Capítulo 2 de 13
La herida del otro cuerpo
Lucía apartó a Tomás de la ventana.
—Siéntate. Vas a lastimarte el brazo.
El muchacho obedeció, pero siguió mirando hacia la calle. Petra se colocó delante de él, como si su cuerpo pudiera ocultarlo de quien esperaba afuera. Esteban Salvatierra cruzó despacio. Llevaba botas limpias a pesar del lodo y una camisa blanca demasiado ligera para el frío de la mañana. Al llegar a la puerta, golpeó dos veces con los nudillos.
—Jacinta. Me dijeron que volvió tu nieta.
La anciana hizo un gesto hacia Petra. Ella llevó a Tomás a la cocina. Lucía miró de nuevo la fotografía en su teléfono. La mano sobre su cama, la cicatriz alrededor de la muñeca. Apagó la pantalla y guardó el aparato. Jacinta retiró la tranca.
—Buenos días, Esteban.
—Buenos días.
Él levantó la bolsa de pan.
—Traje conchas. Me acordé de que a Lucía le gustaban las de chocolate.
Lucía no recordaba haberle dicho nunca algo semejante.
—Gracias —contestó desde el pasillo.
Salvatierra sonrió. Tenía un rostro ancho, de mejillas afeitadas, y una pequeña mancha de sangre junto al puño de la camisa.
—Ya toda una doctora.
—Trabajo en una clínica de Oaxaca.
—Tu mamá estaría orgullosa.
Jacinta recibió el pan sin invitarlo a pasar. Esteban miró por encima de su hombro.
—¿Tienes visita?
—Petra vino a ayudarme.
—¿Y el muchacho?
Lucía sintió que su abuela se tensaba.
—¿Qué muchacho? —preguntó Jacinta.
—Su hijo. Lo andaban buscando anoche.
Desde la cocina llegó el ruido de una silla arrastrada. Salvatierra bajó la vista hacia su venda y acomodó el borde con el pulgar.
—Se cortó entre los alambres del aserradero. Los jóvenes se meten donde no deben y luego inventan cualquier cosa para evitar un regaño.
Lucía se acercó.
—¿Usted estaba allí?
—Un trabajador me avisó.
—Necesito saber qué pasó para atenderlo.
—Entonces sí está aquí.
La respuesta de Lucía tardó apenas un segundo.
—Lo voy a llevar al hospital.
Salvatierra dejó de sonreír.
—El centro de salud abre a las nueve. No hace falta que conduzcas con este tiempo.
—La herida necesita valoración.
Él la observó con una atención que le resultó desagradable.
—Siempre fuiste decidida.
—¿Cómo se lastimó usted?
Lucía señaló la muñeca. Salvatierra se cubrió la venda con la otra mano.
—Trabajando.
Jacinta dio un paso hacia fuera, obligándolo a retroceder.
—Gracias por el pan. Tenemos cosas que hacer.
Antes de alejarse, Esteban miró a Lucía.
—Ten cuidado en la carretera. Anoche se cayó un árbol.
Tomás habló cuando dejaron atrás las últimas casas. Petra iba junto a él en el asiento trasero. Lucía conducía procurando evitar los baches, mientras el cielo comenzaba a clarear entre las montañas.
—No fui al aserradero —dijo el muchacho.
Su madre le apretó la rodilla.
—Ahora descansa.
—Necesito saberlo, Petra —intervino Lucía—. Puede ayudar a que lo atiendan bien.
Durante unos segundos solo se oyó el limpiaparabrisas.
—Beto y yo bajamos al arroyo —continuó Tomás—. Hace días que pasan camionetas después de medianoche. Queríamos ver qué llevaban.
—¿Por qué?
—Su hermano trabaja con Salvatierra. Llegó borracho el domingo y dijo que estaban sacando cosas de las cuevas.
Lucía miró el retrovisor.
—¿Qué cosas?
