segura?

—Sí.

La imagen mostraba a Elena con Lucía dormida en brazos. Andrés llamó a uno de los investigadores y señaló la fotografía. Lucía miró la nave oscura detrás de ellos. Salvatierra había vuelto a la casa después de que cerraran el desagüe. Lucía recordó a Jacinta en el hospital y a Petra acompañando a su hijo: durante unas horas, la vivienda había quedado vacía.

Andrés pidió que una patrulla revisara el lugar. Más tarde le informaron de una contraventana forzada junto a la cocina. Esta vez el intruso había utilizado herramientas. La fotografía apareció entre los objetos llevados al aserradero después del robo.

* * *

En la libreta roja, Elena había descrito lo que vio en el aserradero.

Inés estuvo encerrada durante su embarazo. Salvatierra sospechaba que podía cambiar y buscó obligarla a hacerlo. Cuando nació Gabriel, empezó a observar al niño.

Las últimas páginas registraban fechas, comidas llevadas a escondidas y los horarios de Julián. Lucía pasó una hoja con cuidado, bajo la mirada del investigador.

No sé si Gabriel podrá salir alguna vez a otro cuerpo. No pienso dejarlo aquí para averiguarlo.

La anotación siguiente era de la mañana anterior a su muerte.

Esta noche sacaré al niño. Después volveré por Daniel.

Lucía dejó de leer. Pudo ordenar las últimas decisiones de Elena. Había intentado liberar a Daniel, pero Esteban lo había llamado de vuelta; después separó su pelo y escondió la trenza colectiva. Al final sacó a Gabriel del aserradero y pensaba regresar a la cueva. La interceptaron antes.

La advertencia de no volver sola dejó de parecerle una frase misteriosa. Su madre conocía el peligro y había intentado dejar indicaciones para alguien que pudiera terminar lo que ella no alcanzó a hacer. No preparaba un misterio. Intentaba dejar constancia de lo que no podía resolver sin ayuda.

* * *

Un golpe sonó debajo del suelo. Andrés levantó la cabeza. El investigador dejó la libreta sobre la mesa. El ruido llegó otra vez, desde una puerta abierta al fondo de la nave.

—¿Quedó alguien abajo? —preguntó Andrés.

Un agente negó.

—Revisamos las habitaciones. Había una pared húmeda detrás del depósito de madera, pero no vimos ninguna puerta.

Lucía sintió el olor antes de escuchar el silbido. Sangre húmeda. Madera quemada. Se llevó la mano a la mandíbula. Andrés lo advirtió.

—Sal de aquí.

Ella retrocedió hacia Cárdenas. Del hueco de la escalera surgió una voz. La de Rosa.

—Lucía, ayúdame.

Cárdenas se interpuso.

—La señora está en el hospital.

La voz dejó de suplicar. Algo golpeó los escalones desde abajo. Llegó también un olor a agua estancada. Más tarde descubrirían que una losa móvil, oculta detrás del depósito, comunicaba el sótano con un ramal seco del canal. Salvatierra había entrado por allí después de que los agentes revisaran las habitaciones. Una mano apareció sobre el borde de la abertura. Tenía la cicatriz de Elena en la muñeca. Pero los dedos eran los de Andrés.

Lucía miró al policía que estaba junto a ella. Después volvió hacia la escalera. Salvatierra levantó el rostro. Un lado conservaba sus facciones. El otro empezaba a parecerse al de su hija.

Los rasgos se deshacían antes de encajar. La voz de Rosa, los dedos de Andrés y la boca de Lucía eran fragmentos que había visto y oído; la cicatriz de Elena permanecía más tiempo. En un bolsillo de la camisa asomaba el extremo de la trenza que robó del baúl.