Capítulo 1 de 13
El perro que conocía su nombre
El perro apareció en mitad del camino cuando faltaban siete kilómetros para llegar a San Jerónimo del Monte. Lucía frenó tan bruscamente que la caja de medicamentos salió disparada del asiento del copiloto. Una ampolleta se rompió contra la palanca de velocidades. Durante unos segundos, el olor a alcohol llenó el automóvil. El animal no se movió.
Era negro, de patas largas, con una mancha blanca debajo del hocico. La lluvia le escurría por el lomo sin que pareciera sentirla. Permanecía atravesado en la carretera, mirando directamente hacia el parabrisas. Lucía tocó el claxon.
—Quítate.
El perro ladeó la cabeza. Detrás de él, la carretera se hundía entre dos paredes de vegetación. No había luces, casas ni señales de que alguien pudiera estar cerca. La última camioneta que Lucía había visto circulaba en dirección contraria, veinte minutos antes. Volvió a tocar el claxon. El animal dio un paso hacia el coche. Lucía sintió una punzada detrás de las costillas. Aquella mancha blanca. La conocía.
Cuando tenía ocho años, un perro semejante dormía debajo de la ventana de su abuela. Ella le dejaba tortillas a escondidas y lo llamaba Capitán, aunque nadie en el pueblo parecía reconocerlo como propio. Habían pasado veinticuatro años.
—No puede ser —murmuró.
El perro abrió el hocico. No ladró. Lucía escuchó su nombre. La voz fue breve, apenas un sonido entre la lluvia y el motor, pero tuvo la entonación exacta con que su madre la llamaba cuando necesitaba que entrara en casa. Lucía apagó la radio. Hasta ese momento no había advertido que seguía encendida. Una locutora hablaba entre interferencias. Después se oyó música. Nada que pudiera confundirse con aquella voz.
Cuando levantó la vista, el perro ya no estaba. En el lugar donde había permanecido cayó una rama gruesa, desprendida del talud. Golpeó el pavimento con un crujido y quedó atravesada frente a las llantas. Si Lucía no hubiera frenado, la habría recibido sobre el parabrisas. Esperó, sujetando el volante, hasta que sus manos dejaron de temblar. Luego retrocedió unos metros, rodeó la rama y continuó hacia el pueblo. No miró entre los árboles.
* * *
Su abuela la esperaba junto al brasero. Tenía una cobija sobre las rodillas y el cabello blanco recogido en una trenza delgada. A su lado descansaban una taza de café y un plato con pan que nadie había tocado. La casa olía a leña, tierra húmeda y hojas de aguacate. Lucía dejó la maleta junto a la puerta.
—Pensé que estarías dormida.
—Te estaba esperando.
Jacinta no se levantó. Extendió la mano y su nieta se acercó a besarla. La piel de la anciana conservaba el mismo olor a jabón de lavandería que Lucía recordaba de su infancia.
—Tienes las manos heladas —dijo Jacinta.
—Está lloviendo desde el entronque.
—Siéntate.
Lucía obedeció. Había regresado porque su abuela sufrió una caída y se negó a salir del pueblo para recibir atención. La vecina que llamó insistió en que llevaba varios días comiendo poco, que le costaba caminar y que se quedaba despierta hasta el amanecer. Lucía pidió una semana de permiso en la clínica donde trabajaba, en la ciudad de Oaxaca. Compró medicamentos, reunió sus instrumentos y condujo hasta aquella casa que llevaba doce años evitando.
Desde el entierro de su madre.
—Mañana voy a revisarte bien —dijo—. Si hace falta una radiografía, te vienes conmigo.
Jacinta observó los pantalones mojados de su nieta.
—¿Por dónde subiste?
—Por la carretera nueva.
—¿Encontraste algo?
Lucía iba a contarle lo de la rama. En cambio, preguntó:
—¿Todavía hay perros sueltos por allá?
La anciana retiró la mano. Fue un movimiento pequeño, pero Lucía lo advirtió.
—Siempre hay.
—Vi uno negro.
Jacinta miró hacia la puerta.
—¿Te siguió?
—No.
—¿Estás segura?
