Capítulo 5 de 13
La voz prestada
Lucía sintió un dolor repentino en la mandíbula. Se llevó la mano al rostro. El dolor descendió por el cuello, acompañado de una presión en el pecho que le impidió tomar aire. Al otro lado del vidrio, la mujer que tenía la cara de su madre sonrió.
—Eso es. No te resistas.
Aurelio cerró la cortina. La presión disminuyó. Lucía se apoyó en la mesa, respirando por la boca.
—¿Qué me está haciendo?
—Mírame —dijo él.
Lucía levantó los ojos.
—¿Qué me está haciendo?
Aurelio habló despacio.
—Intenta provocar el cambio. No escuches su voz.
Desde el patio llegaron tres golpes.
—Aurelio nunca te ha dicho qué pasa con los que no aprenden.
Jacinta se acercó a Lucía y le sujetó los hombros.
—Vete al cuarto.
—No voy a dejarlos aquí.
—Entonces ayúdame a mover la mesa.
Arrastraron el mueble hasta bloquear la puerta de la cocina. Las tazas cayeron al suelo. El cuaderno azul quedó atrapado debajo de una pata, y Lucía tuvo que agacharse para recuperarlo. La voz volvió a sonar.
—Puedes pasar años enferma, hija. Tu madre también empezó así.
Lucía sacó el teléfono. Una barra de señal. Llamó a Andrés. Él contestó al tercer tono.
—Hay alguien en el patio —dijo—. Cortaron la luz. Está amenazándonos.
—¿Quién?
Lucía miró la cortina.
—Creo que Salvatierra.
—¿Lo viste?
—Ven. Por favor.
Andrés dejó de preguntar.
—Cierra todo. Estoy cerca.
* * *
Aurelio no se apartaba de la puerta. Tenía la camisa pegada al vendaje y una mano apoyada sobre el marco. Lucía vio que temblaba.
—Siéntate —le dijo.
Él negó. En el patio, algo rozó el muro. Después se escuchó un paso sobre las hojas. Otro. La figura caminaba hacia la ventana del dormitorio. Jacinta apagó la lámpara del teléfono de Lucía. Quedaron a oscuras.
—¿Por qué puede entrar una noche y ahora espera afuera? —susurró Lucía.
—Porque esta vez sabemos que está aquí —respondió Aurelio—. No quiere enfrentarse con nosotros. Quiere que lo sigas.
El pestillo de la ventana tintineó. Lucía recordó haberlo revisado antes de acostarse. También recordó la fotografía tomada mientras dormía. La cerradura no había detenido a nadie. Aurelio debió advertir su pensamiento.
—Un coyote cabe por un hueco que nosotros pasaríamos por alto. Al volver hay que revisar el piso, no solo las ventanas.
Jacinta soltó un pequeño gemido. Del otro lado de la ventana, Elena empezó a cantar. Era una canción que Lucía conocía. Su madre se la cantaba cuando había tormenta y ella se escondía debajo de las cobijas. No recordaba todas las palabras, pero sí la pausa antes del último verso, el modo en que Elena bajaba la voz para fingir que se estaba quedando dormida. La impostora hizo la misma pausa.
Lucía se cubrió los oídos. Aun así, escuchó. El dolor de la mandíbula regresó. Esta vez sintió que los dientes no encajaban. Aurelio le tomó una mano.
—Dime tu nombre.
—Lucía.
—Completo.
—Lucía Mendoza.
—¿Dónde estás?
—En casa de mi abuela.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y dos.
La canción se interrumpió. Un golpe sacudió la ventana.
—No le enseñes a esconderse —dijo la voz de Elena.
Aurelio siguió mirándola.
—¿Qué haces cuando alguien llega herido a tu clínica?
Lucía tragó saliva.
—Lo reviso.
—¿Qué necesitas saber primero?
Contestó casi por costumbre. Mientras hablaba de su trabajo, la presión del pecho empezó a ceder. La canción se volvió un sonido exterior, separado de ella. Aurelio le soltó la mano.
—Quédate aquí.
* * *
La luz de una patrulla cruzó las cortinas. Se oyó el motor detenerse frente a la casa. Andrés llamó desde la calle.
—¡Lucía!
La figura del patio golpeó una última vez el cristal. Después llegó un ruido seco sobre las láminas del gallinero. Aurelio apartó apenas la cortina de la cocina. Lucía miró por encima de su hombro. No había nadie. Al pie del muro, un animal de lomo bajo se deslizó entre las hojas del limonero. Lucía alcanzó a distinguir el hocico estrecho de un coyote antes de que desapareciera por el desagüe del patio.
Andrés volvió a llamar. Lucía corrió hacia la entrada principal.
Antes de abrir, preguntó:
—¿Con quién vienes?
—Solo. Gilberto está en el hospital con la familia de Roberto.
La voz era suya. Aun así, Lucía miró por la ventana. Reconoció la patrulla, la cicatriz de Andrés, su impermeable azul. Entonces retiró la tranca. Él entró con una lámpara en la mano. Vio la mesa desplazada, los vidrios rotos de las tazas y a Jacinta sentada en el suelo.
—¿Alguien la lastimó?
—Está asustada —respondió Lucía.
Andrés ayudó a levantarla. Después observó a Aurelio.
—Usted estaba en el almacén.
—Sí.
—¿Es quien encontró a Roberto?
Aurelio asintió. Andrés pareció guardar aquella respuesta para después. Salió al patio. Lucía fue con él. Encontraron el cable eléctrico cortado junto al medidor y marcas de barro en el muro. En el suelo, debajo de la ventana, había un trozo de venda. Andrés lo iluminó. La tela conservaba una mancha oscura.
—No lo toques —dijo.