—No quiso decir. Beto pensó que podían ser piezas antiguas.
Petra volvió la cabeza hacia la ventanilla.
—¿Encontraron las camionetas? —preguntó Lucía.
—Había una junto al puente viejo. Y un hombre.
—¿Salvatierra?
—Al principio no lo reconocí. Estaba agachado en el agua.
Tomás se humedeció los labios.
—Beto se acercó más. Yo me quedé detrás de un tronco. Escuché que el hombre le hablaba a alguien, pero no había nadie enfrente de él.
—¿Qué decía?
—Que la señora había abierto la casa.
Lucía sintió el impulso de mirar hacia atrás. Se obligó a mantener los ojos en el camino.
—¿Y después?
—Se quitó la camisa.
Petra cerró los ojos.
—Tomás…
—Déjame contarle.
La voz del muchacho se quebró.
—No fue como en las películas. No se hizo humo ni desapareció. Cayó de rodillas. Parecía que le faltaba el aire. Escuchamos los huesos.
Lucía pasó junto a la rama que había caído la noche anterior. Con la luz del día parecía aún más grande.
—Beto gritó. El animal salió del arroyo y lo alcanzó antes de que pudiera correr.
—¿Dónde está Beto?
Tomás empezó a respirar deprisa. Petra lo abrazó con cuidado.
—Lo dejé allí —dijo él—. Yo llevaba una navaja para cortar cuerda. Cuando me agarró el brazo, le corté una pata. Se soltó y corrí.
Lucía detuvo el coche en un ensanchamiento.
—¿Beto no regresó?
Petra negó.
—Su mamá fue a buscarlo a nuestra casa antes del amanecer. Por eso salí detrás de Tomás. Jacinta me hizo señas desde la puerta.
Lucía miró la pantalla de su teléfono. Una barra de señal apareció y volvió a desaparecer. Esperó hasta que regresó. Entonces llamó al número de emergencias.
* * *
En el hospital de la cabecera municipal, un médico revisó a Tomás mientras Lucía explicaba el mecanismo de la lesión sin mencionar la transformación.
—Un animal de tamaño grande —dijo—. El paciente refiere que lo sujetó con la pata.
El médico examinó los surcos.
—Hay que explorar, limpiar bien y valorar lo demás. ¿Identificaron al animal?
—No con certeza.
Tomás permaneció callado. Cuando se lo llevaron para atenderlo, Lucía acompañó a Petra al corredor.
—Informé que Beto está desaparecido y dónde lo vieron por última vez. Deben ir a buscarlo.
Petra se sentó junto a una máquina de refrescos.
—Salvatierra va a saber quién llamó.
—Hay un muchacho perdido.
—Yo sé.
La mujer empezó a retorcer el asa de su bolso.
—También sé que mi hijo todavía está vivo.
Lucía quiso responder, pero vio el temblor de sus dedos. Se sentó a su lado.
—No voy a decir que Tomás acusa a nadie. Primero tienen que encontrar a Beto.
Petra asintió sin mirarla. Al mediodía llegó Andrés Rojas, el policía municipal que había recibido el aviso. Lucía lo reconoció antes de que él pronunciara su nombre. Habían ido juntos a la secundaria. Ahora tenía una cicatriz sobre la ceja y sostenía un cuaderno pequeño.
—Fui al arroyo con dos compañeros —dijo—. Encontramos el teléfono de Roberto.
—¿Y a él?
—Todavía no.
Andrés miró hacia la puerta donde atendían a Tomás.
—Necesito que nos indique el lugar exacto cuando pueda.
—Puede hablar, pero está asustado.
—Su mamá también.
Lucía lo acompañó hasta el patio del hospital. Allí le mostró la fotografía. Andrés amplió la imagen y su expresión cambió.
—¿Quién tomó esto?
—Eso quiero saber. Mi teléfono estaba en el cuarto.
—¿La puerta tenía seguro?
—Sí.
—¿Y la ventana?
