Capítulo 9 de 13

La primera vuelta

El jaguar estaba al otro lado de la poza. Lucía lo vio entre la espuma y las hojas: el cuerpo agazapado sobre una roca, las manchas negras del lomo, la cabeza vuelta hacia ella. Tenía una herida en el hombro. La misma que Andrés había abierto con el disparo.

El coyote había tomado una forma prestada. La trenza colectiva colgaba entre las patas delanteras del jaguar, sostenida por un cordón oscuro. Lucía recordó la advertencia de Aurelio: aquello podía durar poco, pero la herida viajaba con él.

—No es ella —dijo Lucía.

Quiso decirlo con firmeza, pero su voz se quebró a mitad de la frase. Andrés la sujetaba por la cintura. Bajo sus manos, el cuerpo de Lucía se contraía con tanta fuerza que ambos estuvieron a punto de caer.

—Te voy a apartar del agua.

Ella intentó ayudarlo. Las piernas no respondieron como esperaba. Del otro lado, el jaguar abrió el hocico. El silbido llegó mezclado con el estruendo de la cascada. Lucía sintió que algo tiraba de ella desde dentro. No hacia el animal. Hacia otra manera de mantenerse en pie.

* * *

Andrés la arrastró hasta una superficie de tierra, detrás de un tronco caído. El policía que conservaba la bolsa con la trenza se acercó; su compañero seguía junto a la poza, incapaz de apoyar el tobillo.

—Hay que pedir una ambulancia —dijo.

Andrés asintió. El hombre tomó la radio y se alejó unos pasos para transmitir. Lucía cayó de lado. El rebozo verde quedó atrapado entre sus manos. Tiró de él, intentando cubrirse el rostro, pero los dedos ya no conseguían sujetar la tela.

—Mírame —dijo Andrés.

Ella lo miró. Recordó a Aurelio. Su nombre. La casa de su abuela. Las preguntas de su trabajo.

—Lucía Mendoza —murmuró.

El dolor le atravesó la espalda. Gritó. Andrés se apartó lo suficiente para que pudiera moverse, pero permaneció junto a ella.

—Estoy aquí.

Lucía oyó su voz. Después dejó de entender algunas palabras. Los sonidos empezaron a llegar separados: agua contra piedra, una bota hundiéndose en el barro, respiración contenida. Desde el otro lado de la poza percibió el olor de Salvatierra. Sangre. Pelo mojado. Algo amargo, parecido a madera quemada. Su cuerpo se arqueó. La camisa se tensó sobre los hombros y se abrió una costura.

* * *

El cambio terminó sin que Lucía pudiera reconocer el último instante. El suelo estaba demasiado cerca. Andrés parecía más alto. Ella intentó incorporarse y apoyó una pata sobre el rebozo. La miró. Garras recogidas. Pelo oscuro. Manchas apenas visibles bajo la luz de la tarde. Quiso pedir ayuda. De su garganta salió un gruñido. Andrés retrocedió un paso.

Ese movimiento le dolió de una manera que no tenía relación con los huesos ni con la piel. Lucía bajó la cabeza. Él se detuvo.

—Sé que sigues ahí.

El policía regresó con la radio en la mano. Vio al animal donde antes había estado la mujer y se quedó inmóvil. Después levantó el arma. Andrés se colocó delante.

—Bájala.

—Rojas…

—Bájala.

El hombre obedeció lentamente. Desde la poza llegó otro rugido. Lucía volvió la cabeza. Salvatierra seguía esperando.

* * *

Podía alcanzarlo. La certeza apareció completa, sin palabras. Conocía la distancia hasta la roca, el punto donde tendría que apoyar las patas, la profundidad de la corriente cercana a la orilla. Cada olor dibujaba una ruta. El jaguar herido se movió hacia los árboles. Lucía avanzó. Andrés no intentó sujetarla.

—Lucía.

Ella se detuvo. La voz no tiraba de sus músculos como el silbido. La obligaba a recordar. La silla de su consultorio. Una niña que había llorado mientras le limpiaban una rodilla. Las manos de Jacinta calentándose alrededor de una taza. El propio Andrés compartiendo un pan en el sendero. Lucía miró el rebozo. Una parte de ella quería perseguir a Salvatierra. Otra comprendía que él estaba contando con eso.

El jaguar del otro lado alzó la cabeza. Esta vez habló con la voz de Elena.

—Ven, hija. Yo sé cómo devolverte.

Lucía mostró los dientes. El sonido que emitió fue tan profundo que el policía se apartó. Salvatierra dejó de hablar. Por primera vez, parecía no haber obtenido la respuesta que esperaba.

* * *

El policía herido gritó. Lucía giró hacia él. Había intentado levantarse y resbaló sobre las piedras. Una pierna quedó dentro de la poza; el agua le golpeaba la cadera y lo empujaba hacia el canal. Andrés corrió. Su compañero dejó la bolsa en tierra y fue detrás. Lucía los siguió.

El hombre buscaba un punto de apoyo, pero la roca mojada cedía bajo sus dedos. Andrés alcanzó su brazo. El otro policía sujetó el cinturón de Andrés. La corriente tiró de los tres. Lucía vio dónde estaba el peligro. Se metió entre las piedras y apoyó el pecho contra el costado del herido. Clavó las garras en una superficie rugosa, por encima del agua. El hombre gritó al verla tan cerca. Ella permaneció firme.

