Capítulo 8 de 13

La piedra roja

Daniel dejó de gritar cuando Andrés se arrodilló junto a la camilla.

—¿Cómo sabes que va hacia la cascada?

El hombre miraba la sierra. Tenía la manta apretada contra el pecho y los pies recogidos, como si todavía estuviera detrás de la reja.

—Me lo dijo.

—¿Ahora?

Daniel negó.

—Antes. Cuando sacaban las cajas. Dijo que Elena le había quitado lo que necesitaba para terminar.

Lucía se acercó.

—¿Y por qué no lo buscó entonces?

Daniel tardó en contestar.

—No sabía dónde.

Uno de los rescatistas pidió que se apartaran para sujetar la camilla. Había que bajar por una pendiente estrecha hasta el sitio donde esperaba la ambulancia. Andrés acompañó a su hermano. Lucía se quedó junto a Aurelio, que respiraba con dificultad mientras le ajustaban el vendaje. El hombre tenía los ojos cerrados.

—No puedes volver a subir —le dijo.

—No iba a proponértelo.

Al abrir los ojos, Lucía vio que estaba agotado.

—La cascada tiene varios accesos. No busques sola.

Ella asintió. Abajo, más allá de los árboles, se escucharon las primeras voces del pueblo. Alguien había visto llegar a los equipos de rescate. La noticia de los cuerpos y del hombre encerrado ya empezaba a extenderse.

* * *

Jacinta los esperaba en el hospital de la cabecera. Petra la había llevado en una camioneta de los Mendoza. Estaba sentada cerca de la entrada, con las manos apoyadas en el bastón. Se levantó al ver a Lucía.

—¿Aurelio?

—Lo están atendiendo.

Jacinta se apoyó otra vez en la silla. Lucía se sentó a su lado. Por primera vez desde su regreso, sintió que podía quedarse quieta. Le dolían las piernas, tenía tierra debajo de las uñas y una mancha de sangre seca en el cuello.

—Encontramos a Daniel —dijo.

La anciana asintió.

—Petra me contó.

—Estaba vivo cuando mi madre llegó a la cueva. Intentó sacarlo.

Jacinta apretó el bastón entre las rodillas.

—Nunca me dijo a quién había encontrado.

—¿Tú sabías de la cascada?

La anciana abrió los ojos.

—¿Qué cascada?

Lucía le mostró las fotografías de las hojas recuperadas. Jacinta las leyó despacio. Al llegar al último párrafo, se llevó una mano a la boca.

—Ese día vino a buscar una lata.

—¿Qué lata?

—Una de galletas. Azul. La teníamos arriba del ropero.

Lucía esperó.

—Sacó los hilos y botones que guardábamos dentro. La lavó. Después se fue.

—¿Te dijo qué llevaba?

—No.

La anciana tocó la pantalla con la punta del dedo.

—Volvió sin ella.

* * *

Andrés salió del área de atención cerca del mediodía. Le habían limpiado y cerrado la herida de la ceja. Tenía el rostro tenso, pero se acercó a Lucía con una botella de agua.

—Daniel está dormido. Preguntó por mi mamá.

Lucía recibió la botella.

—¿Vas a decírselo ahora?

Andrés miró hacia el corredor.

—Cuando despierte, tendré que hacerlo.

Su madre había muerto cuatro años atrás. Durante un momento, ninguno encontró algo más que decir. Después Andrés sacó una copia impresa del dibujo del canal y las anotaciones de Elena.

—Los policías encontraron sangre en la salida del arroyo. Hay huellas que suben hacia el camino del aserradero.

—Entonces salió.

—Sí. Ya están buscando la camioneta y al hombre de la barra.

Lucía señaló el dibujo.

—Esto está debajo de la cascada.

Andrés asintió.

—Le conté al encargado del operativo. Van a enviar a dos personas para revisar el lugar. Yo conozco la vereda.

—Voy contigo.

Él la miró.

—Necesito que descanses.

—Mi madre escondió algo allí. Jacinta recuerda la lata que usó.

Andrés observó a la anciana, que estaba unos metros más allá, hablando con Petra.

—También voy a necesitar que me ayudes a reconocerla.

* * *

Antes de salir, Lucía entró a ver a Aurelio. Estaba acostado, con una solución intravenosa y una manta limpia. Parecía incómodo bajo la luz blanca del hospital.

—¿Cómo te sientes?

—Demasiado visible.

Lucía acercó una silla.

—Vamos a la cascada con dos policías.

Aurelio la observó.

—¿Esteban sigue libre?

—Por ahora.

El hombre señaló la mochila que ella había dejado junto a la cama.

—¿Trajiste el rebozo?

Lucía asintió.

—Guárdalo contigo.

—¿Para qué?

Aurelio tardó en responder.

—Ayer recordaste tu trabajo y pudiste resistirlo. Necesitas cosas que te devuelvan a tu vida cuando te llame.

Lucía apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Así se rompió la llamada de Daniel?

—Por un momento.

—Entonces puede volver a hacerlo.

—Sí.

Lucía miró la puerta cerrada de la habitación.

—¿Qué hay en esa lata?

—Trenzas. Por lo que escribió Elena, al menos la que Esteban usaba con ellos.

—Pero le habló a Daniel sin tenerla.

Aurelio hizo un gesto de cansancio.

—Después de tantos años, Daniel aprendió a obedecer. El sonido basta para despertarle el miedo. La trenza mezclada con el pelo de Esteban intensifica la llamada mientras él la lleva encima; sin ella, todavía queda lo que hizo con Daniel. Recuperar su pelo no le devolverá de golpe la vida que tenía.

