Capítulo 10 de 13

Los que todavía podían volver

Andrés cerró la ventana. Después se arrodilló junto a la cama de Daniel y le cubrió las manos con una toalla. Su hermano seguía aferrado a las barandillas, respirando como si acabara de correr. Lucía recogió el hilo rojo con una gasa y lo dejó sobre una bandeja.

—¿Lo viste? —preguntó.

Daniel negó.

—Lo oí.

La enfermera que había entrado con ellos observó las manos ensangrentadas.

—Necesito limpiarle eso.

Andrés consiguió que soltara una barandilla. Lucía sostuvo la otra mano mientras la mujer trabajaba. Daniel miraba hacia la ventana.

—¿A quién está llamando? —preguntó Lucía.

—A los que dejó afuera.

Andrés levantó la cabeza.

—¿Hay más?

Daniel asintió.

—Trabajaban para él. Algunos todavía viven en el pueblo.

Lucía recordó las visitas nocturnas al aserradero, las cajas retiradas de la cueva y al hombre que había atacado con una barra.

—¿Cuántos?

Daniel empezó a mover los labios. Parecía contar. Después cerró los ojos.

—Ya no sé.

* * *

Lo trasladaron a una habitación que daba al patio interior. Un agente se quedó cerca de la puerta. Andrés informó de una nueva amenaza y pidió que revisaran el exterior del hospital.

En el barro del jardín, debajo de la ventana anterior, encontraron huellas de botas y gotas de sangre. Cárdenas señaló un tramo roto de la cerca trasera. Salvatierra se había acercado hasta allí para silbar; el hilo del alféizar coincidía con los que anudaban la trenza negra. Los agentes fotografiaron el rastro y vigilaron ese acceso. La voz había llegado desde fuera, no desde la cama de Daniel.

Lucía acompañó a Daniel durante el cambio de habitación. Él no quería que su hermano se alejara, pero aceptó caminar unos pasos con ayuda antes de sentarse en una silla de ruedas. Aurelio esperaba en el corredor, sostenido por una enfermera.

—No deberías estar de pie —dijo Lucía.

—Tampoco tú.

Ella no discutió. El cansancio se había convertido en un dolor uniforme. Hasta la ropa prestada le molestaba contra la piel. Aurelio miró a Daniel.

—¿Los está reuniendo?

El hombre asintió.

—En la nave de atrás.

—¿El aserradero?

Daniel volvió a asentir. Andrés se acercó.

—Dime quién puede estar allí.

Su hermano miró al agente que vigilaba la puerta. Después bajó la voz.

—El que llevaba la barra se llama Julián. Vive junto al camino del panteón.

Andrés escribió el nombre. Lucía había visto esa casa durante su infancia. Un patio con gallinas, una bicicleta apoyada en la pared. Le costó unir aquel recuerdo con el hombre de la cueva.

* * *

La madrugada pasó entre llamadas y declaraciones. Andrés habló con el responsable del operativo. Los policías que habían acompañado a Lucía a la cascada dieron sus versiones por separado. Uno permanecía en observación por la lesión del tobillo. El otro se acercó a ella junto a la máquina de café.

—Me llamo Cárdenas —dijo.

Lucía lo miró. Hasta ese momento solo había conocido su rostro y su voz.

—Lucía.

Él asintió, incómodo.

—Ya sé.

Sostuvo el vaso de cartón con ambas manos.

—Lo que hizo por mi compañero…

No terminó. Lucía miró el café.

—¿Está bien?

—Lo están revisando.

Cárdenas respiró profundamente.

—Yo levanté el arma.

Ella recordó el miedo que había sentido al verlo.

—También la bajó.

El hombre se quedó unos segundos a su lado. Después regresó al corredor. Lucía bebió un sorbo. El café estaba frío, pero le ayudó a notar que seguía teniendo manos.

* * *

Jacinta llegó poco antes del amanecer. Traía ropa limpia, pan y una bolsa con mandarinas. Petra se había quedado en San Jerónimo para recibir a Tomás cuando lo dieran de alta. Lucía abrazó a su abuela. No le contó lo ocurrido junto a la cascada hasta que estuvieron solas en una habitación vacía. Jacinta escuchó sin interrumpir. Al terminar, tocó el rebozo verde que Lucía llevaba sobre las rodillas.

—Tu madre volvió la primera vez junto a mí.

—¿Cuántos años tenía?

—Dieciséis.

