Capítulo 7 de 13

El nombre que lo sostenía

Andrés cayó de rodillas. Daniel lo arrastraba hacia el pasadizo con una fuerza que no correspondía a su cuerpo consumido. Sus dedos se habían cerrado sobre el impermeable de su hermano y no parecían capaces de soltarse.

—¡Daniel!

El hombre levantó la cara. Tenía los ojos abiertos, pero la mirada estaba fija más allá de Andrés, en el sitio de donde había llegado la voz. Lucía dejó el maletín y se acercó. Aurelio le sujetó el brazo.

—No te pongas delante.

El silbido volvió a sonar. Daniel arqueó la espalda. La manta resbaló de sus hombros y dejó al descubierto una hilera de cicatrices sobre las costillas. Andrés consiguió agarrarse a un barrote de la reja.

—¡Salvatierra! ¡Salga donde pueda verlo!

La respuesta llegó desde la oscuridad.

—Suelta a tu hermano. Lo estás lastimando.

Lucía alumbró el pasadizo. Esteban estaba a unos diez metros, junto a una curva de la pared. Vestía la misma camisa blanca de la mañana anterior, ahora cubierta de manchas. La venda de la muñeca colgaba suelta. Detrás de él brillaba otra lámpara. Había alguien más.

—Apague esa luz, doctora —dijo Esteban.

Lucía mantuvo el haz sobre su rostro.

—Déjelo.

Salvatierra la miró.

—Daniel necesita salir.

—Lleva doce años encerrado aquí.

—No sabes por qué.

El hombre que estaba detrás se movió. Lucía distinguió unas botas, un pantalón oscuro y la punta de una herramienta larga. Aurelio se colocó a su lado.

—Ya pidieron ayuda, Esteban.

Salvatierra sonrió apenas.

—Entonces tendremos que darnos prisa.

* * *

Daniel soltó el impermeable. Andrés cayó hacia atrás. Por un segundo, Lucía creyó que la llamada había terminado. Después vio cómo el hombre apoyaba ambas manos en el suelo y comenzaba a temblar. El sonido de su respiración cambió. Aurelio se arrodilló cerca, sin tocarlo.

—Daniel. Escucha a tu hermano.

Salvatierra emitió las dos notas otra vez. Daniel golpeó la piedra con la frente. Lucía sintió la mandíbula cerrarse dolorosamente. El silbido también la alcanzaba. Se sostuvo de la reja. Aurelio levantó la vista.

—Lucía, dime dónde estás.

Ella tragó saliva.

—En la cámara del agua.

—¿Quién está contigo?

—Andrés. Daniel. Tú.

La presión cedió lo suficiente para que pudiera respirar. Andrés se acercó a su hermano.

—Daniel, ¿te acuerdas del patio de la casa?

Salvatierra dio un paso.

—Déjalo tranquilo.

Andrés siguió hablando.

—Había una higuera junto al lavadero. Me subí una tarde y no pude bajar.

Daniel dejó de golpear la piedra. Sus dedos continuaban contrayéndose.

—Tú pusiste una escalera —dijo Andrés—. Mamá quería pegarme con la chancla, pero tú dijiste que me habías mandado por higos.

Lucía vio un pequeño movimiento en los labios de Daniel. Una palabra.

—Verdes.

Andrés se inclinó.

—Sí. Estaban verdes.

Salvatierra volvió a silbar. Daniel se encogió y apretó las manos contra sus oídos.

—No —murmuró.

Era la primera vez que lo escuchaban negarse.

* * *

Esteban avanzó hacia ellos. Andrés se puso de pie y sacó el arma.

—Deténgase.

La lámpara del segundo hombre se apagó. Lucía dirigió la suya hacia el pasadizo. Esteban tenía las manos visibles, separadas del cuerpo.

—No vas a dispararme junto a tu hermano.

—Al suelo.

—No tienes idea de lo que estás viendo.

Andrés sostuvo el arma. Lucía se agachó junto a Daniel. Su respiración era irregular, pero su rostro seguía siendo humano. Aurelio le acomodó la manta sobre la espalda. Entonces una piedra golpeó la lámpara de Lucía. El cristal se rompió. La cámara quedó iluminada solo por la luz que Andrés había dejado junto a la poza. Esteban se lanzó hacia él. El disparo retumbó entre las paredes. Lucía se cubrió la cabeza.

Andrés retrocedió, golpeó una columna y cayó. El arma resbaló sobre la piedra, lejos de su mano. Salvatierra también había caído. Se sujetaba el hombro. El otro hombre irrumpió desde el pasadizo con una barra de hierro. Aurelio lo recibió antes de que alcanzara a Andrés. Ambos chocaron contra la pared.

Lucía agarró a Daniel por debajo de los brazos y lo arrastró detrás de la reja abierta. Él intentó ayudarla, pero sus piernas apenas respondían. Afuera, la barra golpeó el suelo. Un grito. Lucía miró entre los barrotes. El perro negro estaba sobre el segundo hombre. La camisa de Aurelio había quedado junto a la pared. La herida del costado se abrió otra vez y manchó el pelo.

* * *

Salvatierra consiguió levantarse. Su mano derecha estaba cubierta de sangre del hombro. Miró al perro y después a Lucía. Por primera vez, ella vio miedo en su rostro. Fue breve. Luego Esteban abrió la boca y empezó a silbar. Aurelio se estremeció. El hombre de la barra aprovechó para apartarlo de una patada y escapar hacia el pasadizo. El perro intentó seguirlo, pero cayó junto a la poza.