—Abuela, era un perro.
La leña cedió dentro del brasero. Una lengua de fuego iluminó el rostro de Jacinta y dejó ver un moretón que le nacía junto a la oreja. Lucía se inclinó.
—¿Eso también fue por la caída?
—Sí.
—La señora Petra dijo que te golpeaste la cadera.
—Me golpeé varias cosas.
Jacinta acomodó la cobija con un esfuerzo visible. Lucía prefirió no discutir esa noche. Sacó del equipaje una bolsa con pan y la puso sobre la mesa.
—Traje del que te gusta.
Su abuela no la miró.
—Esta noche, si alguien llama, me despiertas.
—¿Esperas a alguien?
—No.
* * *
El dormitorio de Lucía seguía casi intacto. Su abuela había cambiado las cortinas, pero conservaba el escritorio, el ropero y una repisa donde permanecían tres libros escolares. Sobre la cama había un edredón de flores, limpio y ligeramente húmedo por el clima. Lucía abrió la ventana para revisar el pestillo.
Desde allí se veía el patio, un limonero y el muro que separaba la propiedad del monte. Más allá del muro, la oscuridad parecía compacta. La lluvia había disminuido hasta convertirse en un goteo irregular sobre las láminas del gallinero. En la pared opuesta colgaba una fotografía de su madre.
Elena aparecía sentada en ese mismo patio, con una niña dormida entre los brazos. No miraba a la cámara. Tenía los ojos dirigidos hacia algo fuera del encuadre. Lucía se acercó. Había visto la imagen muchas veces, pero nunca había reparado en la mano izquierda de su madre. Sujetaba una trenza de pelo oscuro. No parecía cabello humano. Era demasiado grueso. Un golpe en el pasillo la hizo apartarse.
—Te dejé agua caliente —dijo Jacinta desde fuera.
Lucía abrió la puerta. Su abuela sostenía una jarra y se apoyaba en un bastón que no había utilizado durante la cena.
—Pudiste llamarme.
—Todavía puedo cargar una jarra.
Lucía la recibió. Jacinta miró la fotografía por encima del hombro de su nieta.
—Mañana la guardamos.
—¿Por qué?
—Se está llenando de humedad.
Antes de marcharse, se detuvo.
—Cierra bien.
* * *
El primer grito llegó a las dos y diecisiete. Lucía supo la hora porque había despertado unos minutos antes y estaba mirando la pantalla del teléfono. No tenía señal. El mensaje que intentó enviar a la clínica seguía pendiente. El grito venía del camino. Era un hombre. Después se oyó el golpe de algo contra una puerta y una voz que pedía ayuda. Lucía se levantó de inmediato.
En el pasillo encontró a Jacinta sentada junto a la entrada principal, completamente vestida. Tenía el bastón entre las rodillas.
—Hay alguien afuera —dijo Lucía.
—Ya lo oí.
—Está herido.
—Espera.
La voz volvió a gritar.
—¡Doña Jacinta! ¡Ábrame!
Lucía alcanzó la cerradura, pero su abuela le sujetó la muñeca con una fuerza inesperada.
—Pregúntale cómo se llama.
—Abuela…
—Pregúntale.
Lucía acercó la boca a la puerta.
—¿Quién es?
—¡Tomás! ¡El hijo de Petra!
Jacinta soltó su mano.
—Abre.
El muchacho cayó hacia dentro apenas retiraron el cerrojo. Tendría diecisiete años. Llevaba una chamarra desgarrada, los pantalones cubiertos de lodo y un zapato sin agujetas. Sangraba por el antebrazo derecho. Lucía se arrodilló.
—Soy médica. Déjame ver.
Tomás intentó hablar, pero le castañeteaban los dientes. Mientras Lucía lo ayudaba a incorporarse, Jacinta cerró la puerta y colocó la tranca de madera. La herida tenía cuatro surcos paralelos. Uno era superficial. Los otros tres habían abierto la piel desde el codo hasta la muñeca.
—¿Te atacó un animal?
Tomás asintió. Lucía lo condujo hasta la mesa. Fue por el maletín y regresó con guantes, gasas y solución para limpiar.
