Capítulo 6 de 13
La cámara del agua
Andrés leyó el nombre de su hermano sin tocar la hoja. Lucía había salido a buscarlo con el cuaderno entre las manos. Él entró detrás de ella, dejó el impermeable sobre una silla y permaneció de pie junto a la mesa. La vela iluminaba apenas las letras recuperadas con el lápiz. Daniel Rojas.
—¿De dónde salió esto?
Lucía le explicó las marcas, la página arrancada y la fecha. Andrés se sentó.
—Mi hermano desapareció tres semanas antes de que muriera tu mamá.
Jacinta cerró los ojos.
—Ella lo buscó —dijo.
Él levantó la cabeza.
—¿Y encontró esto?
—No lo sabíamos —intervino Lucía.
Andrés miró a Aurelio. El hombre sostuvo su mirada.
—Yo tampoco.
—Ustedes siempre saben algo después.
No alzó la voz. Eso hizo que sus palabras pesaran más. Sacó el teléfono y fotografió ambas páginas. Después pidió el mapa.
—No voy a dejar esto aquí.
Lucía se lo entregó. Andrés guardó el cuaderno dentro de una bolsa limpia y escribió en su libreta la hora y el lugar donde lo había recibido.
—Voy a informar a la cabecera. Tenemos nombres y una ubicación posible. La búsqueda tiene que quedar registrada.
Aurelio se inclinó hacia él.
—No vayan por la entrada del arroyo.
Andrés dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Entonces dígame por dónde.
* * *
Salieron al amanecer. Jacinta se quedó con Petra, que había regresado del hospital después de dejar a Tomás acompañado por su tía. Antes de despedirse, la anciana le dio a Lucía una bolsa con el rebozo verde.
—Tu mamá lo llevaba cuando subía.
Lucía estuvo a punto de rechazarlo. Después lo guardó en la mochila. Andrés había informado del hallazgo y solicitado apoyo. Le indicaron que un equipo saldría de la cabecera, pero todavía no sabían a qué hora llegaría.
—Vamos a localizar la entrada y regresamos —dijo—. Nadie baja a una cueva sin equipo.
Aurelio caminaba apoyado en una vara. Lucía había revisado su vendaje antes de salir y no estaba conforme con verlo allí.
—No puedes hacer otro esfuerzo como el de ayer.
—No voy a cambiar.
—Tampoco deberías subir un cerro.
Él miró hacia La Ventana.
—El camino no aparece completo en ese dibujo.
Andrés llevaba agua, una cuerda y dos lámparas. Lucía cargaba el maletín y mantas. Avanzaron entre parcelas de maíz hasta una vereda que bordeaba la barranca. Desde allí se veía el techo del aserradero. Un camión entraba por el portón. Aurelio se detuvo.
—Antes solo trabajaban de día.
Andrés levantó unos binoculares pequeños.
—Hay tres camionetas más.
Lucía recordó lo que Tomás había contado sobre las visitas nocturnas. Continuaron sin hablar.
* * *
La entrada estaba detrás de una cortina de raíces. Aurelio apartó las hojas de un arbusto y dejó ver una abertura estrecha en la roca. Andrés consultó el mapa.
—Esto queda por encima del arroyo.
—Es la entrada seca.
Lucía se agachó. Sobre la tierra había marcas de suelas y un pedazo de cuerda sintética. Alguien había cortado raíces recientemente. Andrés fotografió todo. Luego encendió la lámpara y alumbró el interior. El pasadizo descendía suavemente. En una pared había huellas oscuras, manchas de humedad y arañazos a distintas alturas.
—¿Son de animales? —preguntó.
Aurelio observó los surcos.
—Algunos.
Del fondo llegó un golpe. Andrés levantó una mano. Esperaron. El golpe se repitió. Tres veces. Lucía se acercó a la abertura.
—¿Hay alguien?
La respuesta tardó. Fue una tos. Después una voz muy débil.
—Agua.
Andrés miró a Lucía. La orden de esperar seguía suspendida entre ellos. Él llamó por radio. Informó que escuchaban a una persona y dio las coordenadas. No obtuvo una respuesta clara; la señal se cortaba entre las paredes de la barranca. Aurelio se sentó sobre una piedra.
—Puedo quedarme en la entrada. Si oigo a alguien, les aviso.
Andrés le dio una lámpara. Después ató la cuerda a un árbol grueso, junto a la boca de la cueva.
—Nos mantenemos donde podamos volver caminando —dijo a Lucía—. Si hay un pozo, nos detenemos.
Ella asintió. Entraron.
* * *
El aire olía a agua estancada. Lucía avanzó detrás de Andrés, procurando apoyar los pies donde él lo hacía. La luz descubría pequeños escarabajos, raíces colgadas y gotas que caían desde el techo. A unos veinte metros encontraron la primera caja. Era de plástico negro y estaba rota por una esquina. Dentro había ropa. Camisas, una falda doblada, dos cinturones. Andrés no la tocó.
Un poco más adelante aparecieron otras cajas, vacías, y las marcas de algo pesado arrastrado sobre el suelo. La voz volvió a pedir agua. Lucía apretó el asa del maletín. El pasadizo desembocaba en una cámara amplia. Un canal atravesaba el suelo y desaparecía debajo de la pared opuesta. En el centro había una poza oscura. Junto a ella descansaban cinco bultos envueltos en mantas endurecidas por la humedad. Lucía se quedó inmóvil.
Uno tenía la forma de un cuerpo humano. Los demás eran más pequeños. Andrés dirigió la lámpara hacia una reja de hierro instalada entre dos columnas naturales de piedra. Detrás había un hombre. Estaba sentado sobre una plataforma elevada, con los pies recogidos y una manta alrededor de los hombros. Levantó una mano para protegerse de la luz.