Lucía levantó la vista.

—Aurelio dijo que Amalia le enseñó. ¿Estuviste con ellas?

—Sí. Su tía venía desde otro pueblo. Elena empezó a enfermar y yo no entendía qué le pasaba. Amalia llegó una noche y se quedó con ella hasta la mañana.

—¿Todavía vive?

—Murió antes que tu mamá.

Lucía apoyó la cabeza contra la pared.

—Todos sabían algo.

Jacinta recibió el reproche sin apartarse.

—Yo sabía cuidar a mi hija cuando regresaba. Nunca aprendí a salir como ella.

El silencio entre ambas fue largo. Después la anciana abrió la bolsa del pan.

—Come. Todavía podemos aprender algunas cosas sin esperar a que sea demasiado tarde.

Daniel habló con más claridad al amanecer. Había dormido casi dos horas y aceptó una taza de caldo. Andrés permaneció a su lado mientras Lucía revisaba las vendas de sus manos.

—¿Cómo llegaste a trabajar con Salvatierra? —preguntó ella.

Daniel miró a su hermano.

—Quería dinero.

Andrés se quedó quieto.

—Para irme —añadió—. Me ofreció más que en cualquier otro sitio.

Lucía terminó de sujetar la venda.

—¿Sabías lo que podía hacer?

—Lo vi cambiar una noche. Pensé que estaba soñando.

Daniel giró la taza sobre las rodillas.

—Después me dijo que yo también podía. Que conocía a mi familia, que no era una casualidad que me hubiera contratado.

Aurelio, sentado cerca de la puerta, escuchaba.

—¿Cuándo empezaste?

—Me llevaba al monte. Me dejaba solo. Volvía cuando ya no podía levantarme.

Daniel apretó la taza.

—La primera vez creí que me estaba salvando. Me habló y pude regresar.

Lucía reconoció el mecanismo. El miedo. La ayuda ofrecida por quien lo había provocado.

—¿Y luego?

—Me pidió que vigilara caminos. Que llevara cosas. Que siguiera a personas.

Andrés miró el suelo.

—¿Intentaste irte?

Daniel dejó la taza sobre la mesa.

—Por eso me encerró.

Daniel se quedó mirando el caldo.

—Decía que necesitaba ver cuánto aguantaba uno. Me hacía cambiar, me quitaba pelo y esperaba a que ya no pudiera volver. Si me moría, el experimento se le acababa.

Andrés dejó la libreta. Aquella explicación no convirtió el encierro en algo comprensible para él. Le permitió, al menos, preguntar por los hombres que habían mantenido viva a su víctima para seguir utilizándola.

* * *

La trenza gris seguía bajo resguardo. Andrés consiguió que la fotografiaran con detalle y que mostraran la etiqueta a Daniel. El hombre la observó mucho tiempo.

—Me cortó eso en el río.

—De mi otro cuerpo —añadió Daniel—. Un zorro gris. Yo todavía no sabía regresar solo.

La etiqueta guardada por Elena identificaba a la persona, no al animal en que Esteban la había obligado a convertirse. Se tocó la nuca.

—Dijo que era para que no me perdiera.

Aurelio se acercó a la imagen.

—Tu madre separó el pelo de Daniel del resto —dijo a Lucía—. La trenza que Esteban recuperó todavía contiene el suyo y el de otros.

Andrés frunció el ceño.

—¿Eso significa que ya no puede llamarlo?

—Anoche lo llamó —respondió Aurelio—. Daniel aún recuerda cómo obedecer.

Daniel levantó la cabeza.

—Pero lo oigo distinto.

Todos lo miraron.

—Antes parecía que estaba aquí —dijo, tocándose el pecho—. Ahora lo oigo afuera.

Lucía recordó su propia vuelta.

—Eso te permite responder de otra manera.

Daniel la observó.

—Todavía me da miedo.

—Sí.

Ella no intentó prometerle otra cosa.

* * *

A media mañana detuvieron a Julián. Cárdenas llegó con la noticia. Lo habían encontrado escondido en una casa cercana al panteón, con lesiones en el brazo y la ropa manchada de sangre. Al principio negó haber estado en la cueva. Después pidió que no lo encerraran solo.

—Quiere hablar con usted —le dijo a Lucía.

Ella miró a Andrés.

—¿Por qué conmigo?

Cárdenas dudó.

—Dice que usted ya volvió.

