Capítulo 3 de 13
El hombre debajo de la piel
Lucía abrió la puerta antes de que su abuela pudiera detenerla. El perro retrocedió. Tenía una oreja desgarrada y una herida junto al costado, oculta en parte por el pelo negro. La sangre del hocico parecía venir de otro sitio.
—¿Dónde está Roberto?
El animal miró hacia el muro del patio. Lucía esperó otra respuesta. Quería volver a oír aquellas palabras para convencerse de que no las había imaginado. El perro gimió.
—No le pidas más —dijo Jacinta—. Le cuesta.
Se apoyó en el marco de la puerta y observó la sudadera.
—¿Lo sacaste del agua?
El animal bajó la cabeza. Lucía miró a su abuela.
—Sabes quién es.
Jacinta no respondió. Se llevó una mano a la cadera y tuvo que sujetarse del marco.
—Tráeme el chal que está sobre mi cama.
—No puedes salir así.
—Si quieres encontrar al muchacho, haz lo que te digo.
Lucía fue por el chal, pero también tomó el maletín médico y su teléfono. Desde el patio consiguió enviarle un mensaje a Andrés. Hay una pista de Roberto. Estoy en casa de mi abuela. Ven cuanto antes. Adjuntó una fotografía de la sudadera y la credencial. El mensaje quedó enviado.
—Hay que esperar a la policía —dijo.
Jacinta le quitó el chal de las manos.
—Esperaremos lo que él pueda esperar.
El perro avanzó hacia una puerta estrecha detrás del limonero. Lucía no recordaba haberla visto abierta. Daba a un sendero entre el muro de la casa y una antigua cerca de piedra. Antes de cruzar, el animal volvió la cabeza. Lucía reconoció entonces aquel gesto: la inclinación leve del hocico, una oreja levantada y la otra caída. Capitán. El mismo perro al que había dado tortillas de niña.
* * *
El sendero descendía hacia las huertas. Jacinta caminaba despacio, ayudándose del bastón. Lucía quiso sostenerla, pero la anciana le señaló al animal, que las esperaba unos metros adelante.
—Ve tú. Yo conozco el camino.
—No voy a dejarte aquí.
—Entonces ayúdame sin discutir.
Bajaron juntas. A esa hora todavía quedaba luz, aunque las nubes cubrían las cumbres. El pueblo se fue ocultando detrás de los árboles. Se escuchaban el arroyo y, más lejos, un motor trabajando en el aserradero. El perro caminaba con dificultad. Lucía veía cómo evitaba apoyar la pata trasera izquierda.
—Está herido.
—Lo sé.
—También necesita ayuda.
Jacinta la miró brevemente.
—Por eso vino.
Llegaron a un almacén abandonado entre cafetales. Conservaba parte del techo de lámina y una puerta sujeta con alambre. El perro se detuvo frente a ella y olfateó la rendija. Lucía apartó el alambre. Dentro olía a madera podrida y ropa mojada. Roberto estaba acostado sobre unos costales. Tenía los ojos cerrados, el rostro pálido y los pantalones empapados. Una tabla le inmovilizaba torpemente la pierna derecha. Lucía se arrodilló.
—Roberto. Soy Lucía. ¿Me escuchas?
El muchacho abrió los ojos apenas.
—No prenda la luz.
—Necesito revisarte.
—La ven desde el camino.
Lucía miró la única ventana del almacén. Jacinta se acercó y colgó el chal sobre el hueco. Entonces encendió la lámpara del teléfono. Roberto tenía una herida en la cabeza y moretones en el pecho. Respiraba rápido, pero pudo decir su nombre y reconocer dónde estaba.
—¿Te caíste?
—Me aventó.
—¿Quién?
El muchacho miró al perro.
—Él me sacó.
Lucía siguió revisándolo. Evitó mover la pierna y lo cubrió con su chamarra.
—Ya avisamos. Van a venir por ti.
Roberto le sujetó la muñeca.
—No los del aserradero.
—La policía.
—No todos.
Lucía sintió la presión débil de sus dedos.
—¿Viste a alguien más?
—Dos hombres. Tenían lámparas. Salvatierra les dijo que buscaran a Tomás.
Desde fuera llegó el ruido de una motocicleta. El perro levantó las orejas. Jacinta apagó la lámpara. Todos quedaron en silencio. El motor pasó por un camino cercano y continuó cuesta arriba. Lucía esperó hasta dejar de oírlo antes de mirar otra vez su teléfono. Andrés había contestado. Estoy llegando a tu casa. ¿Dónde están? Le envió la ubicación.
* * *
Andrés apareció veinte minutos después con un compañero y dos vecinos que llevaban una camilla de lona. Jacinta salió a recibirlos. El perro se había ocultado detrás del almacén.
—¿Cómo lo encontraron? —preguntó el policía.
Lucía señaló los costales.
—Primero ayúdame con él.
Trabajaron juntos para acomodarlo. Roberto dejó escapar un grito cuando levantaron la pierna, pero no perdió el conocimiento. Andrés se inclinó a su lado.
—Tu mamá te está esperando. Ya le avisamos.
El muchacho lo observó con atención.
—¿Usted vino solo?
—Con Gilberto y los señores Mendoza.
Roberto miró a los hombres de la puerta. Pareció tranquilizarse. Mientras lo sacaban, Lucía recogió su maletín. Andrés la detuvo.