—No tan fuerte.
Andrés bajó la lámpara. El hombre tenía el cabello largo y gris, la barba enredada y el rostro hundido. Una cicatriz le dividía la ceja izquierda. Lucía escuchó un cambio en la respiración de Andrés.
—Daniel.
El hombre parpadeó. Después se acercó a los barrotes arrastrándose.
—¿Andresito?
El policía dejó la lámpara en el suelo. Se arrodilló frente a la reja.
* * *
Lucía les concedió unos segundos. Luego se acercó.
—Daniel, soy médica. Voy a ayudarte.
Él no apartaba la mirada de su hermano. Andrés sujetó los barrotes.
—¿Dónde está la llave?
—Arriba.
—¿Quién te encerró?
Daniel miró hacia el pasadizo.
—Hoy no debía venir.
Lucía sacó una botella. La reja permitía pasarla entre dos barrotes, pero Daniel apenas pudo sostenerla. Ella lo ayudó a beber unos sorbos. Sus manos estaban cubiertas de marcas antiguas. Algunas parecían cicatrices de cortes; otras rodeaban las muñecas como si hubiera llevado ligaduras durante mucho tiempo.
—¿Has estado aquí todos estos años? —preguntó Andrés.
Daniel bajó la botella.
—Aquí… y abajo.
Señaló la poza. Andrés alumbró la plataforma. Había un cuenco, una cubeta con tapa y un colchón tan gastado que asomaba el relleno. En un nicho, junto a la reja, se apilaban envases vacíos de comida.
—¿Quién te traía de comer?
—Los de la nave. Unas veces Julián. Otras, alguien que no hablaba. Me subían cuando crecía el agua.
Lucía examinó sus tobillos hinchados y las llagas que sobresalían de la manta. Aquello no había mantenido sano a Daniel; apenas lo había mantenido vivo. No podía levantarlo sin ayuda ni exigirle que contara doce años de una sola vez. Lucía miró el agua. Había escalones tallados en la piedra. Los últimos desaparecían bajo la superficie.
—¿Qué hay abajo?
Daniel se llevó una mano al pecho.
—Donde no se oye a los de arriba.
Andrés sacó una herramienta pequeña y examinó el candado. Estaba oxidado, pero la cerradura tenía marcas recientes de uso.
—No puedo romperlo con esto.
Lucía alumbró los bultos. Sobre una de las mantas había una tablilla con un nombre. Inés Martínez. Uno de los nombres del cuaderno. Al lado, otra tablilla. Mateo Cruz. Andrés lo vio también. Volvió a hablar por radio, esta vez desde el borde del pasadizo. Dio la ubicación de una persona viva, posiblemente privada de su libertad, y de varios cuerpos. Su voz se mantuvo firme hasta que terminó. Después se quedó mirando a Daniel.
—Te vamos a sacar.
* * *
Aurelio llegó apoyándose en la pared. Lucía fue hacia él.
—Te dije que esperaras.
—Hay un coche en el camino de abajo.
Andrés recogió la lámpara.
—¿Cuántos?
—No pude verlos. El motor se apagó.
Daniel retrocedió hasta la plataforma. La botella cayó al suelo.
—No lo dejen entrar.
Aurelio se acercó a la reja. Al ver al prisionero, perdió el color del rostro.
—Daniel.
—Ahora eres viejo —murmuró él.
Aurelio apoyó una mano en los barrotes.
—Pensé que Elena había llegado tarde.
Daniel negó lentamente.
—Llegó.
Lucía se acercó.
—¿Mi madre estuvo aquí?
Él la miró por primera vez con atención. Sus ojos pasaron del rostro de Lucía a su cabello.
—Te pareces.
—¿Intentó sacarte?
Daniel señaló una esquina de la cámara. Allí había un candado partido, casi cubierto por la tierra.
—Abrió.
Andrés se volvió hacia él.
—¿Por qué no saliste?
La respuesta llegó apenas como un soplo.
—Él me llamó.
Aurelio cerró los ojos. Daniel se abrazó las rodillas.
—Cuando llama, el cuerpo escucha antes que uno.
Lucía recordó el dolor de su mandíbula. El pecho cerrado. La voz junto a la ventana. Miró a Aurelio. Esta vez él no intentó ocultarle nada.
—Esteban lo obligó a cambiar —dijo—. Y le enseñó a volver solo cuando él lo permitía.
* * *
Andrés encontró un manojo de llaves en un hueco de la pared, junto a una bolsa de pan endurecido y una botella vacía. Probó tres antes de abrir el candado. Daniel no salió. Lucía se agachó a su altura.
—Vamos a levantarte despacio.
El hombre miró la puerta abierta. Parecía esperar que se cerrara. Andrés entró y lo abrazó. Daniel soltó un sonido áspero, casi un sollozo, y apoyó la frente en el hombro de su hermano. Lucía extendió una manta limpia. Mientras lo ayudaban, escucharon un silbido desde el pasadizo. Breve. Dos notas. Daniel se puso rígido. Sus dedos se cerraron alrededor del brazo de Andrés. Aurelio apagó su lámpara.
—No lo sueltes.
El silbido volvió a sonar. Más cerca. Daniel cayó de rodillas. Lucía vio cómo la piel de su cuello se tensaba y el cuerpo comenzaba a sacudirse. Andrés intentó sostenerlo.
—¡Daniel, mírame!
Desde la oscuridad llegó una voz conocida. Esteban Salvatierra habló con calma, como si estuviera llamando a un animal desde la puerta de su casa.
—Ven.
Y Daniel empezó a arrastrar a su hermano hacia la salida.