Lucía comprendió. Había un daño que seguiría allí incluso cuando atraparan a Salvatierra.

—Y conmigo…

—Todavía no tiene eso.

Aurelio se incorporó apenas.

—No permitas que tu primera vuelta dependa de él.

* * *

La cascada estaba a menos de una hora del pueblo. Andrés condujo una camioneta detrás del vehículo de los dos policías. Dejaron los coches junto a una parcela y continuaron a pie. La tarde empezaba a enfriarse. Lucía advirtió que había salido sin almorzar cuando el olor de unas tortillas, calentándose en una casa cercana, le revolvió el estómago. Andrés le ofreció un pan envuelto en una servilleta.

—Mi hermano me quitaba la mitad —dijo.

Ella lo recibió. La frase quedó entre ambos mientras avanzaban. El agua se escuchó antes de que pudieran verla. Caía desde una pared alta sobre una poza rodeada de rocas. Cerca de la base había una franja rojiza, manchada por minerales, donde el golpe de la corriente levantaba una nube de gotas. Uno de los policías examinó el dibujo.

—La piedra roja.

Lucía miró los salientes. Había decenas. Comenzaron por los bordes accesibles. Fotografiarían el lugar antes de mover nada. Andrés avanzó hacia la orilla con cuidado, mientras Lucía permanecía detrás de él. Entonces llegó un olor. Sangre húmeda. Se detuvo. No venía de su ropa. Miró hacia el sendero. Sobre una hoja ancha había una gota oscura. Después otra.

—Andrés.

Él regresó. Lucía señaló las hojas. El policía más cercano se agachó para revisarlas.

—Alguien pasó por aquí.

Siguieron el rastro hasta una abertura detrás de la caída de agua. Había barro removido. Y un trozo de tela blanca atrapado en una raíz.

* * *

La entrada era demasiado estrecha para pasar de pie. Andrés alumbró. Del otro lado había un espacio seco, protegido por una cornisa. No parecía profundo. Uno de los policías se quedó junto al agua. El otro entró primero, seguido por Andrés. Lucía esperó en la abertura. Encontraron una lata azul en el suelo. Tenía la tapa abollada. Junto a ella había una piedra utilizada para golpearla.

—Está abierta —dijo Andrés.

Lucía vio el interior. Vacío. Durante unos segundos solo escucharon la cascada. Salvatierra había llegado antes. El policía fotografió la lata y se acercó al fondo del espacio. Allí había una cavidad pequeña, apenas más grande que una mano. Andrés alumbró desde otro ángulo. Una tela oscura sobresalía entre dos piedras. La retiraron con cuidado. Era una bolsa de manta encerada. Estaba húmeda por fuera, pero el contenido permanecía seco.

Dentro había una trenza de pelo gris y una tira de papel doblada. El policía extendió el papel.

Separé el pelo de Daniel. Ya no está unido al de Esteban.

Andrés miró a Lucía. La letra era de Elena. Debajo había otra línea.

La lata guarda lo que no alcancé a desatar. No la quemen: cuando probé con un extremo, Daniel se retorció de dolor. Hay que humedecer los nudos y separar cada mechón del pelo de Esteban. Escondí el de Daniel aquí para que no vuelva a mezclarlo. Debo volver al aserradero antes de que Esteban descubra lo que hice.

Lucía volvió la vista hacia la lata vacía. Su madre había protegido por separado lo que alcanzó a liberar. La lata no era un señuelo: Elena había escondido la trenza restante en la cavidad más honda. En los bordes se veían piedras movidas y barro removido. Esteban había registrado los refugios junto al agua hasta dar con ella.

* * *

La trenza estaba atada con hilo rojo. En la parte superior conservaba una pequeña etiqueta. Daniel Rojas. Lucía sintió un alivio tan repentino que tuvo que apoyarse contra la roca. Habían recuperado algo que le pertenecía. Andrés se quedó mirando el nombre de su hermano. Después pidió al policía que guardara la bolsa. Desde afuera llegó un silbido. El ruido del agua lo fragmentó, pero Lucía reconoció las dos notas. Andrés levantó la cabeza.

Un grito cortó la tarde. Corrieron hacia la abertura. El policía que había esperado junto a la poza estaba tendido entre las piedras. Intentaba incorporarse, sujetándose el tobillo. Sobre el saliente rojo había un coyote. Tenía el pelo mojado y una herida oscura cerca del hombro. Salvatierra. En el hocico llevaba una trenza. Era negra. Más gruesa que la de Daniel. Lucía supo, sin entender cómo, que aquella había estado dentro de la lata.

El animal miró la bolsa que sostenía el policía. Después miró a Lucía. La mandíbula volvió a dolerle. Andrés se colocó delante de ella. El coyote saltó hacia el agua y desapareció detrás de la espuma. Lucía siguió su movimiento. Por un instante vio el fondo de la poza con una claridad imposible: las piedras, el limo, una corriente que atravesaba una grieta. Sabía por dónde iba. También supo que podía alcanzarlo.

Se inclinó hacia delante. La mochila resbaló de su hombro y cayó sobre la roca. Dentro, el rebozo verde quedó al descubierto. Lucía lo agarró. Pronunció su nombre en voz alta. El dolor aumentó. Algo se movió bajo la piel de sus manos. Andrés la sostuvo antes de que cayera al agua.

—¡Lucía!

Ella quiso contestar. Pero el sonido que salió de su garganta hizo retroceder a los dos policías. Desde la otra orilla, un jaguar respondió.