Capítulo 4 de 13

Lo que guardaba el baúl

—Ya estaba dentro —dijo Lucía.

Aurelio la miró sin comprender. Ella levantó el teléfono.

—Si esa mano estaba junto a mi cama, no necesitaba que le abriera ninguna puerta.

El hombre dejó caer la vista hacia la fotografía. Jacinta permaneció inmóvil, sujetando el bastón.

—Tienes razón —admitió Aurelio—. La fotografía prueba que ya había encontrado una entrada. La voz pudo servirle para descubrir la casa antes.

Lucía miró a su abuela.

—¿Abriste anoche?

—No.

—¿Antes de que yo llegara?

Jacinta apretó los labios. Afuera, las últimas gotas resbalaban desde el techo del cobertizo.

—Hace cuatro noches —dijo finalmente—. Escuché a Elena en el patio.

—¿Dónde pusiste la fotografía que quitaste de mi cuarto?

—En el armario de la cocina, envuelta en un trapo. No quería verla mientras dormías.

Lucía contuvo el reproche. Primero necesitaba entender la caída. Lucía sintió que se le endurecía el estómago.

—¿Y abriste?

—Solo la puerta de la cocina. No había nadie. Después sentí que algo pasó junto a mí y caí.

La caída. El moretón junto a la oreja. La llamada de Petra. Lucía recogió las gasas y cerró el maletín.

—Vamos a la casa.

* * *

Aurelio se vistió con las prendas del cajón. Lucía tuvo que ayudarlo a introducir el brazo en la camisa. Caminaba encorvado, presionándose el vendaje del costado. Regresaron por el sendero antes de que terminara de oscurecer. En la puerta trasera, Jacinta sacó una llave pequeña del bolsillo de su vestido.

—El baúl está debajo de mi cama.

Lucía fue a buscarlo. Era de madera oscura, reforzado con láminas de metal en las esquinas. Tuvo que arrastrarlo hasta el centro del dormitorio. Una capa de polvo cubría la tapa, salvo en torno a la cerradura. Allí había marcas recientes. Jacinta se arrodilló con dificultad, pero Lucía la detuvo.

—Dame la llave.

Al girarla, sintió una resistencia breve. Después el mecanismo cedió. Dentro había ropa doblada, una bolsa de documentos y un rebozo verde que Lucía reconoció inmediatamente. Su madre lo usaba durante los días fríos. Lo llevó a su rostro. Todavía olía, débilmente, a ella.

Ese detalle le hizo más daño que todo lo ocurrido desde su llegada. Durante años había recordado la voz de Elena, su risa, sus dedos peinándole el cabello; había olvidado que también existía aquel olor. Debajo del rebozo encontró una caja alargada. Estaba vacía. Jacinta se sentó en el borde de la cama.

—Ahí la guardé.

Aurelio examinó la tapa.

—No rompieron la cerradura.

—La llave siempre ha estado conmigo —dijo la anciana.

Lucía volvió a mirar las marcas del baúl.

—Entonces alguien lo abrió de otra manera.

Aurelio acercó la caja a la nariz. Su expresión cambió.

—Esteban.

* * *

Lucía vació el baúl sobre la cama. Encontró certificados escolares, fotografías, recibos y una libreta donde Elena registraba visitas a enfermos del pueblo. Al fondo había un sobre amarillento con su nombre. No estaba cerrado. Dentro encontró una carta de dos páginas.

Lucía:

Hoy volviste a preguntarme por qué no tenemos fotografías de tu papá. Te dije que no le gustaban las cámaras. Fue una mentira pequeña para esconder una demasiado grande. Lucía dejó de respirar un instante. Siempre le habían dicho que su padre murió trabajando lejos, antes de que ella naciera. Miró a Jacinta.

—¿Cuántas cosas más?

Jacinta sujetó el borde de la cama. Lucía continuó. Hay personas capaces de querer a un hijo y, aun así, hacerle daño. Yo tardé en entenderlo. Cuando pude salir de aquella casa, ya te llevaba conmigo. La fecha estaba escrita en la esquina superior: diecisiete años atrás. Lucía tenía quince. Pasó a la segunda página.

Si alguna vez alguien viene a reclamarte en nombre de tu sangre, recuerda que no le debes obediencia. Hay cosas que puedes heredar sin aceptar la vida de quien te las dejó. La carta terminaba allí. No había nombre.

—¿Quién era? —preguntó Lucía.

Jacinta cerró los ojos. Aurelio se apoyó contra el ropero.

—Esteban Salvatierra.

Lucía miró a uno y luego a la otra. Esperó que alguien corrigiera la respuesta. Nadie lo hizo.

—No.

La palabra salió seca. Recordó al hombre en la puerta, la bolsa de conchas, su manera de decir que siempre había sido decidida.

—Mi madre habría…

Se detuvo. Ya no sabía qué habría hecho su madre. Jacinta se cubrió las manos con el rebozo.

—Elena tenía veintidós años cuando se fue con él. Esteban todavía no era dueño del aserradero. Trabajaba para su suegro.

—¿Estaba casado?

—Separado. Eso le dijo.

Lucía dejó la carta sobre la cama.

—¿Y tú lo sabías?

—Supe que era peligroso cuando ella regresó.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

Jacinta levantó el rostro.

—Porque tu madre me lo pidió. Y después de su muerte seguí haciendo lo mismo, aunque ya no sabía si estaba cumpliendo una promesa o escondiéndome detrás de ella.

Lucía se apartó. Necesitaba aire.

* * *

En el patio, la noche olía a hojas húmedas. Lucía llamó a la clínica y dejó un mensaje para ampliar su permiso. Luego encontró uno de Andrés. Roberto está estable. Su mamá llegó al hospital. Necesito verte mañana. Guardó el teléfono. Aurelio salió despacio y se sentó en una silla junto al limonero.