—Encontré sangre junto al puente. Pensé que se lo había llevado la corriente.
—Alguien lo trajo hasta aquí.
—¿Quién?
Lucía miró hacia el fondo del almacén. Había una puerta trasera abierta. Más allá, entre las plantas, distinguió por un instante el lomo negro del perro.
—Todavía no lo sé.
Andrés siguió la dirección de su mirada.
—Lucía, si hay alguien herido o alguien que vio lo que pasó, necesito hablar con él.
Jacinta regresó por su chal.
—Hablarás cuando pueda hacerlo.
Andrés la miró.
—Doña Jacinta, desapareció un muchacho. Ahora tenemos dos heridos.
—Y gracias a Dios los dos respiran. Llévalo.
El policía apretó la mandíbula, pero salió detrás de la camilla. Lucía esperó hasta que los pasos se alejaron.
—No voy a mentir por ti —le dijo a su abuela.
—No te lo he pedido.
—Me estás obligando a escoger qué cuento.
Jacinta recogió el bastón.
—Entonces ven. Necesitas ver lo que falta.
* * *
El perro las esperaba detrás del almacén. Jacinta se acercó a un cobertizo de herramientas y abrió la puerta. Dentro había una silla, una cubeta y varias prendas dobladas sobre un cajón.
—Quédate afuera —dijo.
Lucía negó.
—Soy médica.
—Esto no lo has visto nunca.
—He oído hablar a un perro. No creo que esperar en el patio vaya a ayudarme.
Jacinta sostuvo su mirada y después se apartó. El animal entró. Buscó un rincón de tierra seca y se tendió de lado. Por un momento solo respiró, con el hocico abierto. Después comenzó a temblar. Lucía dio un paso hacia él. Su abuela la sujetó del codo.
—Ahora no lo toques.
Las patas delanteras se contrajeron. El perro intentó incorporarse, pero cayó otra vez. De su garganta salió un sonido ahogado, doloroso, que hizo que Lucía apretara los dientes. La forma del pecho cambió bajo el pelo. No ocurrió de golpe. Hubo un esfuerzo lento, una sucesión de movimientos que Lucía no pudo relacionar con ninguna anatomía conocida. Cerró los ojos un instante y los abrió de nuevo, obligándose a permanecer allí.
Cuando todo terminó, un hombre yacía encogido sobre la tierra. Jacinta tomó una manta del cajón y lo cubrió.
—Aurelio.
Él tardó en responder.
—Estoy aquí.
Lucía se arrodilló. Tenía el cabello gris, la barba crecida y una mancha de piel más clara debajo de la boca. Su oreja derecha sangraba. En el costado conservaba la misma herida que ella había visto bajo el pelo negro. Le tomó la muñeca. Un pulso humano. Rápido, débil. Aurelio la miró.
—Sigues haciendo esa cara cuando tienes miedo.
Lucía recordó al perro bajo su ventana. Las tortillas escondidas.
—Tú eras Capitán.
Él intentó sonreír.
—Nunca me gustó el nombre.
* * *
Lucía limpió las heridas con las manos temblorosas. Aurelio aceptó su ayuda, aunque rechazó que llamara a una ambulancia.
—Si me ven salir de aquí, sabrán dónde estuvo Roberto.
—Ya lo encontraron. Eso terminó.
—Para él, puede ser.
Jacinta permanecía sentada junto a la puerta.
—¿Salvatierra te vio? —preguntó.
—Me olió. No alcanzó a seguirme.
Lucía dejó una gasa manchada dentro de una bolsa.
—¿Qué es usted?
Aurelio extendió los dedos, todavía rígidos por el regreso.
—Un hombre que aprendió a caminar con otro cuerpo.
—¿Un nahual?
—Así me llamaba tu madre cuando estaba enojada conmigo.
Elena. Lucía dejó de trabajar.
—¿La conoció?
—Desde niña.
—¿También podía hacer esto?
Jacinta respondió desde la puerta.
—Sí.
La certeza de aquella palabra le dolió más que la transformación. Lucía recordó las ausencias de su madre, las noches en que la casa quedaba a oscuras, el olor a monte en su cabello al amanecer.
—Me dijeron que murió en un accidente.
Aurelio cerró los ojos.
—Esa historia te permitió irte.
—Tenía veinte años. Podía conocer la verdad.
Jacinta se inclinó sobre el bastón.
—No sabía cómo contártela sin que volvieras a buscar lo que la mató.
Lucía sacó el teléfono y mostró la fotografía.
—¿Esto también lo conocen?
Aurelio se incorporó demasiado rápido. La herida del costado volvió a sangrar.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Él sostuvo el aparato con ambas manos. Miró la cicatriz, la cama, la sombra apenas visible detrás del brazo.
—Jacinta, ¿dónde está la trenza?
La anciana palideció.
—En el baúl de Elena.
—Ve a buscarla.
—¿Qué trenza? —preguntó Lucía.
Aurelio le devolvió el teléfono.
—Tu madre conservaba pelo de su otro cuerpo. Salvatierra llevaba años intentando conseguirlo.
Lucía volvió a mirar la mano apoyada sobre su cama.
—¿Para qué?
Aurelio levantó los ojos.
—Para que alguien le abriera la puerta creyendo que ella había regresado.