Andrés logró levantarlo lo suficiente para que su compañero lo agarrara por debajo de los brazos. Lo arrastraron hasta la orilla. Lucía salió después. El agua le pesaba en el pelo. Miró hacia la roca roja. Salvatierra había desaparecido.

* * *

Regresaron al tronco caído. El policía que antes había levantado el arma recogió la bolsa de evidencia. La sujetaba con tanta fuerza que el plástico crujía entre sus dedos. Su compañero temblaba bajo una manta.

—Hay que sacarlo de aquí —dijo Andrés.

Miró a Lucía. Ella también necesitaba salir. El sendero era estrecho, pero podría recorrerlo. El problema era llegar al pueblo. Andrés se agachó a varios pasos de distancia.

—No sé qué hacer.

Lucía bajó la cabeza. Él miró la ropa desgarrada y el rebozo.

—Aurelio sabrá.

Sacó el teléfono. No había señal. El otro policía consiguió comunicarse por radio con quienes estaban cerca de los vehículos. Un equipo venía por el herido. Andrés pidió que avisaran al hospital.

—Que busquen a Aurelio. Necesito hablar con él.

El hombre sostuvo la radio sin transmitir.

—¿Qué digo que pasó?

Andrés miró a Lucía.

—Que nos atacaron. Que hay un compañero herido y que necesito ayuda para sacar a otra persona.

El policía volvió a hablar por radio. No miró a Lucía mientras lo hacía.

* * *

Esperaron en un cobertizo junto al sendero. Era una construcción pequeña, utilizada para guardar herramientas de la parcela. Tenía una puerta de tablas y el suelo cubierto de hojas secas. Los policías se quedaron afuera. Andrés dejó el rebozo en el interior y entró con Lucía. Ella se tendió junto a la pared. Sentía frío. Un frío distinto, escondido debajo del pelo, acompañado por un cansancio que crecía con cada respiración.

Andrés consiguió señal al subir unos metros y habló con Aurelio. Regresó con el teléfono encendido. La voz del hombre salió por el altavoz.

—Lucía, escucha.

Ella levantó la cabeza.

—No tienes que luchar contra todo el cuerpo. Empieza por recordar una cosa que hacías con las manos.

Lucía miró sus patas delanteras. Intentó pensar. El dolor lo ocupaba todo.

—Algo pequeño —continuó Aurelio—. Abrochar un botón. Escribir tu nombre.

Una imagen apareció. La pluma entre los dedos. Su firma al pie de una receta. Lucía cerró los ojos.

—Andrés, dile lo que ves —pidió Aurelio.

Él se sentó cerca de la puerta.

—Está acostada. Respira rápido.

—Pon el rebozo a su lado.

Andrés lo acercó sin tocarla. Lucía hundió el hocico en la tela. Jabón. Madera del baúl. Su madre. Pero también su abuela, guardándolo durante años. La casa donde había crecido.

* * *

Recordó que Elena le enseñó a escribir su apellido sobre una hoja de periódico. Mendoza. Primero la eme, con demasiadas montañas. Después las letras más pequeñas. Su madre le sujetaba la mano, aunque Lucía insistía en hacerlo sola. Aquella memoria no pedía que saliera ni que obedeciera. Solo estaba allí. El cuerpo empezó a contraerse. Lucía dejó escapar un sonido que hizo que Andrés se pusiera de pie.

—Está cambiando.

—No la sujetes —dijo Aurelio—. Quédate donde pueda oírte.

Andrés habló. Le contó el camino de regreso, la camioneta que esperaba cerca de la parcela, la silla junto a la cama de Aurelio. Cosas sencillas. Cosas que podían existir después del dolor. Lucía sintió otra vez sus dedos. Después las rodillas. Finalmente pudo tomar aire con la boca cerrada. Abrió los ojos. Estaba cubierta por el rebozo. Andrés miraba hacia la puerta. Le había dejado su chamarra al alcance de la mano.

—¿Lucía?

Ella intentó responder. Solo pudo llorar.

* * *

Volvieron al hospital al anochecer. Lucía llevaba la chamarra cerrada y una manta sobre las piernas. Los dos policías habían solicitado hablar con sus superiores por separado. Andrés no les pidió silencio. Tampoco les ofreció una explicación. Aurelio la esperaba sentado en la cama. Cuando Lucía entró, él dejó escapar el aire.

—Volviste.

Ella se sentó sin quitarse la manta.

—Salvatierra tiene la trenza negra.

—¿La viste?

—La lata estaba vacía. Lo vimos llevar una trenza negra; era la que Elena había dejado allí.

Aurelio miró a Andrés.

—La de Daniel está resguardada —dijo el policía.

Lucía levantó los ojos.

—¿Qué había en la otra?

Aurelio tardó en contestar.

—Esteban cortaba pelo de cada persona que obligaba a cambiar. Lo trenzaba con el suyo.

—¿Todas juntas?

Él asintió. Lucía recordó el grosor de la trenza mojada.

—Entonces no era de una sola persona.

Aurelio dobló una esquina de la sábana entre los dedos.

—Elena se la quitó para que no pudiera seguir llamándolos.

Andrés se acercó a la cama.

—¿Y ahora que la recuperó?

Antes de que Aurelio respondiera, alguien empezó a gritar en el corredor. Una enfermera salió de una habitación. Andrés reconoció el número y corrió. Daniel estaba sentado en la cama, aferrado a las barandillas. Sus dedos sangraban. La ventana estaba abierta. Sobre el alféizar había un hilo rojo. Daniel miró a su hermano.

—Esta vez los está llamando a todos.