—La revisé antes de acostarme.
Andrés observó el ángulo de la imagen. Parecía tomada desde la repisa, con el teléfono apoyado entre los libros. Alguien pudo activar el temporizador, sentarse junto a la cama y devolver después el aparato a su sitio. Lucía recordó que había consultado la hora antes del grito sin abrir la galería. La fotografía ya estaba allí mientras ella atendía a Tomás. Andrés le devolvió el aparato.
—Mándamela cuando tengas señal estable.
—¿Crees que alguien entró?
Él miró hacia el corredor.
—Creo que necesitas cambiar la cerradura.
* * *
Lucía regresó sola a San Jerónimo. Petra permanecería con su hijo, y Andrés se había comprometido a avisarle en cuanto encontraran a Beto. La casa de Jacinta estaba en silencio. Su abuela dormía en el sillón, con el bastón atravesado sobre las rodillas. Lucía dejó las llaves en la mesa y fue al dormitorio. La fotografía de Elena había desaparecido de la pared. Encontró el clavo desnudo y un rectángulo claro sobre la pintura.
Buscó en el escritorio, después en el ropero. Dentro del último cajón había una caja de zapatos. La abrió esperando hallar el marco. Encontró un cuaderno forrado con tela azul. Reconoció la letra de su madre en la primera página.
Para Lucía, cuando Jacinta decida dejar de tener miedo.
Se quedó de pie, con el cuaderno entre las manos. Había recetas escritas en las primeras hojas, listas de gastos, fechas de consultas médicas. Después aparecían dibujos de patas, perfiles de animales y anotaciones breves. Lucía pasó una página.
La lesión permanece al volver. La curación también.
Más abajo, Elena había dibujado un antebrazo y la pata delantera de un perro. Una línea unía dos cortes situados en el mismo punto. Lucía recordó la venda de Salvatierra. Siguió leyendo.
No todos nacen con la misma facilidad. Algunos necesitan que otro les enseñe a regresar.
Una hoja doblada guardaba un mechón de pelo negro. Al tocarlo, le llegó un olor a lluvia y tierra removida.
—Eso no debiste abrirlo sola.
Jacinta estaba en la puerta. Lucía no había oído el bastón.
—¿Qué es esto?
Su abuela miró el cuaderno.
—De tu mamá.
—Ya sé de quién es. Quiero saber qué escribió.
Jacinta se sentó en la cama. Durante un momento pareció mucho más vieja que la noche anterior.
—Elena observaba todo. Creía que si encontraba una explicación, podría enseñarte sin que sintieras miedo.
Lucía abrió la fotografía del teléfono.
—¿Esta mano es suya?
Jacinta acercó el rostro a la pantalla. Sus labios se separaron.
—No.
—Tiene su cicatriz.
—La cicatriz sí.
Lucía retrocedió un paso.
—No entiendo.
Jacinta levantó la mirada.
—Tu madre nunca habría entrado para dejarte una prueba de que podía tocarte mientras dormías.
La habitación pareció enfriarse.
—¿Está viva?
La anciana tardó en responder.
—Yo vi su cuerpo.
Lucía dejó el cuaderno sobre el escritorio.
—Entonces empieza por decirme quién era.
Antes de que Jacinta pudiera hablar, algo golpeó el muro del patio. Un cuerpo pesado. Lucía se acercó a la ventana. El perro negro estaba junto al limonero. Tenía sangre en el hocico y respiraba con dificultad. A sus pies había una prenda desgarrada. Una sudadera roja. Jacinta se levantó apoyándose en el bastón.
—No abras todavía.
El perro tomó la sudadera entre los dientes y la arrastró hasta la puerta de la cocina. De uno de los bolsillos cayó una credencial escolar. Lucía alcanzó a leer el nombre a través del cristal. Roberto Hernández Cruz. El animal levantó la cabeza. Esta vez la voz no se confundió con la lluvia.
—Aún respira.