—¿Un perro?
El muchacho negó con la cabeza.
—No vi bien.
—¿Qué hacías afuera?
Tomás miró a Jacinta. La anciana permanecía de pie junto a la puerta.
—Venía con Beto, Roberto Hernández —contestó él—. Me fui por el arroyo.
—Ese camino está cerrado —dijo Jacinta.
—Por eso no había nadie.
Lucía comenzó a lavar la herida. Tomás apretó la mandíbula.
—Necesitas que te valoren en un hospital —dijo ella—. Hay que revisar los tendones y saber qué te mordió o arañó.
—No me mordió.
—Entonces, ¿cómo te hizo esto?
El joven bajó la mirada hacia su brazo.
—Me agarró.
Lucía interrumpió un momento la limpieza.
—¿Qué te agarró?
Tomás tragó saliva.
—Primero pensé que era un coyote.
Afuera crujió la grava del patio. Jacinta apagó la luz del corredor. Los tres quedaron inmóviles. Lucía escuchó una respiración del otro lado de la puerta. Lenta, trabajosa. Algo rozó la madera a poca altura. Tomás comenzó a llorar sin hacer ruido. El roce subió. Llegó hasta el sitio donde habría estado el rostro de una persona.
—¿Qué había en el arroyo? —susurró Lucía.
El muchacho se cubrió la boca con la mano sana.
Fue Jacinta quien respondió:
—No lo hagas hablar mientras siga aquí.
* * *
Petra llegó al amanecer. Lucía había logrado detener el sangrado y cubrió el brazo con un vendaje. Tomás se quedó dormido en el sofá, exhausto, poco antes de que cantaran los primeros gallos. Su madre lo abrazó sin tocarle la herida. No preguntó qué había sucedido. Eso inquietó a Lucía más que cualquier explicación.
—Tenemos que llevarlo a urgencias —dijo—. Mi coche está afuera.
Petra asintió. Mientras despertaba a su hijo, Jacinta llamó a Lucía hacia la cocina. Sobre la mesa había una huella de barro. Parecía la marca de una pata grande, con cuatro dedos y uñas hundidas en la tierra.
—¿Eso estaba aquí anoche?
Jacinta negó. Lucía miró las ventanas cerradas, la puerta del patio y el suelo limpio. La huella era única. No había un rastro que condujera hasta ella.
—Alguien entró —dijo.
Su abuela apartó un trapo. Debajo apareció el teléfono de Lucía. Ella lo había dejado en su dormitorio.
—Fui a buscarlo para avisarle a Petra —explicó Jacinta—. Al abrir la cámara encontré esto.
La anciana lo había llevado a la cocina; la huella ya estaba sobre la mesa cuando entró. La pantalla estaba encendida. Mostraba una fotografía tomada a la una y cuarenta y ocho de la madrugada, antes de que Tomás llamara a la puerta. Lucía reconoció su cama, las cortinas nuevas, los libros sobre la repisa. Se reconoció dormida. A su lado había alguien sentado.
Solo se veía una mano apoyada en el edredón: larga, oscura, con barro debajo de las uñas. Lucía tomó el teléfono. Amplió la imagen. En torno a la muñeca de aquella mano había una cicatriz circular. Su madre tenía una igual. La había visto cientos de veces cuando Elena le peinaba el cabello. Desde la sala, Tomás empezó a gritar.
—¡Es él! ¡Es él!
Lucía corrió hacia la ventana. Al otro lado de la calle, un hombre de camisa blanca esperaba junto a una camioneta. Tendría unos sesenta años y sostenía una bolsa de pan. Al verla, sonrió. Jacinta se colocó a su lado.
—No le digas que estuviste atendiendo al muchacho.
—¿Quién es?
—Esteban Salvatierra.
Lucía recordó el apellido. Era dueño del aserradero. También había pagado una parte del funeral de su madre. El hombre levantó la mano para saludar. Una venda le rodeaba la muñeca. Tomás, detrás de ellas, señaló hacia la calle con el brazo sano.
—Yo le corté ahí —dijo—. Cuando dejó de ser coyote.