Lucía ya había retirado la mano. Junto al gallinero, Andrés encontró una abertura bajo el muro, parcialmente oculta por una tabla. Daba a un desagüe antiguo. Había pelos enganchados en una astilla y barro fresco en ambos lados. Dentro de la casa, la pequeña tapa de ventilación de la despensa estaba desprendida. El hueco comunicaba con ese mismo conducto. Un animal podía atravesarlo y recuperar después su cuerpo en la cocina.
Jacinta recordó el golpe de cuatro noches antes. Al caer había derribado unos costales contra la tapa; desde entonces nadie había revisado aquel rincón. Andrés fotografió los dos accesos antes de cerrarlos con una rejilla de hierro. Lucía comprendió cómo alguien había llegado hasta su cama sin tocar el pestillo de la ventana.
* * *
Mientras Andrés fotografiaba el patio, Jacinta encendió dos velas. Aurelio se sentó por fin. Lucía se acercó a él.
—Sabías que podía pasarme.
—Lo sospechaba.
—Y tampoco me lo dijiste.
Aurelio se frotó la barba húmeda de sudor.
—Esperaba hablar contigo sin Esteban en la ventana.
Lucía quiso seguir reclamando, pero el agotamiento le dejó la garganta cerrada. Se sentó enfrente.
—¿Puedo convertirme en un animal?
Aurelio miró hacia el corredor, donde Jacinta encendía otra vela.
—Tal vez. Hay hijos que nunca cambian. Otros empiezan muy jóvenes. Tu madre te observaba, pero tú no mostrabas señales.
—Tengo treinta y dos años.
—El regreso puede haberlas despertado. O Esteban está forzando algo que habría permanecido dormido.
—¿Puede hacerlo desde cualquier sitio?
—Tienes que oírlo. Sin pelo tuyo, busca que el miedo te haga perder pie; no puede ordenar tus movimientos como si ya le pertenecieras. Por eso usa la voz de Elena y espera a que lo sigas.
—¿Y por qué ahora?
—Mientras vivías lejos y no mostrabas señales, no sabía si iba a conseguirlo. Tu vuelta al pueblo le permitió probar. Que sientas dolor no significa que tenga derecho sobre ti.
Lucía se tocó la mandíbula. El dolor había desaparecido, aunque los músculos seguían tensos.
—¿En qué animal?
—No puedo saberlo.
—Él dijo que venía a enseñarme.
—Quiere ser la primera persona a la que busques cuando tengas miedo.
La respuesta hizo que Lucía mirara hacia la puerta.
—¿Por qué?
Aurelio tardó en contestar.
—Con tu madre también usó el miedo para hacerse necesario. Amalia ya le había enseñado a cambiar antes de que conociera a Esteban. Él empezó después: la llamaba hasta agotarla y luego se ofrecía a ayudarla a regresar. Elena tardó en entender que aquel malestar no venía de ella.
* * *
Andrés entró y dejó la lámpara sobre la mesa.
—Ya informé lo del cable y la entrada al patio. Voy a necesitar sus declaraciones.
Lucía asintió.
—Hay algo más.
Le mostró la caja vacía y las marcas del baúl. Andrés escuchó sin interrumpir. Anotó el robo de la trenza, la visita de Salvatierra y lo que este había dicho sobre Tomás. Cuando Lucía mencionó su parentesco, el policía levantó la vista.
—¿Tu padre?
—Lo supe hoy.
Andrés miró a Jacinta. La anciana mantuvo los ojos en las velas.
—Voy a preguntar por él —dijo Andrés—. Pero necesito que me cuenten lo que puedan sostener después. Roberto dijo que un hombre lo atacó. Tomás habla de un animal. No quiero que alguien use esa diferencia para desacreditarlos.
Lucía pensó en Aurelio temblando sobre el suelo del cobertizo.
—Tomás vio algo que todavía no sabe explicar.
—Entonces que diga eso.
Andrés recogió su cuaderno.
—Esta noche me quedo afuera. Mañana veremos cómo cambiar las cerraduras y reparar la luz.
Cuando salió, Lucía advirtió que Aurelio había empezado a llorar. No hacía ruido. Las lágrimas le caían sobre la barba.
—¿Qué pasa?
Él señaló el cuaderno azul.
—Ábrelo por atrás.
Lucía obedeció. Las últimas hojas parecían en blanco. Bajo la luz de la vela vio marcas hundidas en el papel, como si Elena hubiera escrito sobre una página que luego arrancó. Se acercó más. Distinguió una fecha. La víspera de su muerte. Después, varias palabras sueltas. Agua. Nombres. Esteban. Jacinta trajo un lápiz del cajón de la cocina. Lucía sombreó suavemente la hoja. Las marcas fueron apareciendo entre el grafito. No era una carta.
Era una lista. Había seis nombres, acompañados por fechas y lugares: una vereda, el río, una parcela detrás del aserradero. Algunos llevaban una cruz. Lucía reconoció uno. Daniel Rojas. Levantó la mirada hacia la puerta.
—¿Era familiar de Andrés?
Jacinta asintió.
—Su hermano mayor.
Lucía recordaba vagamente una búsqueda, hombres saliendo al monte con lámparas, su madre preparando café para quienes regresaban.
—Dijeron que se había ido a trabajar al norte.
—Eso dijeron —respondió Aurelio.
Al pie de la lista apareció una última frase. Lucía pasó el lápiz hasta hacerla legible.
Los encontré en la cámara del agua. Uno todavía se mueve.
Afuera, Andrés caminaba junto a la patrulla. Su silueta cruzó la ventana. Lucía sostuvo la hoja cerca de la vela y miró otra vez la fecha. Doce años. Doce años desde que Elena escribió aquellas palabras. Debajo, casi fuera del margen, había un nombre rodeado por un círculo. Daniel.