Lo llevaron a un consultorio desocupado para que revisaran sus lesiones antes de trasladarlo. Julián estaba sentado entre dos agentes. Tenía unos cuarenta años, una ceja partida y marcas de mordida en el antebrazo. Al ver a Lucía, bajó los ojos.

—No quería pegarle al viejo.

Ella se colocó los guantes.

—Le pegaste.

Julián no respondió. Lucía examinó la herida. Él empezó a temblar cuando ella apartó la tela adherida a la piel.

—Anoche me llamó —dijo—. Tenía que regresar a la nave.

Andrés permanecía junto a la puerta.

—¿Qué hay allí?

Julián miró a los agentes.

—Los otros.

—¿Quiénes?

—Los que no se fueron cuando pudieron.

Julián dio cuatro nombres: Efraín López y Baltasar Méndez vivían en San Jerónimo; Saúl Ortega transportaba madera entre pueblos; del cuarto, Lorenzo Vela, no sabía dónde estaba. Después describió una habitación detrás de las máquinas, una puerta de metal y un sótano construido antes de que Salvatierra comprara el terreno.

—Guarda cosas ahí —dijo.

Lucía siguió limpiándole el brazo.

—¿Las cajas de la cueva?

Él asintió.

—Y cuadernos. Los movimos cuando los muchachos llegaron al arroyo.

Andrés se acercó.

—¿Qué hicieron con Roberto?

Julián apretó la mandíbula.

—Esteban lo tiró. Yo pensé que había muerto.

—¿Y Tomás?

—Nos mandó a buscarlo.

Lucía dejó una gasa sobre la bandeja.

—¿Qué quiere ahora?

Julián la miró por primera vez.

—Usted.

Uno de los agentes se movió, impaciente.

—Conteste lo que se le pregunta.

—Estoy contestando.

Julián volvió a mirar a Lucía.

—Con los demás nunca consiguió hacerlo bien. Les quitaba pelo, les enseñaba, los llamaba. Pero no podía mantener su forma sin volver a la suya.

Lucía sintió frío.

—¿Y conmigo qué cambia?

—Dice que usted lleva las dos partes.

Andrés se colocó a su lado. Julián señaló el rebozo doblado sobre una silla.

—La sangre de él. La de Elena.

—¿Qué pretende hacer con eso? —preguntó Andrés.

—Cree que podrá quedarse con una forma ajena sin regresar a la suya. Dice que Elena sabía volver sin perderse, que él sabe tomar, y que en su hija las dos cosas tienen que estar juntas. Quiere obligarla a cambiar, cortar su pelo y añadirlo al suyo.

Lucía sintió que la tela del guante le apretaba los dedos.

—¿Lo ha conseguido alguna vez?

—No. Nunca. Por eso seguía probando.

Aurelio, que escuchaba desde la puerta, habló por primera vez:

—Eso es lo que Esteban se ha contado durante años. No conocemos ninguna prueba de que pueda hacerse.

Julián tragó saliva.

—Esperó porque usted no cambiaba. Cuando Jacinta abrió la casa, encontró la trenza de Elena y supo que usted iba a venir por la caída. Dijo que esta vez iba a despertarla él.

* * *

Lucía terminó el vendaje sin hablar. El responsable del operativo llegó poco después. Ya preparaban la revisión del aserradero con el apoyo que había venido de la cabecera. Había personas desaparecidas, cuerpos encontrados y un detenido dispuesto a señalar habitaciones y accesos. Andrés entregó las nuevas declaraciones. Lucía se quedó con Julián unos segundos más, mientras los agentes organizaban su traslado.

—¿Qué le pasó a mi madre?

El hombre bajó la mirada.

—Yo conducía.

Ella sintió que la habitación se estrechaba.

—¿Qué?

—La camioneta. Aquella noche.

Lucía no se movió. Julián tragó saliva.

—Ella había salido de la cueva. La encontramos arriba de la barranca.

Desde el corredor llegaron pasos y voces, pero Lucía dejó de entenderlos.

—¿Quién la empujó?

Julián empezó a llorar.

—Cuando llegamos, todavía estaba de pie.

Lucía dio un paso hacia él. El hombre se cubrió el rostro con la mano sana.

—Llevaba algo contra el pecho. Esteban le pidió que se lo entregara.

—¿Qué llevaba?

Julián levantó los ojos.

—No pude verlo.

Hizo una pausa.

—Pero lo escuché llorar.