—No tienes que hablar conmigo —dijo.

Lucía permaneció de pie.

—¿Mi madre se convertía en perro?

—No.

—¿En qué?

Aurelio se pasó una mano por la barba.

—En jaguar.

Lucía pensó en el mechón del cuaderno, en la trenza de la fotografía.

—¿Y Salvatierra quiere hacerse pasar por ella?

—Puede copiar parte de su apariencia. La voz. Algunos rasgos. Necesita algo que haya conservado la forma de Elena: pelo de su cuerpo animal, guardado por ella.

—¿Puede convertirse en cualquier persona?

—No puede convertirse por completo en cualquiera. Su otro cuerpo es un coyote, como el mío es un perro y el de Elena era un jaguar. Pero Esteban aprendió a usar pelo ajeno para forzar formas prestadas. Le duran poco y lo agotan.

—¿Y la voz?

—Una voz que ha escuchado, un gesto, unos dedos: puede imitarlos unos instantes sin pelo. Lo he visto equivocarse al hacerlo. Para sostener la apariencia de Elena necesita su trenza y alguien que la recuerde. Cuanto mejor la recuerdas, más fácil te resulta completar lo que a él le falta.

Lucía sostuvo el teléfono entre las manos. La cicatriz ya no parecía una prueba de que su madre hubiera regresado.

—La canción que me cantaba…

—El pelo guardado conserva rastros de quien lo llevó: olores, sonidos repetidos, cosas que hizo muchas veces. No le cuenta toda una vida. Esteban junta esos restos con lo que sabe de ustedes.

Lucía recordó aquella mano aislada en la fotografía.

—Mi abuela esperaba verla.

—Sí.

—¿Y tú por qué hablaste con su voz en la carretera?

Aurelio la miró.

—Yo no hablé.

El frío le subió a Lucía por la espalda.

—Escuché que me llamaban.

—Estaba del otro lado del camino. Te seguía desde antes de que yo llegara.

Lucía se sentó. Durante un rato ninguno dijo nada.

Después ella preguntó:

—¿Qué sacan de las cuevas?

—Cajas que Esteban guarda allí. Elena me habló de ropa y objetos de gente que ya no aparecía por el pueblo. También escondió papeles para que él no pudiera destruirlos.

—¿Los dejó con las cajas?

—No lo sé. Tu madre dejó de confiar incluso en mí al final.

Aurelio miró la luz encendida del dormitorio.

—Creía que alguien del pueblo ayudaba a Esteban.

—¿Por qué iba a dejar papeles allí?

—Porque conocía grietas y entradas secundarias que Esteban no vigilaba. Si alguien encontraba a los encerrados, encontraría también lo que ella había escrito.

Lucía apoyó los codos en las rodillas.

—Entonces la mató por eso.

Aurelio tardó en responder.

—La encontraron al pie de una barranca. Yo llegué después.

—Eso no contesta.

—Es lo único que puedo asegurar.

Por primera vez, Lucía agradeció que alguien distinguiera entre lo que sabía y lo que temía.

* * *

Jacinta preparó café, aunque ninguno quería beberlo. Lucía llevó a la mesa el cuaderno azul, la carta y la caja vacía.

—Vamos a revisar todo —dijo—. Y mañana hablaremos con Andrés.

—No puedes contarle lo que vio Tomás —advirtió Jacinta.

—Puedo contarle que alguien entró en mi habitación. Que robaron cosas del baúl. Que Salvatierra sabe detalles del ataque que no le dijimos.

Aurelio asintió. Jacinta no discutió. Pasaron las hojas del cuaderno. Entre recetas y anotaciones encontraron un dibujo de la sierra. Elena había marcado el puente viejo, el arroyo y un cerro al que Lucía recordaba llamar La Ventana. Había tres cruces junto a una pared de roca.

Al margen se leía:

La entrada baja se inunda. No ir después de lluvia.

Debajo aparecía otra frase, escrita con tanta presión que había rasgado el papel:

No volver sola.

Lucía fotografió la página. Entonces se apagó la luz. La casa quedó a oscuras. Aurelio levantó la cabeza. En la calle, un motor disminuyó la velocidad. Lucía encendió la lámpara del teléfono y apuntó hacia el corredor. Jacinta ya estaba de pie.

—Aléjate de las ventanas.

El vehículo se detuvo. No cerraron ninguna puerta. Pasaron varios segundos. Después alguien llamó desde el patio.

—Mamá.

La taza resbaló de los dedos de Jacinta y se rompió en el suelo. Lucía sintió que todos los recuerdos de Elena se acercaban de golpe: su voz por las mañanas, su manera de alargar la primera sílaba cuando estaba cansada.

—Mamá, tengo frío.

Aurelio se levantó con dificultad.

—Jacinta. Mírame.

La anciana no pudo apartar los ojos del corredor. Una sombra cubrió el vidrio de la puerta de la cocina. Lucía alzó el teléfono. A través del cristal distinguió un rostro. Elena. Más joven que en la última fotografía que le habían tomado. El cabello mojado, pegado a las mejillas. El rebozo verde sobre los hombros. Lucía miró hacia la mesa. El verdadero rebozo seguía allí. La figura sonrió.

—Mi niña.

Lucía retrocedió hasta golpear una silla. La sonrisa cambió apenas. Un gesto de impaciencia que nunca había visto en su madre.

—Abre.

Aurelio se colocó entre ella y la puerta. La figura dejó de mirarlo y acercó la frente al cristal.

—No vine por tu abuela, Lucía.

Una mano se apoyó en la ventana. La cicatriz circular. Ahora podía verla completa.

—Vine a enseñarte a salir.