Lucía comprendió que el silbido no tenía el mismo efecto sobre todos. Daniel había obedecido; Aurelio luchaba contra él. Ella sentía dolor, aunque todavía podía decidir dónde poner los pies. Esteban se acercó a la reja.

—Ven conmigo, Lucía.

Su voz había cambiado. Elena. La misma voz que le decía que desayunara antes de ir a la escuela. Lucía se obligó a mirar el hombro herido, la camisa, la venda suelta. Cosas que su madre no habría tenido.

—No.

Salvatierra extendió la mano hacia ella.

—No puedes vivir evitando lo que eres.

Daniel levantó la cabeza. Andrés se incorporó detrás de Esteban y recuperó el arma.

—¡Aléjese!

Salvatierra se volvió. El gesto de Elena desapareció de su rostro. Durante un instante, Lucía vio una expresión ajena a ambos: los labios recogidos, los dientes demasiado visibles. Después el hombre corrió hacia los escalones de la poza. Andrés apuntó, pero no disparó. Salvatierra bajó al agua. La superficie se agitó.

Por un instante, el haz descubrió un lomo estrecho y cuatro patas moviéndose bajo el agua. El coyote nadó hacia el canal sumergido. El reflejo lo alargó hasta que desapareció detrás de una curva de piedra.

* * *

Nadie habló durante varios segundos. Lucía salió de la reja y se arrodilló junto a Aurelio. El perro respiraba con el hocico abierto. Una de sus patas delanteras estaba doblada bajo el pecho.

—Está sangrando —dijo.

Andrés miraba la poza. Tenía un corte en la ceja, justo encima de la antigua cicatriz.

—Lo vi.

Lucía presionó una gasa contra el costado del animal.

—Ayúdame.

Él tardó en reaccionar. Después se arrodilló al otro lado.

—¿Qué hago?

—Sujeta aquí.

Andrés obedeció. La sangre le empapó los dedos. Desde la reja, Daniel los observaba en silencio. Lucía sacó otra manta y cubrió al perro. Su cuerpo empezó a temblar bajo la tela. Andrés quiso retirarla.

—Espera —dijo ella.

El policía permaneció inmóvil mientras algo cambiaba debajo de sus manos. Cuando Aurelio volvió a ser hombre, tenía los labios pálidos y el rostro cubierto de sudor. Andrés retiró las manos como si se hubiera quemado. Aurelio abrió los ojos.

—Ya puedes… dejar de preguntar quién encontró al muchacho.

* * *

El equipo de apoyo llegó poco después. Los primeros pasos se escucharon desde la entrada alta. Andrés gritó para indicarles el camino y salió a recibirlos. Lucía permaneció con los heridos. Los rescatistas encontraron a tres hombres: uno con una lesión en el costado, otro debilitado por años de encierro y un policía golpeado. No vieron al perro. No vieron lo que había entrado en la poza.

Andrés informó de un ataque, de un sospechoso herido y de un cómplice que había escapado por el pasadizo. Señaló el canal por donde Salvatierra se había sumergido. Uno de los recién llegados alumbró el agua.

—Debe comunicar con el arroyo.

Andrés no lo contradijo. Mientras preparaban las camillas, Lucía se acercó a Daniel.

—Van a ayudarte a salir.

Él miró a su hermano, que hablaba con los policías.

—¿Se queda?

—Va con nosotros.

Daniel se aferró al borde de la manta.

—Elena también dijo que volvería.

Lucía se quedó quieta.

—¿La volviste a ver?

Él asintió.

—Después de abrir la reja.

—¿Cuándo?

Daniel dirigió la mirada hacia la poza.

—La última noche.

* * *

Lo sacaron primero. Andrés caminó junto a la camilla, sosteniéndole la mano. Lucía permaneció unos minutos más con Aurelio. Los rescatistas ajustaban la manta para levantarlo sin presionar la herida. Al mover el maletín, ella vio una grieta detrás de la plataforma donde Daniel había dormido. Algo sobresalía. Papel envuelto en plástico. No lo tocó. Llamó al policía que fotografiaba los bultos. Él se acercó, documentó el hueco y retiró el paquete con guantes.

Dentro había varias hojas, dobladas hasta formar un rectángulo pequeño. En la primera aparecía la letra de Elena. Lucía pidió que se la dejara ver antes de guardarla. El policía sostuvo la hoja bajo la lámpara.

Si Daniel sigue aquí, Esteban sigue volviendo.

Debajo había otro párrafo.

No busca solamente nuestros cuerpos. Quiere conservar la forma de los que mueren sin regresar. Los encierra, los obliga a cambiar y espera. Cree que así podrá elegir cualquier piel.

Lucía miró las mantas inmóviles junto a la poza. El policía pasó a la siguiente hoja. Había un dibujo del canal, una salida marcada y una anotación encerrada en un recuadro.

Le quité la trenza que usaba para llamarlos. La escondí donde el agua cae sobre la piedra roja.

Lucía levantó la vista hacia Aurelio. Él había escuchado.

—La cascada —murmuró.

En el último margen, Elena había escrito una frase más. La letra era apresurada.

Si viene por mi hija, que nadie le entregue lo que dejé allí.

Desde la entrada llegó la voz de Andrés. Daniel estaba gritando. Lucía corrió hacia el pasadizo. A la luz de la mañana, su hermano intentaba tranquilizarlo. Pero Daniel no miraba a ninguno de ellos. Miraba la sierra, hacia el lugar donde se oía caer el agua.

—Va por ella —repetía—. Ya sabe dónde está.